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CAPÍTULO 13

Autor: Day Torres
last update Fecha de publicación: 2020-11-13 09:45:32

— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!

Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió.

— ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.

Helena se tapaba y destapaba los ojos, se sonrojaba, se mordía los labios… estaba más nerviosa que una niña a la que hubieran atrapado en una travesura.

— ¡Marco por Dios! Puede llegar cualquiera y verte desnudo, desde Zolo hasta Abraham. ¿Es que no tienes vergüenza? — lo regañó ella.

— Ninguna. Sobre todo porque ninguno de ellos está en el barco.

— ¿Qué? — se asombró la muchacha. ¿Dónde podían haberse metido?

Marco le pasó unos binoculares y señaló al horizonte. Helena pudo ver a lo lejos una delgada franja de tierra.

— Los desterré por el día de hoy. Quiero pasarlo sólo contigo.

Quería aprovechar el último día que les quedaba juntos, se dijo Helena.

Había pasado casi una semana desde que dejaran atrás el puerto de Marsella. Casi una semana en que había procurado disfrutar cada segundo de la compañía de Marco Santini. Habían buceado, habían conversado, había bebido vino sobre cada centímetro del cuerpo de ese hombre y habían hecho el amor como dos locos.

A Helena no sólo le gustaba en la cama. Hubiera sido tonto pretender que su corazón no había estado involucrado desde el primer día, pero a pesar de todo, no había ni un solo arrepentimiento por que lo había sucedido o lo que iba a suceder. Al día siguiente se acercarían al puerto de Gibraltar, la aventura terminaría y probablemente no volvería a ver a Marco Santini nunca más, pero el recuerdo que tendría de él sería…

— ¿En qué piensas tanto, bonita?

Antes de poder reaccionar, ya lo tenía sobre ella, besándola como si fuera la última mujer sobre la tierra. Helena enredó las manos detrás de su cuello y se pegó a él, anticipando la dureza del miembro que se apretaba contra su abdomen. Repasó con las yemas de los dedos el camino de tensos músculos desde sus costillas hasta sus caderas, y comenzó a empujarlo poco a poco, llevándolo a un lugar que no había tenido oportunidad de probar porque la tripulación había estado presente en el barco.

— ¿Qué es lo que quieres hacer, bonita? — preguntó Marco, sospechando — Con esa sonrisa pícara nada bueno será.

Helena le mordió el labio inferior, provocativa, haciendo que el italiano se estremeciera. Muchas cosas y muy especiales habían sucedido en ese camarote durante toda la semana, pero estaba seguro de que la activa imaginación de Helena no se le permitiría bajarse de aquel barco sin hacer alguna de las suyas.

La siguió hasta el puente de mando, sin despegar las manos de su cuerpo ni los labios de su boca, y cuando fue a darse cuenta ya estaba frente al timón, con una mujer húmeda y lista para que le hicieran el amor.

— ¿Aquí, en serio, bonita?

— Sí, aquí. Quiero que la próxima vez que tengas que subir para fijar el curso de este barco, te acuerdes de que me lo hiciste aquí. — sonrió Helena.

Era una verdad disfrazada, lo hacía porque en primer lugar dudaba que hubiera otro lugar en el bote donde Marco no se hubiera acostado ya con una mujer. Pero más allá de eso, la próxima vez que subiera a fijar el rumbo de ese barco, quizás si la recordaba, quizás y sólo quizás, ese rumbo la llevaría hasta ella.

Helena se permitió ese instante de velada esperanza, sin saber que Marco tenía unos planes muy diferentes, unos que no incluían separarse de ella, al menos por el momento. Enredó los dedos con los suyos y los apretó con fuerza cuando lo sintió dentro. Apoyada contra el tablero de controles, sintiendo a aquel hombre jadear contra su espalda, poseyéndola con una pasión que jamás había imaginado que pudiera existir… por primera vez dejó ir su corazón. ¿A quién engañaba? Se había enamorado de Marco Santini en el segundo exacto en que lo había visto por primera vez.

