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CAPÍTULO 12

Autor: Day Torres
last update Fecha de publicación: 2020-11-13 09:45:03

Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano.

En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuerpo, pero él no podía olvidar por qué la había llevado allí.

Pensó en Flavia, su hermana más pequeña, la niña de sus ojos. Había perdido a Flavia de la peor manera posible, una por la que no podía perdonarse. Él, el todopoderoso Marco Di Sávallo, la cabeza del Imperio Di Sávallo, no había podido hacer más que rumiar su dolor en silencio el día que le habían traído a Flavia dentro de un ataúd.

No, no la habían traído, Antonio Lleorant se la había mandado en un ataúd y ni siquiera se había molestado en acompañarla durante el funeral. El mismo Antonio Lleorant que se había casado con su hermana hacía menos de un año, contra la voluntad de Marco, valía recalcar. El mismo Antonio Lleorant que le llevaba casi treinta años, y la había separado de su familia, llevándosela a España…

El mismo Antonio Lleorant que estaba ahora en un retiro en Suiza, mientras Marco hacía con su pequeña hija Helena lo que le daba la gana.

Giró la cabeza para mirarla bien, parecía un condenado ángel, dormida sobre su hombro. En otro tiempo se hubiera reprochado el hecho de que se estaba comportando como un cobarde, cobrándole a aquella niña la afrenta que su padre le había hecho a la familia Di Sávallo. En ese otro tiempo se hubiera contentado con arruinar al hombre y hacer quebrar todos sus negocios… pero Lleorant no le había hecho a su familia un simple agravio económico, Lleorant tenía una deuda de sangre con los Di Sávallo, y él se la cobraría, sangre por sangre.

Helena se apretó más contra su cuerpo y dejó un beso inconsciente en la curva de su cuello. Era una niña, después de todo, y era inocente… pero Flavia también era inocente, y estaba tres metros bajo tierra. Cerró los ojos para que no se le escapara ni una sola lágrima; ese no era el momento correcto.

“Lo que tenga que hacer, lo haré. – se dijo – Lo haré mañana.”

Envolvió a Helena entre sus brazos y se dejó arrastrar por el sueño.

Las luces entraban opacas por el portillo del camarote cuando Marco despertó. Miró a todos lados, palpando la cama junto a él y notando que seguía caliente; Helena no debía estar lejos. Su ropa estaba todavía sobre una de las sillas así que aguzó el oído para descubrirla en el baño.

Se levantó y se puso los primeros bóxers que encontró en la gaveta, que resultaron ser de color gris oscuro, y se asomó a la puerta del baño con cautela.

— ¿Todo bien, bonita? — preguntó como el que tiene miedo de escuchar la respuesta.

— Mmmm… sí, todo bien, no te preocupes. — dijo ella con un acento no muy convencido que levantó todas las alertas en Marco.

Se acercó a ella por detrás y la abrazó, inclinándose para que su mentón descansara en el pequeño hombro femenino.

— Dime qué te pasa, bonita. Lo que sea que te preocupe, te aseguro que lo podemos arreglar.

Helena lo miró a través del espejo, tenía esa expresión serena que le transmitía tranquilidad.

— Bueno… anoche no usamos… ya sabes… protección. — dijo apenada.

— Tienes razón. — Marco buscó la mejor manera de hacerse el desentendido, porque ya sabía todo lo que debía saber sobre la sexualidad de Helena, incluyendo que no había posibilidades de que saliera embarazada; pero no podía dejar que ella notara que se sabía su historial médico de memoria — Te ofrezco una disculpa, ni siquiera pude pensar lo suficiente como para recordar protegerte… lo siento de veras. ¡Y se supone que yo soy el adulto aquí!

Helena, para su suerte o su desgracia, le creyó la actuación del arrepentimiento.

— ¿Hay alguna posibilidad de que puedas quedar embarazada, bonita?

— No, no te preocupes por eso. Tomo la píldora. — respondió la muchacha.

— ¿La píldora? — fingió sorprenderse Marco — ¿Para qué? Yo doy fe de que eras virgen… hasta anoche.

Helena dejó salir una de esas risas genuinas tan suyas y negó con la cabeza.

