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CAPÍTULO 10

Author: Day Torres
last update Petsa ng paglalathala: 2020-11-13 09:44:16

Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.

La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.

— Basta. — Helena lo agarró de las solapas de la camisa, respirando con dificultad, y eso lo hizo volver a la realidad con sobresalto.

— ¿Te lastimé?

— No lo harías ni aunque lo intentaras… — la muchacha suspiró — pero ni siquiera lo estás intentando. Así que lo preguntaré sólo una vez. ¿Qué pasa?

Marco podía decir que no quería hacerle daño y habría sido cierto. Físicamente tenía que tratarla con pincitas, porque cualquier movimiento brusco podía empeorar sus lesiones. Emocionalmente… le habían bastado cuarenta y ocho horas y dos besos para sacudirle la conciencia. ¡Maldita fuera ella y toda su familia! ¡Maldito él si dejaba que esos ojos lo persuadieran de su verdadero camino!

— Tengo miedo de hacerte daño.

Helena entrecerró los ojos y luego tiró de él con suavidad para acercarlo a su boca.

— ¿Tan… violento es el sexo contigo?

— Sería inútil si dijera que sí. — sus manos se deslizaron a lo largo de los muslos de la muchacha con una suave presión — De todas formas no tendrías con quién compararme.

— Cierto, — aceptó ella — pero no por eso dejaré de juzgar qué tan bueno es.

A Marco se le escapó una sonrisa, era inevitable, Helena se las arrancaba como si fuera una condenada hechicera.

— ¿Me estás diciendo que me vas a evaluar?

— Así es. Te has cansado de decirme que eres mayor que yo… espero que los años de experiencia te hayan servido para algo...

Marco atrapó su cara entre el pulgar y el índice.

— ¡Mira que te gusta provocarme! — la regañó.

— Parece ser lo único que funciona. — Helena levantó una ceja divertida — Además es la primera vez que voy a acostarme con alguien, así que más te vale que sea tan bueno como dicen.

Marco sostuvo su mirada, tenía delante a una niña de diecinueve años, valiente y dulce, que jamás había tenido una experiencia en la cama. Y pasara lo que pasara en adelante, se merecía que aquella experiencia fuera maravillosa, después de todo, la única forma de lograr su venganza era con una mujer enamorada, con un corazón esperanzado. Pero aunque las razones lógicas que se daba eran maravillosas, al dragón hambriento que había en sus pantalones no le importaban.

— Entonces esto es lo que vamos a hacer, bonita. — declaró mientras sus dedos soltaban los tirantes de la pequeña blusa — Hoy, y solo hoy, vamos a hacer esto… suave. Muy suave bonita. Te voy a besar… te voy a tocar… te voy a desnudar… y no va a haber ni un pedacito de ti que yo no pruebe…

La realidad era esa, la deseaba como si fuera la última maldita mujer en el mundo. Por ese instante, solo por ese, se olvidaría de todo.

Abrió cada pequeño botón en el frente la de blusa blanca y descubrió los pechos, suaves y excitados, y rodeó con la lengua uno de los rosados pezones, haciéndola arquear la espalda para disfrutar de la caricia. descubrió la otra areola y la pellizcó hasta hacerla gritar. Puede que fuera su primera vez, pero estaba lejos de no saber lo que la excitaba.

Helena enredó los dedos en sus cabellos como si aquella boca fuera a escaparse de un momento a otro. Un temblor cálido, por completo desprovisto de miedo, le recorría los muslos hasta anclarse en su entrepierna con un latigazo de urgencia.

Los labios de Marco bajaron por su abdomen, lamiendo, jugando, mientras subía sus piernas para obligarla a recostar medio cuerpo en la cama alta. Abrió los broches del pantalón con exquisita paciencia, tocando despacio, enloqueciendo a Helena, que jadeaba bajo sus caricias.

La hizo levantar el trasero y en un segundo estaba completamente desnuda, desnuda y abierta, y entre sus piernas olía a cielo de noche. Marco se echó atrás para mirarla mientras Helena se levantaba sobre los codos, sin molestarse en cubrirse con una sábana.

— No eres tímida. — se sorprendió el italiano.

— Soy hermosa. — contestó ella.

— Lo eres. — aceptó Marco, sacándose poco a poco la camisa mientras la veía humedecerse los labios con la lengua.

— Ven conmigo. — Helena se incorporó, acerándose al borde la cama, y metió los dedos pulgares por el borde de su pantalón.

Marco cerró los ojos, sintiéndola rozar su miembro por encima de bóxer, y echó atrás la cabeza cuando Helena desabrochó cada botón y se deshizo de sus pantalones como si seriamente le molestaran. La mano de Helena era suave y pequeña, y aquel reconocimiento por encima de la ropa era suficiente para liberar al monstruo que tenía dentro.

— ¿Te gusta? — preguntó sin abrir los ojos, pero la única respuesta que recibió fue el delicado tirón con que Helena hizo desaparecer su ropa interior.

Sintió sus manos explorando, bajando por su espalda hasta sus caderas, sus muslos… Le gustó aquella curiosidad, porque sabía que era el primero en provocarla. Y repente algo pasó, sus ojos se abrieron y la mandíbula de Marco se tensó al sentirla, lamiendo, mordiendo, devorando. No había otra palabra, la boca de Helena quizás fuera inexperta, pero estaba devorándolo con suaves sacudidas que le hicieron lanzar por lo bajo una maldición.