Marco sintió esa tensión en el cuerpo de Helena que presagiaba el orgasmo, apoyó la frente sobre su hombro mientras la envolvía en el más posesivo de los abrazos y se corrió con ella, mirando al horizonte, como si aquel atardecer fuera el último de sus vidas.

— Bonita… — la llamó con la respiración entrecortada — Archer va a entrar en coma cuando sienta todo el olor a sexo y a sudor que hemos dejado aquí.

Helena se rio contra la piel de su pecho.

— Lo superará. Sólo no le digas nada.

Marco la tomó en brazos y se la llevó a la pequeña alberca que tenían en la popa. El agua estaba deliciosamente caliente por el sol, y aunque Helena no necesitaba broncearse más, el italiano sentía aquella extraña necesidad de seguir viéndola desnuda a su alrededor.

Las marcas de su piel ya habían comenzado a aclararse, y muy pronto ya no habría ningún recordatorio físico de todo lo ocurrido en las últimas semanas. Pero con lo malo también se iba lo bueno, y si Marco quería retener a Helena a su lado, iba a tener que pelear muy duro, porque en el momento en que había creído que sería una niña manipulable y enamoradiza, se había equivocado rotundamente.

La muchacha se sumergió por completo en el agua y dio algunas brazadas para alejarse del italiano. Tenía mucho en qué pensar, pero prefería no hacerlo.

— ¿Sabes que estamos contaminando esta alberca, verdad? — preguntó levantando una ceja descarada.

— Sí, ¡y lo que falta!

Nadó hasta ella y la hizo abrazarse a su cuerpo, era más pequeña que él por tanto que parecía una muñeca entre sus brazos.

— ¿Qué harás cuando llegues a casa? — quiso saber Marco. Necesitaba toda la información posible sobre ella para poder actuar.

— No lo sé. Tenía pensado quedarme mucho más tiempo en Francia así que supongo que estaré desocupada.

— ¿No tienes que entrar a la escuela o algo? — preguntó con malicia.

— ¡Ah, Santini, ya te gustaría verme en uniforme de colegiala!

— ¡Yo no he dicho eso! — se quejó Marco.

— No tienes que hacerlo, conozco esa mirada. — aseguró Helena — Pero mis días de uniforme terminaron así que no se te va a hacer.

— Entonces, volviendo al tema. — la reconvino él — ¿Qué harás cuando llegues a casa?

Helena se dio la vuelta, apoyando la espalda en su pecho y dejando que sus manos vagaran por su abdomen hasta… bueno hasta donde quisieran.

— La verdad pensé que tomarme un año sabático para viajar y conocer el mundo sería divertido.

— En especial cuando no tienes a un adulto serio y responsable persiguiéndote. — dijo Marco haciendo alusión al hecho de que su padre no estaba presente para vigilar que no se metiera en problemas.

— Así es, en efecto. Pero tengo que reconocer que no ha sido tan divertido.— confesó ella — Me ha gustado viajar, pero he sentido que le falta algo… no sé, algo importante.

— ¿Quizás la compañía correcta? — se aventuró el italiano.

— Quizás…

Y ninguno de los dos volvió a decir nada.

La noche fue tan épica como Helena había esperado que fuera una última noche con Marco Santini. Sabía que iba a extrañarlo hasta el infinito y más allá, pero era algo con lo que podía vivir. Cerró los ojos y dejó que el sueño la venciera mientras todavía sentía el paso de Marco por su cuerpo. Estaba dispuesta a dejar un pedacito de su alma con aquel hombre, sin resentimientos, porque ella había dicho “sí” desde el primer momento, aun sabiendo a lo que se arriesgaba.

Marco la miró dormir con el corazón atenazado por la incertidumbre.

Al día siguiente cada uno haría su jugada.

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