LOGINBryant Coper, un Marchante de antigüedades a quien se creía muerto, por fin había conseguido volver a Miami. Y se encontró a su mujer Gema, está embarazada y ... prometida con otro hombre. No había perdido el tiempo en rehacer su vida. Sin embargo, Bryant conseguiría que volviera con el a toda costa. Gema había resistido hasta que finalmente habían declarado muerto a Bryant. El estaba sacando conclusiones precipitadas sobre la situación y su reticencia a creer sus explicaciones, le estaba resultando insoportable. No permitirá que la recuperara... O eso se decía. Aunque las abrazadoras caricias de Bryant vendieran su resistencia.
View MoreLa fotografía lo sellaba.En el periódico que Bryant Coper había comprado en el Aeropuerto International JFK
a su regreso a los Estados Unidos había un artículo de la gala de etiqueta de esa noche por la inauguración de la exposición en el museo. Pero era la foto de Gema de pie junto a una estatua de un tigre de piedra la que había hecho que se le parara el corazón.Habían pasado cuatro años desde la última vez que viera a su esposa, y estaba más hermosa que nunca. El cabello negro, los ojos enormes y verdes.Había esperado demasiado tiempo como para dejar que el hecho de que no tuviera una invitación lo mantuviera alejado de ella.Y dos horas después, cerraba la puerta del taxi amarillo que lo había llevado a la Milla de los Museos de Manhattan. Se centró en el Museo de Antigüedades que se alzaba ante él.Gema estaba ahí…
Un guardia uniformado, casi tan ancho como alto, bloqueaba la entrada y el escrutinio al que lo sometió le recordó a Bryant que en su premura por ver a Gema aún tenía que ponerse la chaqueta del esmoquin de alquiler que llevaba doblada al brazo.Hizo una mueca irónica al imaginar lo que el hombre habría pensado de saber que durante casi cuatro años solo había usado un viejo traje de fajina.La impaciencia y la expectación crecieron aún más, mientras el anhelo de verla, de abrazarla y besarla, lo consumía.Se dirigió hacia las puertas de cristal mientras se ponía la chaqueta. Se acomodó el cuello y se alisó las solapas de satén con las yemas de dedos encallecidas y concicatrices. Mientras el guardia de seguridad examinaba las invitaciones del grupo quetenía delante, él se pegó a los últimos integrantes. Para su alivio, el hombre le indicóque pasara con los demás.Había superado la primera barrera. Sólo le quedaba encontrar a Gema… A Bryant le habría encantado el tigre. Como siempre, la visión de la figura de piedra dejó pasmada a Gema. El ruido que larodeaba se desvaneció mientras estudiaba al poderoso felino. Creado por un tallador sumerio en un pasado muy remoto, el poder contenido de la pieza la alcanzaba en unplano primigenio que no lograba explicar.Sin ninguna duda a Bryant le habría encantado. Eso había sido lo primero que había pensado al avistar al felino de tamaño medio a uno real dieciocho meses atrás… y que debería tenerlo. Convencer a Jeffry Smith, el conservador jefe del museo, y a la junta de adquisiciones, de que lo compraran había requerido pericia. El gasto de la operación había sido considerable. Pero la estatua había demostrado ser un imán para el público.Y en su mente se hallaba inexorablemente unida a Bryant, cumpliendo el papel de recordatorio diario de su marido.ifunto marido.—¿Gema?La voz que interrumpió sus pensamientos era más suave que los tonos roncos y
aterciopelados de Bryant. Era la de Ángel…Su marido estaba muerto. Arrojado sin honores a una fosa común en el caliente yseco desierto de Israel. Años de preguntas interminables, de plegarias desesperadas y destellos diarios de esperanza finalmente se habían acabado nueve meses atrás deforma irrevocable y de la manera menos propicia.Pero nunca sería olvidado. Gema se había jurado que se aseguraría de ello.Con decisión desterró el manto de melancolía y le dio la espalda a la estatua paraencarar al socio de su padre y amigo más antiguo de ella.—¿Sí, Ángel ? Angel -Lewis apoyó las manos en sus hombros y la miró.—¿Sí? Es la palabra que llevo mucho tiempo esperando oírte decir. El tono juguetón hizo que Gema pusiera los ojos en blanco. Cuánto deseaba que secansara del juego en que había convertido el matrimonio que habían pactado sus padres entre ellos hacía más de dos décadas.—Ahora no, Ángel —como si fuera una cuña, sonó su teléfono móvil. Aliviada, sacó el aparato del bolso y miró el número—. Es papá —como presidente de la junta dead ministración del museo, Donald Tomlinson le había estado ofreciendo un recorrido privado a posibles patrocinadores.Después de escuchar a su padre unos momentos, colgó y le dijo a Ángel :—Ha terminado el recorrido y ha conseguido más fondos. Quiere que nos reunamosvcon él.—Cambias de tema —las manos de Ángel apretaron momentáneamente susbhombros desnudos—. Un día te convenceré de que te cases conmigo. Y ese será el díaben que comprendas lo que te has estado perdiendo todos estos años.Gema retrocedió, necesitada de establecer distancia con él.—Oh, Angel esa broma perdió su gracia hace mucho tiempo.El humor se evaporó de la cara de él.—¿Tan repulsiva te resulta la idea de casarte conmigo?La expresión alicaída de él le potenció el sentimiento de culpabilidad. Habíancrecido juntos. Sus padres habían sido amigos íntimos; en todas las cuestiones que importaban, Ángel era el hermano que jamás había tenido. ¿Por qué era incapaz decomprender que lo necesitaba de esa manera, no como el marido cuyo papel suspadres habían elegido décadas atrás?Con gentileza, le tocó el brazo.—Oh, Ángel, tú eres mi mejor amigo, te quiero muchísimo…—Percibo un pero.Un pero grande, alto, moreno y desgarradoramente ausente.Bryant…El amor de su vida… e imposible de reemplazar. El dolor había creado un agujero negro en su vida que la había vaciado de todo júbilo. ¡Cuánto lo echaba de menos!Frenó esa línea de pensamiento que siempre conducía al dolor y al remordimiento y se concentró en Ángel.—No estoy preparada para volver a pensar en el matrimonio —y dudaba de que alguna vez lo estuviera.—¿No me dirás que aún albergas esperanzas de que Bryant siga vivo?Las palabras de Ángel hicieron que se enfrentara al dolor que con tanto cuidado había tratado de esquivar. Sintió un gran cansancio y una añoranza solitaria. Derepente deseó estar en casa, sola en el dormitorio que había compartido con Bryant. La inundó el dolor familiar de la pérdida.Retiró los dedos del brazo de Ángel y cruzó las manos en tomo a su cintura.—Este no es el momento propicio para esta discusión —manifestó con voz aguda. Ángel le tomó el brazo y musitó:—Gema, durante los últimos nueve meses, desde que recibiste confirmación de lamuerte de Bryant, nunca quieres hablar de él. Se encogió para sus adentros ante el recordatorio de aquel día terrible.—Sé que hiciste todo lo que estuvo a tu alcance para encontrarlo, Gema, que jamásdejaste de esperar que estuviera vivo. Pero no lo está. Está muerto, y probablemente lleve muerto cuatro años… a pesar de tus esfuerzos por negarlo. Debes aceptarlo.—Sé que está… —la voz se le quebró— muerto.El frío la penetró. Vencida, encorvó los hombros y el satén del vestido verde mar, el color de los ojos de Bryant, siguió el movimiento. Tembló a pesar de la calidez de la noche Festival.Era la primera vez que reconocía la muerte de su marido en voz alta.Se había negado a perder la esperanza durante tanto tiempo. Había rezado. En lo más hondo de su corazón, en ese lugar sagrado que únicamente Bryant había alcanzado jamás, había mantenido la llama viva. Incluso se había llegado a convencer de que si él hubiera muerto, una parte de su alma se hubiera marchitado. Por lo que durante todos esos meses, esos años, se había negado a extinguir ese último destellode esperanza. Ni siquiera cuando sus padres y sus amigos le decían que se enfrentara a la realidad, que Bryant no iba a volver.Angel habló, interrumpiendo sus pensamientos.