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CAPÍTULO 7

Autor: Day Torres
last update Fecha de publicación: 2020-11-13 09:42:33

Su mano era ancha y poderosa, podía sentirla, abierta y posesiva contra su espalda mientras la abrazaba. Cada terminación nerviosa de Helena parecía reconocerlo, parecía perderse en ese beso que más que cerrar los ojos la hacía olvidar que el mundo debía seguir girando.

Marco se separó de su boca con delicadeza, casi con reticencia… pero fue como si en un segundo se diera cuenta de lo que había hecho y se apartó bruscamente.

— Lo siento. No debí hacerlo. No quiero que pienses que te estoy cobrando el viaje ni nada parecido… — se suponía que buscara una excusa plausible, una que estimulara el juego de poder entre los dos, pero lo cierto era que pocas cosas en la vida le habían costado tanto como terminar aquel beso. — Discúlpame, no estaba pensando.

— ¿No quisiste besarme? — preguntó Helena con suavidad.

No, se suponía que “debía” besarla, solo eso. “Querer” besarla era ya un riesgo mayor al que Marco había calculado desde hacía más de un año.

— No… digo, sí. Sí quise besarte, pero no creo que hacerlo sea lo más prudente.

Helena le sostuvo la mirada, había algo en el fondo de sus ojos, tan intenso que invitaba a escapar, pero por alguna razón no podía moverse.

— Sí, la prudencia es lo que nos ha dominado hasta ahora. — sonrió ante la ironía.

— Bonita… eres una niña para mí. ¿Soy qué, trece, catorce años mayor que tú? — lo dijo como si en verdad le preocupara, como si no supiera que nada impulsaba más la voluntad de una persona que la palabra “prohibido”.

— Tienes razón. — aceptó ella, dejándolo atónito — Será mejor que no vuelvas a besarme, a tocarme, o a… nada, básicamente. Pero gracias por invitarme a este viaje, planeo disfrutarlo mucho.

Se puso de puntillas y tirando de la playera de Marco, le dio un dulce beso en la mejilla, tan casto, que no parecía que hacía menos de un minuto estaba a punto de tener un colapso entre sus brazos. Marco la vio alejarse con expresión atontada. Quería tomarla de un brazo, hacer que se diera la vuelta y devorar su boca como jamás lo había pensado antes; de hecho eso era precisamente lo que esperaba que sucediera, pero Helena solo había aceptado su premeditado rechazo con elegancia y se iba, se iba a disfrutar el atardecer como si nada hubiera pasado.

Maldijo por lo bajo, era difícil planear una venganza cuando se trataba de Helena, había creído conocerla, pero sólo había sido una ilusión. No se equivocaba al decir que era una niña en comparación con sus treinta y cuatro años, pero había algo en su carácter que lo hacía olvidar su edad y todo lo que eso representaba.

Había esperado encontrar a una chica manipulable, malcriada y terca; en lugar de eso, Helena era fuerte, voluntariosa y adaptable. Tenía una belleza suave que brillaba en sus ojos, una chispa que se avivaba cada vez que movía los labios… aquellos labios habían hecho que a Marco se le estremeciera el alma.

— Helena. — evitó que se fuera — Perdóname, no quiero hacerte incómodo el viaje.

— ¿Sabes qué? — se dio la vuelta y lo enfrentó con una madurez que tampoco esperaba —

Quizás no te has dado cuenta pero te disculpas demasiado a menudo. No lo hagas. Si crees que al final tendrás que disculparte por algo mejor no lo hagas, pero si quieres besarme, bésame y no te disculpes luego. Porque yo no me disculparé por todas las cosas que quiero hacerte.

Y ese fue el final de la conversación. El cerebro de Marco no era capaz de procesar aquellas últimas palabras y todo lo que significaban, porque se escuchaban tan terriblemente sinceras que le habían hecho temblar las piernas. Estaba acostumbrado a que las mujeres se le insinuaran, pero aquello no era una insinuación, era sencillamente una declaración de intenciones demasiado genuina. Aquella niña era una pequeña bomba, y siempre estallaba tan educadamente que conseguía ponerlo en su lugar.

Helena se encerró en su camarote, mientras observaba por el portillo cómo las últimas luces se perdían en el mar. Pensó en Marco y se llevó instintivamente la mano a los labios. Aquel había sido el beso más dulce que había recibido jamás, podía sentir calientes las mejillas y el corazón un poco descontrolado todavía, y eso se sentía de maravilla. Esa sensación de estar lista para algo, de querer algo más, aunque no supiera qué, la hizo dar vueltas por la habitación hasta que sintió cómo alguien golpeaba la puerta con suavidad.

— Señorita, la cena está lista, — se escuchó la voz de Bobby al otro lado — si gusta puedo traerla a su camarote.

Helena abrió la puerta y le sonrió al muchacho que parecía un poco despistado.

— ¿Eres Bobby, verdad?

— Sí, señorita.

— Llámame Helena, por favor. Te agradecería que me trajeras algo de comer, pero no una cena completa, algo ligero será suficiente. — dijo con amabilidad — Y te agradecería si pudieras conseguirme un calmante.

— ¿Se siente mal?

Helena dudaba de que alguien en la tripulación no estuviera al tanto del incidente de la noche anterior, pero se abstuvo de hacer cualquier comentario.

— Sí, un poco, pero no es nada serio. Un par de ibuprofenos estarán bien.