— Sí, “eso” pasó anoche. — suspiró apretando los muslos porque sólo mencionarlo le había hecho recordar aquella sensación de cosquilleo en su intimidad que venía con las manos del italiano — En fin, tomo la píldora desde hace un par de años para regular mi desorden menstrual.

Marco puso cara de confuso aunque sabía perfectamente a qué se refería.

— Para que el castigo del mes venga cada veintiocho días y no cuando le dé la gana. — explicó Helena abriendo los ojos.

— ¿Entonces estamos bien?

— Estamos bien, Santini. Pero eso no es todo lo que me preocupa. — confesó la chica con entereza — Como bien dices hasta anoche yo era virgen, pero no creo que tú hayas sido un santo. No me malinterpretes, no te juzgo, yo también fui muy irresponsable, en especial porque los “dos” — recalcó — somos adultos. Sólo necesito saber, por favor, que estás sano.

El italiano le besó la cabeza con algo bastante parecido a la ternura y salió del baño, dejándola sola por un momento. Cuando regresó, traía en las manos una delgada carpeta color beige mate.

— Para que estés tranquila. — aseguró entregándosela — Abraham me obliga a hacerme exámenes cada tres meses, tiene una absurda obsesión con mi salud ese hombre… El caso es que esos son mis resultados, salieron hace menos de una semana y puedes revisar: estoy sanito como un bebé.

Helena hojeó las páginas, donde aparecían en orden los análisis de sangre. Resultados de ITS, negativo; VIH, negativo… Asintió con la cabeza mientras la cerraba y se la devolvía a su dueño.

— Gracias. — murmuró — De verdad me quedo más tranquila.

— No te preocupes, esa es mucha madurez para tu edad y me encanta. — la atrapó por la cintura y, alzándola, se la llevó a la cama de nuevo — Además no quiero que pienses que soy un irresponsable, a pesar de que anoche me olvidé de eso, suelo ser extremadamente cuidadoso cuando tengo relaciones sexuales. Es sólo que contigo… ¡Ay, bonita, no sé qué me pasa contigo! ¡Mi cabeza dice: no! ¡Y el resto de Marco Santini dice: sí, sí, sí!

Helena rio como una niña cuando el hombre la hizo caer sobre él y tomó su boca con una desesperada dulzura que la embelesó. No le había mentido a Marco, estaba a dos pasos de enamorarse de él, y lo peor del caso era que estaba más que dispuesta a dar esos dos pasos. ¿Qué probablemente saldría de ese viaje con el corazón roto? Eso lo sabía de sobra y además lo aceptaba, después de todo, nada le impedía disfrutar de las burbujas mientras tuviera bien presente que sólo eran pompas de jabón, y que más temprano que tarde terminarían reventando bajo el sol.

— Oye muchachote, ahora no es precisamente un buen momento para retomar donde lo dejamos anoche. — murmuró en su oído cuando lo sintió acariciar uno de sus pechos con manos deseosas.

— ¿Por qué no? — la besó con fuerza, sosteniendo su cabello y haciéndola abrir los labios para explorar si boca con lengua ávida. Una mano rodeó su cadera, bajó por su abdomen y se metió debajo de las diminutas bragas hasta que un gemido que no esperaba lo sobresaltó— ¡Mierda, de verdad te lastimé!

Marco la obligó a acostarse en la cama y se dio una bofetada mental. La parte de hacer daño vendría después, ahora tocaba enamorar, ¡enamorar, idiota!

— Soy una bestia. — declaró con rabia mal disimulada — Tú llena de moretones y yo haciendo que te duela algo más.

— Mmmmm, no te pongas así, — lo consoló ella — no he dicho que no lo disfruté.

— Sé que lo disfrutaste, bonita, pero pude haber sido más suave contigo. Después de todo no sólo era tu primera vez, sino que estabas bastante golpeada también…

Helena apoyó los codos en la cama, levantándose un poco para mirarlo con picardía.

— Bueno, puedes seguir disculpándote o puedes hacer algo al respecto. Para que me duela menos, digo. Unos analgésicos o… ¡oh!

Marco tiró de ella hasta dejarla en medio de la cama. Le gustaba tenerla allí, despierta, dormida o de cualquier forma que estuviese.

— Tienes razón. — dijo acariciando sus piernas, abriéndolas poco a poco mientras sus ojos adquirían ese oscuro matiz de deseo — Voy a hacer algo al respecto.

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