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CAPÍTULO 11

Autor: Day Torres
last update Fecha de publicación: 2020-11-13 09:44:42

— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!

Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca.

Arqueó la espalda en un intento de acomodarse pero él no se lo permitió. La quería allí, sin que un centímetro de aire corriera entre los dos, quería ser el dueño del único momento real de infinito placer que aquella chica tendría en su vida, porque lo que estaba por venir sería terrible.

Sin embargo, a pesar de toda la oscura historia que los había llevado hasta aquel momento y que, por supuesto, Helena ignoraba por completo, Marco no podía negar que estaba viviendo uno de los momentos más genuinos de su vida. Si hubiera podido pensar, le habría buscado alguna justificación lógica a lo que estaba haciendo o simplemente lo habría negado… pero esa era cuestión, que no estaba pensando. Sentir a aquella mujer era todo lo que podía hacer. Sentir su cuerpo tenso, su sexo envolviéndolo con dulzura y con un deseo que explotaba contra esa mano que le cubría la boca.

Su ritmo se hizo aún más violento y necesitado mientras Helena gemía al borde del orgasmo, y el italiano no pudo soportarlo más. Se dejó ir, se fue con ella a algún lugar lleno de fuego y luz y calor… y sólo por ese instante, sólo por ese, se permitió ser un poco feliz.

— ¡Ah! — la expresión fue ahogada y Marco sabía cuál era la causa.

Salió de ella con delicadeza, pero no se apartó de su cuerpo. Estaba tan débil que se hubiera caído de bruces al suelo si él no la hubiera estado sosteniendo.

Con la cabeza apoyada contra su pecho, Helena esbozó una diminuta sonrisa. Le dolía como el demonio, pero no podía negar que lo había disfrutado de una manera que jamás había esperado, en especial porque Marco no había sido nada delicado.

— Eres un bruto. — le dijo sin poder aguantarse la risa.

— ¿Viste que sí es un poco violento tener sexo conmigo? — la sonsacó él.

— Sí, ya me di cuenta… pero tampoco fue tan malo. Te doy un siete.

Marco abrió la boca a medias, sin saber si estaba realmente ofendido o lo estaba fingiendo.

— ¿Un siete? ¿Estás bromeando? — miró alrededor como quien buscaba algo importante — ¿Acaso he hecho el amor con otra mujer y me la cambiaron a última hora?

Helena subió los brazos para enredarlos en su cabello y lo miró a los ojos. Todavía estaban oscuros, marcados por la excitación y el deseo; y sin saber por qué, quiso que esos ojos la miraran de otra manera.

Aquella era su gran aventura, pero no quería conformarse con eso. Helena quería ser también su gran amor.

— No estoy bromeando. Esto fue un siete. — aseguró — No digo que no lo haya disfrutado inmensamente… pero me duele como el diablo y tú no ayudaste con eso.

El semblante de Marco cambió en un segundo. Sabía que había sido brusco para una primera vez, pero también había sido brusco para el estado de salud en que ella estaba.

— ¡Mierda! ¿Te lastimé, verdad?

A los lados de su nariz Helena vio temblar los diminutos músculos. Ese hombre era un volcán de emociones, y por más que él mismo se empeñara en negarlo, aquellas microexpresiones en su rostro contaban otra historia. Aquellas expresiones hablaban de un hombre con la capacidad de convertir un cielo en un infierno y viceversa, en menos de un segundo. Hablaban de un hombre que podía pasar de la bondad al crimen sin alterar el gesto de su rostro en lo más mínimo.

— Mientras no lastimes mi corazón… todo lo demás puede recuperarse.— y fue totalmente sincera.

Ahora lo sabía, no había una sola herida que su cuerpo no fuera capaz de tolerar, pero su corazón era muy diferente,

— Tu corazón es lo más preciado que tengo, bonita. Puedes creerme cuando te digo que voy a atesorarlo.

Helena se estremeció por un segundo. Otra vez aquella sensación inexplicable…

— Creo que es mejor que me ocupe de ti. — Marco la sacó de sus pensamientos — Voy a llevarte al baño, vamos a darte una ducha deliciosa y si me convences, sólo si me convences… quizás te deje dormir un poco esta noche.

— Una pregunta. — dijo ella con picardía mientras enroscaba las piernas en la cintura del italiano y se dejaba llevar — ¿Siempre vas a anunciar todo lo que haremos?

