LOGINHelena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.
Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini, con su fuerza, su naturaleza protectora, su atractivo, y todos esos oscuros misterios que parecían envolverlo. Le gustaba aquel hombre, se le había metido en los huesos y aunque no iba a morir cuando dejara de verlo, sí estaba bastante segura de que iba a extrañarlo como a nadie.
— Estoy cumpliendo mi promesa, mami. — susurró mirando aquellas luces que se hacían cada vez más grandes — Estoy viajando, teniendo una aventura… viviendo un gran amor. Va a terminar tan rápido como empezó, pero aunque se termine, me alegro de que haya sucedido.
— ¿Helena? — la voz somnolienta de Marco la hizo darse la vuelta y apretar contra su pecho la manta con que se envolvía. No es que estuviera desnuda debajo, pero la madrugada estaba fresca y había preferido cubrirse — ¿Qué haces aquí, bonita?
— Veo las luces de mi ciudad. — dijo Helena con suavidad — No sé en qué momento olvidé que la extrañaba.
— Parecía que estabas hablando con alguien.
— Con mamá. — aceptó ella como si fuera lo más natural del mundo.
Marco se acercó, y abrazándola por detrás, la hizo sentarse en su regazo, como si fuera una niña pequeña.
— ¿Y qué le contabas? ¡Espero que no sobre mí! — bromeó — A ninguna madre le gustaría saber los detalles del bárbaro que… le hace el amor a su princesa.
— Mi madre era una mujer diferente. — rio Helena — Ojalá la hubieras conocido. Ella era una artista, y debes saber que los artistas no se escandalizan por cosas tan naturales como hacer el amor.
— Mmmmm… ya veo, tú también eres una artista.— la besó despacio, como si saboreara el último café del mundo — ¿Entonces qué estabas contándole?
Helena suspiró hondo y echó atrás la cabeza. No iba a mentir, pero no quería mirarlo a los ojos cuando se lo dijera, porque estaba segura de que la expresión de Marco en ese momento le revelaría sus verdaderos sentimientos y no creía estar preparada para conocerlos.
— Le decía que estoy cumpliendo la promesa que le hice. — habló por fin— Estoy conociendo el mundo… teniendo una aventura… viviendo un gran amor.
Los brazos de Marco se tensaron a su alrededor. El italiano había estado todo un año preparándose para obtener aquellas palabras de la boca de Helena, sin embargo, escucharlas lo había hecho sentir de una manera diferente de lo que esperaba, como si en ese sólo segundo pudiera permitirse que todo lo demás dejara de importar. Pero Helena malinterpretó el gesto y se apresuró a tranquilizarlo:
— No dejes que esto te preocupe. No voy a convertir tu vida en un caos, Marco. No soy de esas mujeres que se aferran a un hombre que no las ama. — se sentó a horcajadas sobre él y le tomó el rostro entre las manos — Otra cosa que tenemos los artistas, es que sabemos cuándo una historia se termina, y no tenemos miedo de cerrar el libro, porque sabemos que un día otro se abrirá.
— No lo entiendo. ¿Estás dispuesta a “leer” otro libro aun cuando dices que yo soy… — las palabras se de atoraron — que yo puedo ser… tu gran amor?
— Todos los grandes amores se terminan, Marco. Unos duran algunos días, otros duran toda la vida, pero eventualmente todos se terminan.
“¡Maldita, sea! ¿Por qué tiene que ser tan madura? ¿Por qué no puede ser de esas chiquillas caprichosas que se aferran a un hombre hasta dar la vida por él?” Maldijo el italiano mentalmente.
— Yo prefiero que dure toda la vida. —declaró con voz ronca.
El alma de Helena tembló por un levísimo instante. ¿Qué quería decir aquello? Marco Santini era un soltero, conquistador y desentendido de las relaciones amorosas, le habían bastado veinticuatro horas para descubrirlo y las mismas para aceptarlo. Jamás había esperado de él más que sexo sin compromiso y un recuerdo memorable. ¿Entonces qué era eso de que prefería un amor para toda la vida?
— ¿Qué… qué quieres decir? — preguntó en un susurro.
— Si algo me gusta de ti, bonita, es que no disfrazas lo que piensas, ni siquiera para que suene mejor, así que yo tampoco lo haré. — aseguró Marco — El día que te subí a este barco por primera vez, supe que ibas a ser importante en mi vida. ¿Cómo? No tenía idea, pero estaba seguro de que serías importante. No soy un maldito santo y eso debes haberlo adivinado hace tiempo, pero me gustas, siento por ti… cosas que no debería sentir, pero eso no me impide sentirlas. No sé si soy tu gran amor o si tú eres el mío, bonita, pero no quiero termine, no así.
Helena separó los labios pero no logró articular ninguna palabra. Estaba perdida en los ojos del italiano, como si fuera muy difícil comprender lo que estaba tratando de decirle. No quería asumir nada, no quería verdades o sentimientos a medias. Necesitaba las cosas claras.
— ¿Qué significa eso, Marco?
— ¡Que no tiene por qué terminar! — declaró él con convicción — No le pusimos un nombre ni un inicio… ¿Por qué tenemos que ponerle un final? ¿Por qué tiene que terminarse aquí? ¡Yo no quiero que se acabe! ¿Tú quieres que se acabe?
Helena lo observaba sorprendida. No había esperado de Marco un adiós frío ni mucho menos. Había pensado en un abrazo fuerte, un beso sutil y una promesa de verse en el futuro, que ninguno de los dos se vería impulsado a cumplir por temor a molestar al otro. Sin embargo jamás había pensado que el italiano, después de ponerle tantos “peros” a su… “lo que sea que tuvieran”, se negaría tan categóricamente a dejarla ir.
— