ANMELDENGema supo en el acto lo que debería parecer.
—No es lo que crees —alzó las manos para enmarcar la cara amada de Bryant—¿Recuerdas cómo nosotros…?
—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro. Esa acusación la sacudió. Bryant se había puesto tenso. En la quietud de su despacho, lo miró conmocionada al asimilar esas palabras
terribles. No había otro.—Yo no…—Cállate —rugió él.—Aguarda un momento…La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó los
dedos de su cara con desagrado palpable.
—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto… ¿o fue el típico corazón queno ve, corazón que no siente?
La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.
Se preguntó cómo podía Bryant creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él! Cinco días después de la última conversación telefónica que habían mantenido, e
incapaz de contactar otra vez, había hecho sonar la alarma. Habían necesitado trecedías más para que los canales oficiales le respondieran que Bryant ya no se hallaba en Grecia. Había entrado en Irak hacía dos semanas por la frontera de Kuwait y se había registrado en un hotel destrozado por los combates, que en el pasado había sido el preferido de los hombres de negocios que iban a Bagdad. Nadie sabía adonde había ido después de pagar la cuenta y dejar el hotel unos días más tarde.
No le había quedado más opción que esperar. Había imaginado todas las excusas habidas y por haber en su nombre, pero el tiempo había pasado y no recibía noticias de él.
Ante los hombres de traje negro que se habían materializado en su lugar de trabajo, Gema había insistido en que la visita de su marido a Israel no tenía nada de sospechoso; después de todo, Bryant se ganaba la vida con las antigüedades. Pero había sido exasperante reconocer que no le había mencionado la intención que albergaba de atravesar la frontera iraquí y decidió no contarle a los visitantes la discusión que había mantenido con Bryant la penúltima vez que había hablado con él.
En cuanto los hombres de negro dejaron de hostigarla, siguiendo el consejo de su padre y recurriendo a los amplios contactos que poseía, había contratado a una firmade investigadores para encargarle que localizara a su marido desaparecido.
Ni por un minuto había dejado de pensar en él. Hasta los dos relojes idénticos que tenía en la pared de su despacho lo atestiguaban: uno con la hora local y el otro con la de Bagdad. Quería recuperar a su marido. Quería respuestas reales, no especulaciones de que la había dejado por otra mujer, la primera teoría planteada por los investigadores. La noticia del espantoso descubrimiento del todo terreno calcinado en el desierto la había aterrado. Pero con obstinación se había aferrado a la creencia deque su corazón habría sabido si Bryanr estaba muerto. Había exigido pruebasi rrefutables.
Cuando nueve meses atrás le habían llevado la alianza nupcial de Bryant, se había quedado destrozada, sus sueños pulverizados y sus esperanzas carbonizadas.
La idea de un bebé se había convertido en un cabo a la cordura.
Quedar embarazada le había devuelto la vida. No la que había esperado compartircon Bryant, pero sí algo mejor que la desesperanza que la había dominado.
Pero en ese momento él estaba ahí, acusándola de haberlo olvidado. En vez de tomarla en brazos, se comportaba como el mayor canalla del mundo. Y no mostraba señal de querer escuchar. Movió la cabeza.
Bryant rió… un sonido áspero y rechinante que nunca antes le había oído.
—¿No tienes nada más que decir? Qué desgracia para ti que no siguiera muerto —la mirada verde se había tomado gélida.
Hundida en el sillón, a Gema le dolía todo el cuerpo. Los pies. La cabeza. El corazón.—Puedo explicarte…El reculó.—¡No necesito tus explicaciones! —la miró desde lo alto de su metro ochenta y cinco de altura—. Resulta fácil ver qué sucedió. Dime, ¿quién es el afortunado?
—¿Quieres dejar de interrumpirme? —alzó la voz y luego atemperó el tono—.Siempre hablamos acerca de tener una familia…
—Nuestra familia. No el bastardo de otro hombre.
—¡Bryant, espera! —se puso de pie y alargó las manos hacia él antes de dejarlas caer de nuevo a los costados debido a la frialdad que recibió de su marido—. Por favor, escucha…
—¿Qué sentido tiene esperar? —la miró con desdén… y algo más…¿Decepción?La falta de fe de él le dolía. Se merecía una oportunidad para ofrecer una
explicación y no dudaba de que una vez que se calmara, él escucharía. Bryan podía tener una reputación peligrosa, pero la amaba.
