INICIAR SESIÓN_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote.
El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso.
_ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depositó en el suelo con delicadeza y le sonrió con picardía.
_ Señor Santini. ¡Parece usted un jovencito descarado!_ lo regañó ella con la voz más sexy que podía poner _ ¿Es que no se cansa de hablar de sexo?
_ Yo no estoy hablando de sexo. _ murmuró él acercándola para hablarle al oído, pero para contradecir sus palabras pasó una lengua juguetona por el lóbulo de su oreja, haciendo que se estremeciera.
_ No… hablándolo, pensándolo, haciéndolo… _ se retorcía entre los brazos del italiano como una niña chiquita, y Marco no podía evitar que la sonrisa se le anclara en el rostro por horas.
Cuando salieron del puerto una limusina blanca los estaba esperando para llevarlos al hotel. Helena levantó una ceja divertida y le insinuó algo sobre la comodidad y la privacidad y la champaña… mientras él suspiraba con fastidio. No le gustaban las limusinas, pero era una atención que le daban los accionistas y no se vería bien rechazarla.
_ Velo de esta manera: _ lo provocó la muchacha sentándose a horcajadas sobre él _ es otra cosa que podrás enseñarle a esta aplicadísima alumna.
El italiano echó atrás la cabeza mientras las manos reposaban en las curvas de las caderas femeninas, era una delicia tenerla allí, con su sexo pequeño y caliente danzando al compás del auto sobre su bragueta. ¡A Dios gracias que tenía un poquito de control… y que sabía que el hotel no estaba lejos!
_ ¿Me creerías si te dijera que jamás me he acostado con una mujer en una limusina?
Helena abrió los ojos y la boca fingiendo sorpresa, pero la realidad era que no le sorprendía en absoluto. Caliente, sí;seductor, también; pero Marco Santini tenía mucho de señor y poco de exhibicionista, además de que tenía un sentido exagerado del decoro y dela imagen pública, así que dudaba mucho que hubiera cometido la imprudencia de tener sexo en un auto.
_ Te creo, amor, por supuesto que te creo, pero ese es un defecto que podemos corregir.
Bajó la cabeza y buscó su boca con ansias nada disimuladas. No lo decía, por supuesto, pero siempre tenía aquella sensación de que lo que fuera que tenía con Marco se iba a acabar tan intempestivamente como había comenzado.
_ Bonita. _ dijo tomando su mano y poniéndola sobre su pantalón para que notara de una vez por todas la erección gigante que le había provocado _ Estamos a tres minutos del hotel… no puedes hacerme esto.
_ Déjame adivinar. El magnate naviero Marco Santini no puede bajarse del auto con una tienda de campaña en los pantalones. _ se burló ella _ Está bien… voy a comportarme lo prometo.
Se bajó y se sentó a su lado, cruzando las piernas de modo que el vestido se le subió hasta la mitad de los muslos. Él se le quedó mirando con una expresión como si estuviera en otro planeta, y en menos de un segundo se inclinó para besarla como si de verdad no pudiera controlarse.
_ Endemoniada chiquilla. _ rezongó contra su boca_ ¡Cómo te gusta provocarme!
Pero el auto, en efecto, fue disminuyendo la velocidad y no tardó en detenerse por completo. Se bajaron mientras Marco hacía un ejercicio de respiración tras otro para ver si los efectos de Helena sobre su cuerpo se calmaban un poco.
Fueron recibidos con toda la cortesía y la deferencia de que eran capaces en la recepción y los guiaron hasta la suite donde se quedarían las siguientes dos noches. La muchacha iba delante y Marco iba detrás, admirando la gracia despreocupada con que caminaba. El concierge dejó las maletas y se retiró, pero antes de que Marco pudiera hacer el primer movimiento para llevársela a la cama, Helena lo detuvo con un gesto determinado:
_ ¡Momento, caballero!_ se alzó de puntas para besarlo pero eso fue todo _ Tenemos una inauguración esta noche y yo no tengo ropa apropiada para ir.
_ No te preocupes, bonita, mandaré a comprar todos los vestidos que quieras, y todas las joyas, y todos…
_ Para, para, Santini. _ Helena lo interrumpió con un gesto insondable _ No voy a preguntar con qué clase de mujeres has estado porque no me interesa, pero para que no haya malentendidos déjame aclarar algo: no te estaba pidiendo que me compraras nada, soy perfectamente capaz de pagar lo que sea que me guste, sea caro o barato. ¿De acuerdo?
La expresión de Marco se tornó de piedra.