Marco volvió a sonreír frente a sus labios.

— Hay algo que vas a aprender, bonita. — dijo besándola — Las palabras tienen a veces un efecto más poderoso de lo que cualquiera puede imaginar. Es muy posible que a partir de hoy nos encontremos en situaciones o escenarios donde me sea imposible tenerte, o mejor dicho, poseerte. Y cuando estemos en esas situaciones, no quiero que olvides lo que eres capaz de vivir conmigo, así que sí, voy a seguir anunciándote todo lo que te voy a hacer y más, porque tal como hay un placer indescriptible en el acto mismo, también hay un morboso placer en la anticipación.

Helena dejó escapar un suspiro mientras echaba atrás la cabeza bajo el agua de la ducha.

— ¡A Dios gracias!

Aquella expresión hizo que Marco arrugara el entrecejo, divertido.

— ¿Y eso a qué vino? — preguntó.

— A que me alegro de haber tomado la decisión correcta. — se hizo una coleta y luego la enroscó para que no se le mojara demasiado el cabello — Mariana y Katia me estuvieron molestando tanto tiempo por ser una “mojigata”… pero no me importó. — se dio la vuelta y lo arrastró hacia ella, bajo la ducha — Creo que esperar por un hombre como tú, era lo correcto para mí.

Marco dejó que el agua le corriera por la espalda desnuda, llevándose el sudor y refrescando esas marcas que tan tiernamente le habían dejado las uñas de Helena.

— Hablas como si yo fuera un riesgo calculado, bonita.

— Y lo eres. No creas ni por un momento que no lo eres. — aseguró la muchacha.

Al italiano se le escapó un gesto de muda incomodidad mientras Helena tiraba de una toalla blanca que le llegaba casi a las rodillas y se envolvía en ella, liberando el largo cabello negro que cayó en cascada sobre sus hombros y pechos.

— Eso suena demasiado frío para una muchacha como tú. — dijo parándose frente a ella, aún desnudo, sin molestarse siquiera en secarse — No creí que fueras tan… calculadora.

Helana respiró profundo, bajó los ojos por un instante y le acarició la mejilla con ternura.

— No lo soy… o al menos no lo creo… Pero debo ser realista si no quiero tener por dentro más heridas de las que tengo por fuera. — dijo con suavidad — Sé quién eres y a lo que me enfrento.

El rostro de Marco se puso lívido en un segundo. ¿Acaso Helena sabía quién era realmente? ¿Sabía que era un Di Sávallo, el hermano de Flavia…? ¿Había estado jugando con él todo ese tiempo?

— ¿Qué quieres decir con eso? — preguntó con inquietud.

— Marco… — Helena pareció medir sus palabras — eres un riesgo calculado porque no soy estúpida. Quizás tengo diecinueve años, pero no subestimes mi inteligencia. Eres un hombre atractivo, inteligente, rico… y soltero. Puedo apostar mi talento a que has estado soltero toda tu vida y no vas a cambiar eso por mí. Eres un riesgo calculado porque sé a lo que me enfrento, sé que me puedo enamorar de ti, pero tú no vas a enamorarte de mí. Sé que puedo entregarte mi cuerpo y me darás el tuyo sin poner ni un solo límite… pero cuando lleguemos a Gibraltar nos diremos adiós, y esto no será más que un hermoso recuerdo en tu vida.

Marco apretó los dientes. Helena era una mujer peligrosa, no sería esa niñita enamorada que iría tras él como perrito faldero mientras la pateaba hasta el cansancio. Helena era fuerte y realista, sabía decir “adiós”, y ese era el mayor peligro para sus planes.

Se acercó a ella y quitándole la toalla, la obligó a plegarse a su cuerpo. Era una estrategia, o al menos eso decía su cerebro, pero lo cierto era que le gustaba la calidez que emanaba de su piel.

— No sé lo que va a pasar, bonita. — murmuró en su oído — Tienes razón a medias, no he estado soltero, he estado solo toda mi vida, y no sé si será tiempo de dejar entrar a alguien, o si ese alguien serás tú pero te aseguro esto: hasta que lleguemos a Gibraltar, mi cuerpo, mis pensamientos, mi corazón, y mi alma si la quieres… todo es tuyo.

Helena buscó su boca con suavidad, porque ya conocía perfectamente las consecuencias de provocarlo.

— Me parece excelente.— respondió.

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