—Bueno, aceptar su muerte es un gran paso adelante.—Angel…—Escucha, sé que han sido momentos muy duros para ti. Esos primeros días desilencio —movió la cabeza—. Y luego descubrir que se había ido a Bagdad con otra mujer…—Puede que me equivocara acerca de que Bryant aún siguiera con vida —interrumpió de forma acalorada—, pero no estaba teniendo una aventura con Anita Freeman… y no me importa lo que digan los investigadores —no iba a tolerar que mancillaran su recuerdo de Bryant—. No es verdad. Sus mentes están mejor en alguna alcantarilla de Bagdad.—Pero tu padre…
—No me importa lo que piense mi padre, me niego rotundamente a creerlo.Además, los dos sabemos que a papá nunca le cayó muy bien Brand. Déjalo estar —titubeó—. Bryant y Anita eran colegas de trabajo.—¿Colegas? —repitió lleno de reticencia.—De acuerdo, salieron unas pocas veces. Pero se había terminado antes de que Bryant me conociera —cuánto odiaba el modo en que los rumores manchaban el amor que habían compartido.—Puede que eso fuera lo que Bryant quisiera que creyeras, pero los investigadores encontraron pruebas de que habían vivido juntos más de un año en Londres antes de conocerte… diablos, eso es más tiempo que el que estuvo casado contigo, Gema. ¿Porqué nunca lo mencionó? Tu marido murió en un accidente de coche con esa mujer envel desierto israelí. ¡Deja de engañarte!Un rápido vistazo alrededor reveló que no había nadie cerca que pudiera captar laconversación. Acercándose aún más, habló en voz baja:—No vivían juntos… Bryant me lo habría contado. La relación fue breve, solo mantenían contacto debido al trabajo. Bryant era un experto en antigüedades, Anita era arqueóloga. Por supuesto que sus caminos se cruzaban.—Pero nunca lo sabrás con certeza. Porque Bryanr ni siquiera te contó que se iba aIrak.Incapaz de contradecir la lógica de Ángel, irguió los hombros.—No pienso conducir una investigación postmortem de esto.Su marido estaba muerto. Ya era bastante trágico que su arraigada convicción deque había estado en alguna parte sufriendo… tal vez con amnesia… esperando que loencontraran… hubiera estado equivocada.Aunque todo el mundo siempre había creído que estaba loca por esperar quetodavía siguiera con vida ante las pruebas abrumadoras que indicaban lo contrario.Habían encontrado en el desierto el calcinado vehículo alquilado, y lugareños próximoshabían confirmado haber enterrado los restos de un hombre y una mujer en una fosa común.A pesar de la certeza de los investigadores de que Bryant había fallecido en el desierto, Gema había querido pruebas de que realmente había sido él y no otro hombre.Ni siquiera el hecho de que nadie hubiera tenido noticias de él desde su desaparición o de que sus cuentas bancarias permanecieran inmóviles pudo apagar la esperanza que anidaba en ella.Pero nueve meses atrás, después de años de mantener viva la llama, había recibidola prueba que había temido.La alianza nupcial de Bryanr. Robada de uno de los cadáveres por uno de los miembros del equipo que había excavado la fosa común y que luego terminó en un puesto de empeño en el mercado de un pueblo.Bryant jamás se la habría quitado. Nunca. Entonces no le quedó más opción que enfrentarse a la realidad: su marido había muerto en el accidente del desierto. No ibaa regresar.Su amado esposo estaba muerto.No le había quedado otra cosa que completar las diligencias legales.El tribunal aceptó lo que su padre, el equipo de detectives privados y los abogados llamaron fríamente «los hechos», y emitió un dictamen confirmando la muerte de Bryant al tiempo que autorizaba que se emitiera un certificado de defunción.El día que lo recibió, el corazón se le había hecho añicos.Las facciones familiares de Ángel se tomaron borrosas por las lágrimas que empañaban su visión. Pero entre las cenizas de la desesperación había encontrado unbmodo de combatir su soledad…—Veo que te he alterado —Ángel se mostró más desdichado que nunca—. Nunca fue esa mi intención.