_ Bonita, no quise decir…
_ Sé que tuviste la mejor intención, amor. _ Helena volvió a besarlo restándole importancia_ Solo quería que supieras cómo pienso. No me opongo a que me hagas regalos, pero esos son detalles; en lo que se refiere a las cosas elementales para mi supervivencia, prefiero hacerme cargo sola.
Marco tuvo un fugaz pensamiento, árido y desagradable, al respecto, pero prefirió guardárselo y desviar la conversación hacia otro tema.
_ ¿Y puedes decirme cómo un vestido de gala es elemental para tu supervivencia, bonita? _ preguntó riendo.
_ ¡Oh, pero no es sólo un vestido de gala, Santini! Son los zapatos, los accesorios, y sobre todo, es el proceso. Visitar tiendas, probarse vestidos, elegir… _ los ojos le brillaron como si fuera una niña pequeña _ Y antes de que te pongas a protestar déjame decirte que no pienso torturarte, voy a ir sola.
Eso le molestó más a Marco que si hubiera decidido arrastrarlo por todos los centros de moda de la ciudad. Jamás en su vida había ido con una de sus amantes a comprarle ropa, eso de esperar y hacer a una mujer dar vueltas y decidir… no era lo suyo. Sin embargo con helena no sólo estaba dispuesto a hacerlo, sino que no podía evitar preguntarse, si no era él, ¿entonces quién demonios iba a mirarla y a decirle que se veía preciosa con este o aquel vestido?
_ ¿En serio quieres ir sola? ¿Y quién te va a dar su opinión?
_ ¿Te parece que yo necesite opinión para decidir qué me gusta y qué no? _ se carcajeó Helena.
No, si ese era el problema, aquella condenada chica no necesitaba de la opinión o la ayuda de nadie, y eso le ponía a Marco el trabajo más difícil de lo que esperaba.
_ Además, en todos los centros de moda hay suficientes asesores como para volverla a una loca, no me hace falta otro más. _ terminó decidida, atrapando el bolso de mano que había dejado sobre la mesa de entrada, y en el que tenía desde su identificación hasta sus tarjetas de crédito.
_ ¿Asesores? ¿En masculino? _ la mirada de marco se nubló. Aquel papel de celoso era solo una interpretación, se dijo, a las mujeres les gustaban los hombres posesivos después de todo. Bueno, era mejor convencerse de eso antes de aceptar que realmente le molestaba que cualquier otro hombre pudiera estar mirándola modelar la ropa que iba a ponerse.
_ Sí, Marco, asesores en masculino. _ Helena se mordió el labio inferior como una insinuación _ Muchos hombres tienen mejor crítica de moda que las mujeres… pero no te preocupes, amor, al noventa y nueve porciento de esos hombres tampoco les gustan las mujeres.
Ella se dirigió a la puerta pero el italiano no la soltaba
_ Con el uno porciento que falta ya me alcanza para preocuparme. _ declaró muy serio y Helena le sonrió, acariciándole la mejilla.
_ ¿Me estás diciendo que soy hermosa y no hay hombre que no caería a mis pies?
Marco cerró los ojos y se dejó besar con vehemencia. Él tratando de hacer una escena y ella riéndose en su cara y dándole la vuelta a la tortilla.
_ ¡Qué capacidad tienes para aligerar el aire, bonita! _ exclamó con un suspiro.
_ Bueno, eso pasa con la gente joven, nos tomamos todo muy a la ligera. _ rio la muchacha contra su boca _ Hasta luego Santini, intenta divertirte sanamente mientras no estoy.
Le dijo adiós con un gesto infantil y salió por la puerta casi dando saltos, mientras Marco se dejaba caer en el sofá y se pasaba las manos por el cabello, despeinándose a ver si los pensamientos se le relajaban también un poco.
Helena era una niña y una mujer, quizás fuera por su edad o por la crianza que le habían dado, pero no podía separar esas dos facetas de su carácter, y eso lo estaba volviendo loco. Cerró los ojos y se prometió no psicoanalizar sus sentimientos, porque si quería cumplir con su venganza, la clave era no tener ningún sentimiento.
Pensó en la figura juvenil y despreocupada que acababa de salir de su habitación y sacó el celular. Marcó uno de los números de su discado rápido y la voz del Primer Oficial del Abadon le contestó del otro lado.
_ ¿Señor?
_ Zolo, _ dijo con sequedad _ Helena va a salir por la puerta del hotel en unos segundos. Ya sabes lo que tienes que hacer.
_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote. El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso._ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depo
Helena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini,
— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió. — ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.
Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano. En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuer
— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca. Arqueó la espalda en un intento de acom
Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.