¿O ya no?
Experimentó la primera sombra de duda. Siempre había imaginado que debería haber sucedido algo terrible para mantenerlo lejos tanto tiempo. Una accidente. Amnesia. Un traumatismo que lo empujara a no querer verla en semejante estado.
Pero ahí lo tenía, arrebatador con el esmoquin y la camisa negra, el cuerpo inclusomejor tonificado que cuatro años atrás, algo difícil de superar. El sol le había dejado lapiel bronceada y el contraste con sus ojos verdes resultaba devastador. Irradiaba un aura nueva de peligro temerario que le aceleraba el corazón.
Sin embargo, tuvo que reconocer que todo de negro parecía el diablo encarnado.Sin dejar de mirarlo, se descalzó, brindándole aún más ventaja que la que poseía.
—¿Por qué no me contaste que te ibas a Bagdad? —inquirió. El simplemente la miró—. ¡Responde!
Nada. Ni siquiera un parpadeo. No dejaba de mirarla con esa mirada de basilisco que empezaba a despreciar.—He esperado…—¿Esperado? —enarcó una ceja con ironía.—¡Sí! ¡Esperado! —se apartó un mechón de la cara—. En la última conversaciónaceptable que mantuvimos, tú estabas en Londres… a punto de irte a Grecia.Discutimos por eso. ¿Recuerdas? —ella había querido reorganizar su agenda y le había pedido que la esperara hasta que pudiera reunirse con él. Bryant se había negado… y le había ordenado que se quedara en casa. A Gema no le había gustado nada esa negativa sin rodeos. No había sido la primera vez que Bryant tomaba decisiones por ella y la había dejado de malhumor. Había vuelto a llamarla desde Atenas… y la conversación había sido seca y breve. Justo antes de cortar, él le había dicho que la amaba.Luego ya no hubo más contactos. Al no obtener respuesta, añadió:—Nunca me dijiste que planeabas ir a Irak. La mirada de él no vaciló.—No quería preocuparte. ¿Podía ser tan simple la explicación? ¿O el viaje a Grecia había sido una tapaderapara una aventura con otra mujer? ¿Había sido correcta, después de todo, la primera teoría de la infidelidad presentada por los investigadores?Ella quebró el silencio.—¿Eso es todo? ¿Esa es la razón por la que nunca lo mencionaste? —de no haber estado observándolo con suma atención, habría pasado por alto el destello en sus ojos.
Bryant no le contaba la verdad.O al menos no toda la verdad.El silencio se alargó hasta que ella volvió a romperlo.—¿No crees que la preocupación de que pudieran mutilarte, secuestrarte o inclusomatarte sería una reacción razonable de saber que ibas a ir a Bagdad?El encogió los hombros poderosos.—Serví allí con las Fuerzas Especiales —dijo—. Conozco el territorio… y los riesgos.La frustración y una sensación de decepción la empujaron al sarcasmo.—De acuerdo, puede que esos riesgos no preocupen a superhumanos como tú…pero desde luego sí me preocupan a mí.—Razón por lo que no te lo conté… no tenía tiempo para tranquilizarte.Como si fuera una chiquilla que se aferrara a él y no quisiera soltarlo. Pero esoempezaba a ponerse interesante. Bryant le mentía. No le cabía duda al respecto.—Bien, ¿qué era tan importante como para marcharte sin consultarlo conmigo? ¿Ypor qué no estableciste contacto desde entonces? No habrás estado en Bagdad todo este tiempo —más silencio. Volvió a intentarlo—: ¿Estuviste en alguna misión encubierta? El rió, haciendo que se sintiera ridículamente melodramática. Aunque no pudo evitar pensar en los hombres de trajes oscuros que aparecieron después de su desaparición y que parecían saber todo sobre su pasado en las Fuerzas Especiales.—Al menos dime que se trata de material clasificado, si esa es la causa.—No formé parte de una operación militar.—Dime dónde has estado y me pensaré si te explico lo del bebé… —respiró
hondo— con la condición de que no me interrumpas hasta que haya terminado.
—No necesito tus condiciones… o tus explicaciones —repuso él. Clavó la vista en el estómago casi liso de ella—: Sé muy bien lo que has estado haciendo.