— ¡Mierda!

Helena ni siquiera se molestó en preguntar si lo estaba haciendo bien. Marco miraba al techo del camarote como si hubiera descubierto la cúpula perdida de Miguel Ángel, así que sí lo estaba haciendo bien. Además, el noventa por ciento del acto era instintivo, como si su cuerpo supiera lo que tenía que hacer. Dejó que su lengua vagara sobre la virilidad de Marco antes de dejar que entrara en su boca por completo. Saboreó la dureza latente, la piel tersa y delicada… y succionó primero con suavidad, sintiendo cómo cada músculo en las piernas del italiano se tensaba.

Reconoció poco a poco su tamaño. Cierto era que no tenía con quién compararlo, pero también era cierto que era bastante proporcional a su tamaño y eso, de cuando en cuando, le arrancaba un par de lagrimitas. La respiración de Marco se hizo más urgente mientras Helena lamía y chupaba tratando de mantener a raya sus propios deseos, cosa que evidentemente se estaba haciendo imposible para el italiano, que deslizó la mano hasta su cabeza, enredado sus cabellos en un puño, obligándola a seguir un ritmo más rápido.

Y de repente la detuvo, respiró hondo y la subió de golpe al borde de la cama.

— ¿Qué pasa? ¿No te gustó? — se rio Helena, que estaba bastante segura de la respuesta.

— Dos segundos más y me hubiera corrido en tu boca. — declaró Marco.

— No me hubiera molestado.

— No, incluso te hubiera gustado, bonita. — aseguró él mordiendo sus labios con suavidad — Y no te digo que no vaya a pasar, porque te aseguro que voy a correrme en cada parte de tu cuerpo… pero esta noche todo se trata de ti, hermosa. Y te prometo que lo vas a disfrutar.

Recorrió con la lengua la punta de sus dedos, haciendo que se volviera a sentar al borde de la cama. Acarició con dedos hambrientos sus pantorrillas, el interior de sus muslos, hasta que chocó con aquella humedad insoportable que le escurría a Helena entre las piernas.

— Parece que has estado esperando esto por mucho tiempo. — susurró contra sus labios, mientras le acariciaba la rosada areola de un pezón, haciendo que se mordiera el labio de pura excitación — ¿Por qué no vemos qué tanto lo deseas?

Deslizó uno de sus dedos en su interior y Helena gimió. Era una invasión extraña, algo que por supuesto jamás había sentido, pero indudablemente algo de lo que quería más. No podía explicarse cómo, pero sabía perfectamente lo que esperaba sentir, lo que quería que pasara y cómo lo quería, y sabía que aquel dedo experto, si bien le encantaba, no era suficiente.

Empujó adelante las caderas mientras Marco devoraba uno de sus pechos, mientras empujaba en su interior con suavidad. No era la primera vez que se acostaría con una mujer virgen, pero sí era la primera vez que estaría con una virgen dispuesta a disfrutar salvajemente el acto de convertirse en mujer.

La vio arrugar el entrecejo y gemir e introdujo otro dedo descarado. Helena era estrecha y dura, pero la excitación hacía menor la resistencia a sus movimientos, y mejor que así fuera, porque Marco no se consideraba precisamente pequeño y si no estaba perfectamente mojada le iba a doler como nada en su vida.

Helena se aferró a sus antebrazos, mordiendo suavemente su pecho mientras saboreaba cada suave empuje de Marco, sí sabía que estaba siendo suave, y lo sabía porque podía sentir los latidos de su corazón y estaban como locos. Su miembro, duro y erecto, golpeaba a veces, ansioso, contra su sexo, presagiando la furia con que iba a penetrarla.

Pero no se detuvo a pensar cómo sería, porque los dedos de Marco estaban jugando en su interior, sentía las piernas débiles, acomodadas en torno a las caderas masculinas, y de su abdomen estaba bajando una corriente estaba a punto de hacerlas temblar.

— Escucha, bonita, porque esto es lo que va a pasar… — la voz de Marco era ronca y agitada mientras la arrastraba aún más al borde, sentándola bien pegada a él — Eso que sientes… estás a punto de correrte… y quiero que lo hagas… — su mano se movía con fuerza, ganado velocidad junto a los jadeos desesperados de Helena — Quiero que te corras duro, y quiero que grites cuando lo hagas, porque esta mierda va a dolerte y quiero escucharlo…

Helena no lo entendió, estaba tensa, su cuerpo entero era un grito de auxilio por más, los dedos de Marco entraban y salían con furia, mientras su otro brazo se ancló en la cintura de Helena, preparándola para lo que venía. Ella se arqueó un poco hacia atrás cuando llegó el primer espasmo,  el primer temblor que presagiaba un orgasmo interminable, su cuerpo se contrajo de placer y entonces los dedos de Marco salieron, la palma abierta le cubrió la boca y su miembro la penetró de una sola vez, arrancándole un grito que se ahogó contra su mano.

No hubo adaptación, ni un momento de calma, ni un segundo de compasión, ni un “¿estás bien?” Solo un cuerpo que se convertía en uno con ella, unas embestidas que la llenaban de dolor y de placer a un tiempo, una boca que buscaba sus labios y chupaba su lengua, tragándose cada uno de sus gritos, y un hombre que la poseía como un salvaje, rompiéndola con una pasión extraña y delirante mientras decía su nombre.

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