LOGINMarco abrió los ojos de golpe cuando el primer rayo de sol le hirió los párpados, y se levantó de un salto, con el extraño sentimiento de que algo le faltaba. Miró alrededor y no pudo ver a Helena por ningún lado, aunque el olor a lavanda fresca que era tan natural en ella todavía no había desaparecido de la almohada. Y se reclamó por sentirse así, no había razón para extrañarla o sentir su ausencia, de cualquier manera no era como que pudiera bajar del barco.
Se fue a su camarote y se aseó con ligereza mal disimulada. Se pudo unos pantalones oscuros y una camisa color marfil que hacía ver su cuerpo incluso más ancho de lo que era; y salió a buscar a la chiquilla que le había puesto el mundo de cabeza la noche anterior.
— ¿Viste el amanecer? — la encontró acomodada sobre uno de los asientos de proa, con un cuaderno de bocetos y un trozo de carboncillo en las manos. Su voz hizo que Helena levantara la vista del cuaderno y lo cerrara sin mucha prisa.
— No, no lo alcancé. — respondió con una sonrisa mientras recibía un pequeño beso en la mejilla… no era precisamente donde esperaba pero era algo — Tenía demasiado sueño y no logré despertarme a tiempo.
— Me imagino. No tuviste una noche muy tranquila que digamos.
Helena dirigió la vista lejos, lo más lejos posible de la mirada preocupada de Marco. No sabía en qué momento había dejado de sostener una bolsa de hielo contra su cuerpo, pero le agradecía que no se hubiera ido después de eso. Si debía ser honesta, la noche había sido terrible, no podía contar las veces que se había despertado, pero siempre que lo hacía Marco estaba allí, medio dormido y medio vigilante, y sin decir una sola palabra porque las últimas que había dicho los había hecho bastante conscientes de lo que ambos querían que pasara.
— No, tampoco esperaba que lo fuera. — confesó ella acariciándole con las puntas de los dedos las ojeras que se habían formado en aquel rostro tan sensual — No te pediré disculpas por despertarte, porque acabo de comprobar que incluso con ojeras eres muy, muy sexy.
Se le escapó una risa límpida que le atravesó a Marco el corazón. Era el absurdo más grande de su vida, pero aquella niña le gustaba, era imposible que no fuera así. Le gustaba su risa y su fuerza, su debilidad y su valentía, su ingenuidad y aquellos traviesos intentos de seducción que desvelaban esa inocencia que tanto se empeñaba en ocultar.
— ¿Me enseñas lo que estás dibujando? — pidió intentando sacarse aquella idea de la cabeza.
— Nooooo. — Helena se apuró a esconder el cuaderno detrás de su espalda — Es un trabajo en progreso, nadie puede verlo todavía.
Marco puso cara de que lo descubriría tarde o temprano, pero al menos por el momento no siguió insistiendo. Prefirió hacerla desayunar y subirla al puente de mando durante un rato para que viera el funcionamiento del barco, o eso parecía; la realidad era que cualquier excusa que le permitiera llevarla de la mano y ayudarla a subir, bajar, o cruzar de un lado a otro le parecía perfecta.
— ¿Sabes qué tengo ganas de hacer? — dijo de repente como si pensara en voz alta.
— ¿Qué?
— Tengo ganas de meterme al mar un rato. En una hora más o menos pasaremos por un área de arrecifes; el paisaje es hermoso, me gustaría ir a bucear un poco.
Helena levantó los pulgares con expresión atenta.
— Entonces yo te veré desde aquí y te lanzaré el salvavidas cuando venga a comerte un tiburón. — aseguró.
— ¿Cómo, no vas a meterte conmigo?
Helena se apoyó un poco en la baranda de pulido metal.
— Digamos que tengo un sano respeto por el mar. Me siento bien cuando el agua no me pasa del pecho.
— ¿No sabes nadar? — preguntó Marco, porque en verdad era un dato que se escapaba de su exhaustiva investigación.
— Sí, nadar sí sé. Pero el mar es otra cosa. ¡hay bichos ahí abajo! — enfatizó ella.
— El noventa y nueve por ciento de esos bichos no te harán absolutamente nada. — le aseguró Marco poniéndose a su espalda y acercándose a su oído.
— Bueno… con la suerte que tengo, es probable que el uno por ciento que resta acabe mordiéndome una pompa.
Marco rio de buena gana, de todas las palabras del mundo tenía que usar esa.
