INICIAR SESIÓNCuando por fin subieron de nuevo al bote, casi dos horas después, Helena pudo decir que realmente había disfrutado el paseo, en especial porque ningún tiburón se había asomado a mordisquearla.
Se envolvió en una toalla y se sentó con las piernas recogidas, dándose un segundo para admirar a Marco. Sí, “admirar”, no había otra palabra. Tenía la piel bronceada y los músculos definidos, aunque no se veía exageradamente musculoso. Más bien era su tamaño el que impresionaba, las proporciones justas en los lugares adecuados… Helena subió la mirada hasta su cara, para no mirar a donde no debía. El italiano tenía el cabello tan negro como ella, la curva de la nariz era suave y los labios eran… simplemente deliciosos.
— ¿Cenas conmigo esta noche? — preguntó Marco sacudiéndose el cabello mojado y sacándola de sus pensamientos.
— Emmm… sí, claro.
Se fue a su camarote abanicándose con una mano sin que nadie se diera cuenta, y se dio una pequeña ducha, fría, helada, mientras intentaba racionalizar lo que estaba sintiendo. Podía hacerlo, ¿por qué no? Estaba lista para su aventura… y para todo lo demás también.
Se puso un pantalón de hilo blanco que le caía en las caderas con sutileza y una camiseta sin mangas del mismo color. El aire de la tarde se prometía fresco, y Helena lo aprovechó para sentarse en una mesa en la proa y dibujar, dibujar como hacía meses que no dibujaba.
La tarde pasó sin que se diera cuenta, estaba tan absorta en su cuaderno que no sintió que Marco se acercaba a su espalda, y poniendo los labios casi sobre su oído susurró:
— ¿Alguien especial?
Helena dio un salto seguido por un gemido.
— ¡Lo siento! ¡Maldita sea, no era mi intención asustarte!
La muchacha cerró el cuaderno donde una figura se esbozaba y lo reprendió con la mirada.
— ¡Pues lo disimulas bien! Pareces un tigre así… — juntó las manos, dobló los dedos semejando garritas, y arrugó la nariz enseñando los dientes; y Marco dejó escapar una sonora carcajada.
— Ya veo, ya veo. Solo quería saber qué vino te gustaría para la cena. — dijo intentando recuperar la compostura.
— ¿Abraham me va a dejar beber?
— Un poco de vino no harán reacción con tus analgésicos. — aseguró Marco.
— Bueno, entonces elige tú, pero te advierto: soy buena conocedora de vinos.
El italiano hizo un gesto de sorpresa muy bien disimulada. Lo primero que había sabido sobre la familia Lleorant era que poseían viñedos en gran parte de la Península Ibérica, así que aunque Helena no pasara de los veinte años, era lógico que desde niña hubiera sido instruida en el negocio familiar.
— ¿En serio? ¿Y cómo es eso?
— Mi padre tiene algunos viñedos. Han estado en la familia desde siempre así que es casi un mandamiento familiar saber un poco sobre la fabricación de vinos.
— ¿Y piensas seguir con el negocio de tu padre? — preguntó como si fuera importante.
— No lo creo. — contestó Helena mirando al mar — Soy más como mamá, terrible para los números y las cuentas, pero con un pedazo de papel y un carboncillo en la mano… supongo que el arte se me da mejor que los negocios.
— ¿Algún día me mostrarás lo que dibujas?
Helena permitió que Bobby le sirviera un poco de vino tinto en su copa y la levantó con un ademán seguro.
— Un día, Santini. Un día te enseñaré lo que dibujo, pero no puedo prometer que te guste. Mi modelo ha estado moviéndose mucho últimamente.
Entre los dos se hizo un silencio que muy bien se podía calificar de incómodo. Helena no dejaba de morderse los labios y Marco la miraba como si prefiriera comérsela a ella en lugar de la cena.
— Cuéntame cómo es eso de los modelos. — Marco bebió un sorbo de su copa mientras caminaban despacio por la cubierta de proa. La luna estaba alta y el ambiente no podía ser más sugestivo — ¿Los rentas o hacen voluntariado cómo en los estudios de dibujo?
— Bueno… nunca he tenido que rentar a nadie, tengo algunos amigos que me dejan dibujarlos. Pero trato siempre de variar de modelo.
— ¿Por qué, te aburre el mismo?