—No eres tú —parpadeó con furia. ¿Cómo explicarle que todo la hacía llorar? El médico le había dicho que era normal y que pasaría—. Soy yo.Ángel miró rápidamente alrededor antes de decir con valor:—Puedes llorar en mi hombro siempre que quieras.—He agotado el llanto —le dolía la garganta—. Sé, y acepto, que Bryant estámuerto. Sé que he de continuar. Todo va a ir bien —si se repetía eso a menudo, algún día terminaría por creerlo. Y añadió—: Y tengo algo por lo que vivir.En el vestíbulo del Museo de Antigüedades, Bryant se detuvo y miró alrededor. Loveía distinto desde la última vez que había estado allí… y al mismo tiempo muy familiar.Todo se había modernizado, desde el suelo, que en ese momento era de un mármollustroso, hasta la escalera curva con una tallada balaustrada de bronce y una mullida alfombra.El lugar se había convertido en un centro sofisticado y acogedor tal como Gema lo había bosquejado una nevada noche de invierno ante la chimenea de su hogar. Bryant había escuchado mientras ella le exponía cómo el museo podía convertirse en una delas colecciones más estimulantes de tesoros antiguos de Nueva York.Avanzó despacio. Buscó entre los grupos de gente elegante y bien vestida. ¿Dónde estaba su esposa? Con el corazón martilleándole en el pecho, continuó su avance en dirección hacia laescalera espectacular que conducía a las galerías superiores de la primera planta.Estaba ansioso por volver a ver el modo en que esos increíbles ojos verdes se iluminaban cada vez que lo veían.Al llegar a lo alto se detuvo. La galería larga estaba atestada. El resplandor de las joyas y el tumulto de colores eran cegadores. Luchó contra una inesperada oleada de claustrofobia cuando la multitud lo envolvió.Quizá debería haber llamado antes, comunicarle que volvía a casa…Pero con lo peor del largo y peligroso viaje por las montañas que bordeaban el norte de Israel a su espalda, había querido completar el más seguro trayecto de vuelta a los Estados Unidos. Eso no eliminaba la posibilidad de que lo arrestaran por viajar conun pasaporte falso. Y, más allá de toda razón, en él acechaba el terror ciego de que llamar a Gema sería una señal de mal agüero.Ya era demasiado tarde para arrepentirse.Pasó al lado de un trío de mujeres mayores que con ojos hambrientos no dejaban de escudriñar la sala en busca de carne fresca antes de ponerse a cuchichear entre sí.Sus labios empezaron a formar una sonrisa. En el pasado las habría descartado como hienas sociales; pero en ese momento, después de meses de privaciones, cualquier carcajada era un sonido bienvenido.Se encontró con los ojos muy pintados de una de ellas. Vio la expresión de incredulidad al reconocerlo. Marcia Mercer. Recordó que solía tener una influyente columna de sociedad. Quizá todavía la tuviera.—¿Bryant… Bryant Coper?Le ofreció un breve gesto de asentimiento antes de avanzar con implacable determinación, sin prestar atención a las cabezas que se volvían ni al creciente sonido de voces que dejaba a su paso.Y entonces la vio. Se le resecó la boca. La cacofonía de voces se desvaneció. Solo estaba Gema…Sonreía. Y los ojos le centelleaban. Un rutilante vestido de noche le ceñía las curvas, los brazos desnudos salvo por unbrazalete de oro que brillaba bajo la luz de las opulentas arañas… y en la mano izquierda el anillo nupcial que él había elegido.Contuvo el aliento.Al girar la cabeza captó en un vistazo los bucles que escapaban por su espalda. Soltó el aliento en un gemido quebrado. Se la veía tan vital, tan viva y tan asombrosamente hermosa.La añoranza le causó un dolor en el pecho demasiado complejo de identificar.Gema alargó la mano y tocó un brazo. Bryant lo siguió con la mirada. La visión del hombre de pelo broncíneo al que estaba tocando hizo que entrecerrara los ojos con expresión peligrosa. De modo que Ángel Smith seguía zumbando alrededor de ella.Cuando Gena alzó el rostro y le dedicó esa sonrisa deslumbrante al hombre, Bryant quiso apartarla. Pegarla a él, abrazarla y no soltarla jamás.