Puede que Bryant no necesitara explicaciones, pero ella desde luego que sí. Aunque no pensaba permitirle que viera lo mucho que le importaba.
—Deja que lo adivine. ¿Has estado tomando el sol en el Mediterráneo? ¿Haciendovida social con el Aga Khan?
¿Acostándote con otra mujer? Le aterraba demasiado la respuesta como para plantear en voz alta esa pregunta.
¿Era posible que hubiera estado viviendo con su amante durante los cuatro años que había desaparecido sin dejar rastro? Desde luego, poseía la habilidad de permanecer invisible el tiempo que quisiera.
Cerró los ojos y se preguntó por qué se peleaba con Bryant. No era eso lo que quería. Sacudió la cabeza para despejarla de toda agitación y confusión, en busca de serenidad. ¿Cómo se había estropeado todo tan rápidamente? Era Bryant. Lo amaba.Siempre había creído en él. Había aguardado su regreso cada día. Cada noche. Y sin embargo, ahí estaba, tan dolida que podía escupir fuego… mientras las dudas se asentaban en su corazón.
Tenían que parar todo eso.
Volvió a respirar hondo y cuando estuvo segura de hallarse bajo control, abrió los ojos y dijo con ecuanimidad:
—Lo siento, no pretendía sonar frívola. La expresión hermética de él no se ablandó. El silencio se alargó mucho.Pero ella siguió esperando con las manos cerradas con fuerza y el pulso
martilleándole los oídos.
Una explicación sobre dónde había estado y por qué la ausencia había sido tan prolongada. Incluso se convenció de que la aceptaría sin cuestionarla, diciéndose quelo único que importaba era que había vuelto y que lo amaba.
Pero a medida que el minutero de los relojes de pared avanzaban implacables, Gema se rindió.
Bryant no iba a darle ninguna explicación.¿Porque ya no le importaba? solo había una manera de averiguarlo.—Bryant… —abrió las manos y se alejó de la seguridad del escritorio.Poniéndose de puntillas y apoyando las manos en sus hombros, buscó una
conexión.
La necesidad, ardiente e inesperada, le provocó un vacío en el estómago. Dios, lo había echado de menos. La fragancia no olvidada de él, una mezcla de almizcle y algo penetrante, le llenó los sentidos.
Cerró los ojos y se apoyó contra su marido, el cuerpo le temblaba al entrar encontacto con esa extensión tensa. La calidez del cuerpo grande se filtró despacio en ella, reviviéndola después de ese frío que le embotaba el corazón. Durante unos momentos casi esperó que los cuerpos pudieran comunicarse a pesar de que los cerebros parecían distanciados.
El bebé se movió.
Y en el instante en que sus labios le rozaban el mentón, Bryant se separó de su abrazo.
Estableciendo dos metros entre ambos, se detuvo cerca de la puerta conrespiración pesada.
—¿Qué diablos te pasa? —Gema intentaba no jurar nunca, pero la fuerza con la quese apartó de ella la ofendió. En esa ocasión no pensaba cerrar la distancia que había entre ambos.
—¿Necesitas preguntarlo? Le molestó que la tratara como si estuviera contaminada. Estaba embarazada, no era contagiosa. Su condición era su salvación.—¡Sí! —pero era obvio que él no estaba dispuesto a extenderle la cortesía de una
explicación. Daba la impresión de que finalmente habían llegado a un punto muerto.Como su ira iba en aumento, se sentía menos dispuesta a darle una explicación hasta que él le mostrara la confianza y el respeto que se merecía.
—¿Qué diablos importa qué me pasa? —replicó con voz fría—. Lo que tuvimos una vez ha muerto.
—¿Muerto? —el corazón casi se le para. Olvidando su determinación, avanzó un paso y lo miró horrorizada—. ¡Bryant! No… puedes… hablar en serio.
—Sí, muerto —la miró con ojos helados—. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado, sospecho, para que hayamos mantenido lo que una vez tuvimos.
El dolor la atravesó. Su mundo se derrumbó a su alrededor mientras se afanaba por poner cierto orden en el caos que eran sus pensamientos. ¿Acaso Brand solo había vuelto para solicitar el divorcio?