— No, pero no aprendería si siempre estoy dibujando los mismos rasgos, o las mismas posiciones, o los mismos paisajes. Si quiero aprender, digamos que necesito experimentar, encontrar inspiraciones diferentes. ¿Me explico?
— Bueno, yo me ofrezco humildemente como modelo para tu aprendizaje. ¿No necesitas uno… desnudo?
Helena se atragantó con el vino y se llevó una mano a la boca mientras tosía, arrancándole a Marco una risita satisfecha.
— Con que se esté quietecito me basta. — aseguró la muchacha — Y te agradezco, pero los dibujos de entrenamiento de desnudo suelen hacerse con modelos más jóvenes… cómo Bobby, por ejemplo.
El paso que estaba dando se convirtió en un giro cuando Marco tiró de ella hacia su cuerpo, atrapó su cintura con una de sus manos y con la otra la obligó a levantar la cabeza. Su respiración era superficial y poderosa, y en la sombra que nublaba su frente podía adivinarse el repentino estallido de carácter.
— Es la segunda vez que metes a Bobby en nuestras conversaciones, bonita. — bajó la cabeza para dejar su boca muy cerca de Helena — Y honestamente me está molestando. ¿Acaso te gusta el chiquillo?
Si con algo no había contado el italiano era con que no fuera precisamente él quien se robara el corazón de Helena.
— ¿Habría algún problema con eso? — preguntó ella subiendo la barbilla con una disimulada sonrisa.
— Quizás. Aunque eso significaría que he sido muy malo leyéndote.
Helena empujó su antebrazo y trató de hacer que la soltara, pero solo consiguió que Marco la plegara completamente a su cuerpo, bajando esta vez las dos manos a lo largo de su espalda, hasta la curva de sus nalgas, provocándole un escalofrío que le hizo temblar los labios.
— Solo… solo me atengo a lo que me dijiste. — intentó sonar normal — Me hiciste notar que soy muy niña para ti, así que si quiero una aventura… sólo hay otra persona de mi edad en este barco.
— Y más le vale a esa persona no poner los ojos en ti, o de lo contrario te juro que lo voy a descargar en el próximo puerto.
Helena sintió una superficie a su espalda. Estaba atrapada entre Marco y una de las paredes de estribor, pero más allá, estaba atrapada en medio de aquellas ganas de que la besara. Su aventura estaba allí, quizás su primer amor estaba también allí, y ya había perdido veinticuatro horas.
— Marco… ¿a qué estás jugando? — se obligó a mirarlo a los ojos negros aunque las rodillas le temblaran.
Lo vio respirar hondo.
— ¿Te gusta Bobby o no?
— ¿Y eso qué importa?
— Importa porque me gustas, bonita. ¡Me gustas mucho! — su boca estaba tan cerca que Helena la sentía vibrar sobre la suya — Pero no sé cómo manejar esto. No estoy acostumbrado a llevar niñas a mi cama.
— Y yo no estoy acostumbrada a estar en la cama de nadie.
A Marco se le escapó un gesto de sorpresa. Eso sí no lo había esperado.
— ¡Maldita sea, Helena! ¿Por qué tienes que decir algo así como si no fuera nada?
El espacio entre ellos se perdió en un segundo y Marco reclamó su boca con ferocidad, sin saber si la besaba como un desposeído porque realmente le gustaba, porque estaba celoso de Bobby o porque algo se inflaba en su pecho al saber que iba a ser el primer hombre de Helena. Porque algo era seguro, Helena Lleorant era suya, eso estaba decidido desde hacía demasiado tiempo ya.
Sus manos bajaron hasta sus nalgas, apretándolas con excitación hasta levantarla, enroscando las deliciosas piernas alrededor de su cintura. Era bueno que supiera de memoria el camino a su camarote, porque sus ojos no se abrieron ni una vez mientras exploraba la boca de Helena, arrastrándola a un mundo de gemidos y respiraciones entrecortadas.
La sentó al borde de la enorme cama, abriendo sus piernas y acariciando el interior de sus muslos hasta arrancarle un jadeo.
— ¡Por Dios! — Helena echó atrás la cabeza para poder respirar, y cerró los ojos mientras sentía la boca de Marco bajando lentamente por su cuello — Lo último que imaginé hace dos semanas fue que terminaría en tu cama.
— No, bonita, no vas a terminar en mi cama… ¡vas a empezar en ella!
_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote. El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso._ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depo
Helena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini,
— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió. — ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.
Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano. En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuer
— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca. Arqueó la espalda en un intento de acom
Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.