«Es mía».Fue un grito interior básico, primigenio… y muy, muy masculino.—¿Champán, señor?La interrupción del camarero quebró su concentración en Gema. Con manotemblorosa tomó una copa y se la bebió para mitigar la sequedad de su garganta.Luego dejó la copa vacía y respiró hondo.Había recuperado la vida y no tenía intención de pasar un momento más alejado dela mujer que le había sacado de la oscuridad con el recuerdo de su sonrisa. No había tiempo que perder. Pero cuando volvió a mirar al otro extremo de salón, tanto ella como suacompañante se habían desvanecido.Después de una conversación seca con su padre cerca de la sala egipcia, Gema se escabulló detrás de una columna alta mientras Angel se aventuraba a abrirse paso entre la multitud en busca de una copa de champán. No se hallaba con ánimos de mezclarse entre los invitados ni de mantener conversaciones triviales.—Gema.Esa voz. Giró en redondo con los ojos muy abiertos y sin aire en los pulmones por la conmoción.No podía ser. La incredulidad la hizo parpadear Bryant estaba muerto. El hombre que avanzaba hacia ella era alto, moreno y estaba muy vivo.Un fantasma del pasado. Era una copia de su marido muerto… el hombre al que oficialmente había declaradofallecido ocho meses atrás.Era una crueldad. ¿Es que no había dedicado los últimos nueve meses a tratar dereconciliarse con la prueba definitiva de su muerte después de casi cuatro años deterrible y traumática incertidumbre.De repente no pudo respirar y se sintió espantosamente mal. Su padre jamás la perdonaría si vomitaba encima del suelo de mármol… con cámaras por doquier para inmortalizar el momento.—¡Gema!Las manos que se posaron en sus hombros le eran tan íntimamente familiares…pero tan dolorosamente desconocidas. Estaba muerto. Sin embargo, los dedos que la tocaban eran cálidos y fuertes.No se trataba de ningún fantasma. Era un ser humano. Un hombre al que conocía muy bien.—No te desmayes —advirtió con esa voz profunda y algo ronca.—No lo haré —pero debía reconocer que se sentía débil, mareada… aturdida—. ¡Sesupone que estás muerto! —respiró hondo y entonces añadió estúpidamente—: Pero has vuelto.¡Gema!Lo embargó un deseo descamado que no había experimentado en más de milnoches. Acercó a él a la mujer con la que había soñado cada día y aspiró su fragancia,una mezcla embriagadora de miel y jazmín. Cerró los ojos e inhaló. Lo envolvió lacalidez de Gema.Notó los hombros más delgados bajo sus dedos, los huesos más frágiles que lo que recordaba, aunque la piel seguía tan suave como siempre.—Has perdido peso. Se puso rígida bajo su contacto.—Tal vez. Bryant enterró la cara en el costado del cuello de Gema.—Te he echado tanto de menos —musitó. Sin ella, el hombre que había sido sehabía visto reemplazado por un vacío. Abrazó esa silueta esbelta y frágil.—Bryant, no puedo oírte —ella se apartó un poco—. Hay mucho ruido aquí…busquemos un lugar más tranquilo —se liberó de su abrazo y extendió una mano—.Ven.Lo guió entre la multitud de gente que miraba hasta que escaparon por unas puertas dobles abiertas que daban a un pasillo alfombrado. Gema se detuvo ante unos ventanales de cristal. Soltándolo, buscó en el bolso de noche una tarjeta que pase porla ranura de seguridad. Las puertas se abrieron y Bryant la siguió hacia una zona de recepción y un pasillo.