—¿Has vivido alguna vez con Anita Freeman? —soltó ella sin premeditación.—¿Y eso que tiene que ver con esto?—Habías salido con ella. —Durante un tiempo —confirmó, inmóvil.—¿Corto?—¿Por qué estas preguntas sobre algo que se había acabado antes de que nos conociéramos?
El cerebro de Gema no paraba de trabajar. Bryant no había querido tenerla con él en Grecia; sin consultárselo, había ido a un país que sabía que ella consideraría demasiado peligroso. Según los investigadores, en ambas ocasiones Anita había estado con él. En Atenas se los había fotografiado juntos y testigos con los que habían hablado losinvestigadores los habían visto juntos en Bagdad. Parecían inseparables.
En su momento, se había negado a considerarlo capaz de semejante traición. Bryant la amaba a ella.Pero había estado irritada con él por rechazar la oportunidad de un idilio romántico en Grecia.Finalmente, dijo:—Quiero saber si alguna vez has vivido con ella —ya sospechaba cuál sería la respuesta: Bryant había mentido en el pasado.La mueca de él mostró el disgusto que sentía. Ni siquiera se molestaba en negarlo.El último vestigio de esperanza que había guardado sin saberlo, la abandonó.—¿Quién te dijo que una vez viví con Anita?—¿Importa? Tu reacción me demuestra que es verdad. ¿Por qué me llevaste apensar que no habían sido más que unas citas sin importancia? Me mentiste.—¿Y tu represalia fue engañarme y quedarte embarazada? Ella se quedó boquiabierta.—¿Tienes la desfachatez de entrar aquí después de una ausencia de cuatro años yacusarme de engañarte?—Estás embarazada —rugió él—. Y es evidente que yo no he estado presente para hacer que te lo pasaras bien.Con un supremo esfuerzo de voluntad logró contener las lágrimas. Lo que tuvimos una vez ha muerto.Por el momento, era todo lo que necesitaba saber. Bryant había hecho su elección. Volvió a ponerse los zapatos y casi a ciegas se dirigió a la puerta. Al pasar junto a él,hizo acopio del último vestigio de dignidad que pudo y dijo:—Quizá estés preparado para contarme más una vez hayas dispuesto de la oportunidad de reflexionar. Cierra la puerta de mi despacho cuando te vayas. Esta es una noche importante para mí y voy a celebrar mi éxito.Al marcharse, él no intentó detenerla.Gema supo en el acto lo que debería parecer.—No es lo que crees —alzó las manos para enmarcar la cara amada de Bryant—¿Recuerdas cómo nosotros…?—Desde luego, no tardaste mucho en encontrar a otro. Esa acusación la sacudió. Bryant se había puesto tenso. En la quietud de su despacho, lo miró conmocionada al asimilar esas palabrasterribles. No había otro.—Yo no…—Cállate —rugió él.—Aguarda un momento…La voz se le cortó cuando las manos de él le aprisionaron las muñecas. Le apartó losdedos de su cara con desagrado palpable.—No tardaste mucho en aceptar que estaba muerto… ¿o fue el típico corazón queno ve, corazón que no siente?La injusticia de esas palabras la hizo retroceder y a punto estuvo de tropezar con un sillón que había delante de su escritorio. Con piernas flojas se dejó caer en el sillón.Se preguntó cómo podía Bryant creer eso.¡En particular cuando jamás había dejado de creer en él! Cinco días después de la última conversación te
La fotografía lo sellaba.En el periódico que Bryant Coper había comprado en el Aeropuerto International JFKa su regreso a los Estados Unidos había un artículo de la gala de etiqueta de esa noche por la inauguración de la exposición en el museo. Pero era la foto de Gema de pie junto a una estatua de un tigre de piedra la que había hecho que se le parara el corazón.Habían pasado cuatro años desde la última vez que viera a su esposa, y estaba más hermosa que nunca. El cabello negro, los ojos enormes y verdes.Había esperado demasiado tiempo como para dejar que el hecho de que no tuviera una invitación lo mantuviera alejado de ella.Y dos horas después, cerraba la puerta del taxi amarillo que lo había llevado a la Milla de los Museos de Manhattan. Se centró en el Museo de Antigüedades que se alzaba ante él.Gema estaba ahí…Un guardia uniformado, casi tan ancho como alto, bloqueaba la entrada y el escrutinio al que lo sometió le recordó a Bryant que en su premura por