Helena se dio un minuto para una ducha rápida y un conjunto de pantalón y camiseta de franelas, suficientes para tener una buena noche de sueño, si lograba dormir. No lo había intentado desde la noche anterior, y decidió que era mejor no pensar en eso. Comió algo cuando Bobby le trajo la cena, y después de tomarse los analgésicos intentó descansar. El sueño le llegó inquieto y no prometía mejorar conforme avanzara la noche.

Marco supo por Bobby que Helena quería acostarse temprano, pero no porque estuviera enojada con él, sino porque estaba agotada, y era natural; así que planeó no molestarla hasta el día siguiente, o hasta que supiera exactamente qué iba a hacer con ella. Pasarían de las once cuando decidió por fin irse a descansar, pero no quería hacerlo sin asegurarse de que ella estuviera bien.

— ¿Al menos cenó? — preguntó como si no fuera importante.

— Más o menos. — contestó Abraham interrumpiendo la conversación — Le pidió a Bobby algunos analgésicos.

— ¿Analgésicos? — su mente voló de nuevo a los moretones que había visto en su cuerpo la noche anterior.

¿Al menos había ido a que la revisara un médico? Con el carácter que tenía seguramente la respuesta era “no”. Y aunque había decidido no molestarla esa noche, se encontró desandando los metros frente a la entrada de su camarote.

Helena se le estaba convirtiendo en un problema demasiado rápido, porque era la clase de persona que podía hacerlo absurdamente feliz. Había en ella alegría y esperanza, y ese entusiasmo que era capaz espantar las sombras que desde hacía tanto tiempo le carcomían el alma. Y no podía permitirlo. Marco podía permitirse cualquier cosa menos olvidarse de su venganza.

Se abstuvo de golpear la pared, justo como su frustración se lo pedía, y se dispuso a marcharse de una vez, pero un sonido seco dentro del camarote lo detuvo.

— ¡Ah! — la exclamación había sido ahogada por el silencio antes de que Marco empujara la puerta y entrara sin molestarse en pedir permiso.

La encontró en el suelo, de costado, con las piernas recogidas cerca de la barbilla y una expresión de dolor en el rostro mientras se sostenía con fuerza las costillas.

— ¡Helena! — Marco corrió hacia ella pero no intentó levantarla — ¿Qué pasó?

— Me… ¡Ah! Me caí de la cama. — las palabras de Helena se entrecortaban por el esfuerzo — Estaba… teniendo un mal… un…

— Un mal sueño. — terminó el italiano por ella — Parece que te golpeaste fuerte, bonita. ¿Te puedes mover?

Helena negó. Ni siquiera le pasaba por la cabeza intentar moverse, porque sentía como si un hierro candente estuviera marcándola.

— No me golpeé fuerte, pero fue donde ya estaba lastimada. — alcanzó a decir.

Marco la levantó tan delicadamente como le fue posible y la subió de nuevo a la cama, haciendo que se acostara boca arriba. Alcanzó el bode de su camiseta y la levantó despacio sin que ella protestara; y lo que vio debajo lo hizo por apretar la mandíbula por centésima vez en el día. Bajo su mano se extendía una ancha marca violácea que no presagiaba nada bueno.

— Dime, por todo lo sagrado de este mundo, que fuiste a ver a un médico. — su voz era calmada, pero su corazón estaba tan inquieto que resultaba absurdo.

— Si, me sacaron una radiografía y no hay nada roto, solo estoy un poco magullada.

Marco levantó una ceja.

— ¿Seguro, bonita? Esto se ve muy feo. Deja que Abraham te revise.

— ¿Abraham? — Helena arrugó el entrecejo — ¿Es tu médico de a bordo?

— Algo así. — Abraham había sido paramédico, pero donde su experiencia era más fuerte era en heridas de guerra, aunque Marco jamás había querido preguntarle en cuál había peleado — Déjame llamarlo. ¿Está bien?

La muchacha no se molestó en negarse, realmente se había lastimado; pero no estaba segura de si era peor el golpe o la pesadilla que lo había provocado. Intentó respirar hondo mientras Abraham entraba y la examinaba bajo la atenta mirada de Marco, pero solo conseguía que le saliera una mueca de cuando en cuando. Después de algunos minutos el hombretón bajó la camiseta a su lugar y puso cara de galeno satisfecho.

— En efecto, no hay fracturas. — declaró— Pero estará incómoda todavía un par de días, señorita. Le voy a dar algunos analgésicos más fuertes, pondremos un poco de hielo y hará unos ejercicios de respiración profunda. ¿De acuerdo?

Helena asintió y cerró los ojos un segundo, uno solo hasta que sintió a Marco acomodarse en la cama a su lado, levantarle la camiseta y poner algo frío contra su piel.

— ¿Qué dem…?

— Tranquila, bonita, sólo es hielo. Te va a ayudar a mejorar. Nada más trata de no caerte de nuevo de la cama.

Helena levantó los ojos al techo.

— Entonces debería dormir en el suelo, porque no creo que deje de tener pesadillas en bastante tiempo.

Marco la acarició la mejilla con ternura. Era un gesto que la haría acercarse a él, un gesto premeditado, o al menos eso se dijo para justificar el hecho de tener que tocarla.

— ¿Qué puedo hacer para que duermas mejor? — preguntó.

— Nada. — murmuró la muchacha — Por más años que haya entre tú y yo, ya no soy una niña. O al menos no soy tan pequeña como para ir corriendo a meterme en tu cama cada vez que tenga una pesadilla.

Marco se rio por lo bajo. Le gustaba aquella ingenuidad que rayaba en descaro aun sin pretenderlo.

— Bueno, tampoco eres tan pequeña como para que yo no pueda meterme en la tuya.

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