— ¿Te refieres a una…? — Helena cerró los ojos cuando lo sintió pegarse mucho más a ella, de repente el sol como que calentaba más ¿no? —
— Si, a esa misma. — dijo suspirando y dándose la vuelta para encontrarse cara a cara con la musculatura de su pecho.
— ¡Vamos, no seas aguafiestas! No puedes tener tan mala suerte si estás conmigo.
Helena levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y se humedeció los labios con la lengua. Fue un gesto inconsciente, pero al italiano no le pasó desapercibido. Sí, justo eso en lo que ella estaba pensando, también lo estaba volviendo loco a él.
— Ven conmigo. Nada malo va a pasarte. Además el agua es terapéutica, probablemente te ayude a sentirte mejor… ¡y definitivamente vas a estar más cansada esta noche! Seguro que vas a dormir como una bebé.
Helena lo pensó, realmente lo pensó durante unos momentos, porque su respeto al agua se acercaba más al miedo de lo que era capaz de admitir, y a Marco no le pasó desapercibida aquella duda.
— Está bien, lo haré… pero te hago responsable de mi vida. Si viene un tiburón, te comerá a ti primero, ¿de acuerdo?
— De acuerdo. — aceptó Marco, pensando en la pequeña debilidad que acababa de descubrir — Necesitas ayuda con el traje de baño.
Ella se dio la vuelta despacio ante la insinuación. Le gustaba aquel juego, especialmente porque ninguno de los dos reconocía que lo era.
— No te preocupes, — levantó los hombros mientras se iba a su camarote a cambiarse— si se me hace difícil puedo llamar a Bobby.
Lo vio hacer un gesto de muda incomprensión y luego aquella sombra que pasó sobre su frente.
— Helenaaa. — no pretendía ser una advertencia pero lo era, y ella le cerró la puerta en las narices para cambiarse de ropa.
Cuando salió, vestida con un traje de baño negro de una pieza que ocultaba bastante bien los moretones que tenía, Marco todavía daba vueltas afuera de su camarote como un león enjaulado.
— ¿No te vas a cambiar? — preguntó Helena traviesa y él se fue sin contestar una sola palabra.
¡Oooohhh! Tenía mucho que decir, pero era mejor callarse antes de que la chica se diera cuenta de que tenía un pequeño problema con los celos, la verdad era un gen familiar, pero era un gen Di Sávallo, y él había dejado atrás ese apellido desde hacía tiempo. Ahora era Santini, Marco Santini, huérfano, hijo único, dueño de una rentable constructora naval. Poderosas eran las causas que lo habían obligado a aquel destierro voluntario, a alejarse de sus hermanos, de su madre, de sus sobrinos; pero terrible sería su venganza por lo que había perdido. O mejor dicho: por la persona que le habían quitado.
Cuando subió a cubierta ya estaban muy cerca de los arrecifes, Archer llevaba el barco en una macha lenta y a Helena se le había borrado la sonrisa.
— ¿De verdad le tienes tanto miedo al mar?
— Digamos solo que es la clase de aventura que no tendría por mí misma. — reconoció.
Marco no dijo nada, pero se aseguró de recordar que el mar era uno de esos miedos que podía explotar a su favor.
El agua se veía excepcionalmente clara para ser mar abierto. Helena no podía usar un equipo de buceo estando lastimada, así que el italiano se limitó a llevarla a hacer un poco de snorkel. La muchacha miró al agua con dudas por última vez, y luego se dejó caer en los brazos de Marco, que la sostuvo como si fuera una niña pequeña.
— Te tengo, te tengo. — dijo para tranquilizarla — ¿Puedes respirar bien?
Ella asintió con la cabeza, las costillas seguían doliéndole, pero si se calmaba podía respirar acompasadamente.
— No hagas ningún esfuerzo, ni siquiera patalees. Yo te voy a llevar. ¿Si?
Helena sintió sus brazos rodeándola y por un segundo sus ojos se cerraron, todo el terror que le producía cualquier animal que pudiera haber fue opacado por la sensación de inquietud que representaba la cercanía de aquel hombre. Había algo de necesidad y algo de peligro en aquel roce permanente de sus cuerpos; no sabía cuál de los dos lo buscaba más, pero estaba segura de que, a pesar de todas las excusas, estaban provocándose el uno al otro.
_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote. El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso._ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depo
Helena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini,
— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió. — ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.
Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano. En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuer
— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca. Arqueó la espalda en un intento de acom
Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.