—Mi despacho está por aquí.—Solía estar en el sótano —la vio alzar el mentón en un gesto típico de ella y el corazón se le encogió.—He subido en el mundo —le dijo mirándolo a los ojos—. Ahora soy más importante.Encendió un interruptor y la estancia se llenó de luz, capturando destellos cobrizos olvidados en su cabello largo que insinuaban el fuego que había debajo.El deseo le atenazó la garganta a Bryant. La había echado tanto de menos. Hablar con ella. Tocarla. Por encima de todo, amarla. Gema. En un abrir y cerrar de ojos, cubrió la distancia que los separaba y volvió a tomarlaen brazos. Ya no era un fantasma que se desvanecería con sus sueños cuando el amanecer subía por el horizonte interminable y vacío. Inclinó la cabeza y posó los labios sobre los de ella. Gema emitió un jadeo sorprendido y un instante después se fundió en su abrazo.Ante ese sabor tan dulce, se le disparó el apetito.Subió las manos hasta que los dedos se perdieron en la masa de bucles lustrosos y contenidos. Ella echó atrás la cabeza y Bryant ahondó el beso.Los pechos se pegaron contra su torso y, a pesar de la pérdida de peso de ella, parecieron más plenos que lo que recordaba. Gema siempre se había lamentado de su carencia de curvas, pero en ese momento era decididamente exuberante.Otro cambio que saborearía…Le rozó el vientre con los dedos y vio que esa parte también estaba más plena. Una anomalía curiosa dada la esbeltez de sus hombros, la precisa definición de los pómulos altos. Exploró esa elevación, detuvo los dedos… y notó que ella se paralizaba.La sangre bramó en los oídos de Bryant. No pudo absorber lo que le indicaban las yemas de los dedos.¡No!Su primera reacción fue la negativa. Pero las palmas de sus manos recorrieron las curvas de Gema, enviándole descargas inoportunas de información a su cerebro confuso hasta que le fue imposible negar la verdad de lo que había bajo sus manos.Alzó la cabeza y con expresión acusadora taladró esos ojos verdes.—¡Estás embarazada!Gema supo en el acto lo que debería parecer.—No es lo que crees —alzó las manos para enmarcar la cara amada de Bryant—¿Recuerdas cómo nosotros…?—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro. Esa acusación la sacudió. Bryant se había puesto tenso. En la quietud de su despacho, lo miró conmocionada al asimilar esas palabrasterribles. No había otro.—Yo no…—Cállate —rugió él.—Aguarda un momento…La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó losdedos de su cara con desagrado palpable.—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto… ¿o fue el típico corazón queno ve, corazón que no siente?La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.Se preguntó cómo podía Bryant creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él! Cinco días después de la última conversación te
La fotografía lo sellaba.En el periódico que Bryant Coper había comprado en el Aeropuerto International JFKa su regreso a los Estados Unidos había un artículo de la gala de etiqueta de esa noche por la inauguración de la exposición en el museo. Pero era la foto de Gema de pie junto a una estatua de un tigre de piedra la que había hecho que se le parara el corazón.Habían pasado cuatro años desde la última vez que viera a su esposa, y estaba más hermosa que nunca. El cabello negro, los ojos enormes y verdes.Había esperado demasiado tiempo como para dejar que el hecho de que no tuviera una invitación lo mantuviera alejado de ella.Y dos horas después, cerraba la puerta del taxi amarillo que lo había llevado a la Milla de los Museos de Manhattan. Se centró en el Museo de Antigüedades que se alzaba ante él.Gema estaba ahí…Un guardia uniformado, casi tan ancho como alto, bloqueaba la entrada y el escrutinio al que lo sometió le recordó a Bryant que en su premura por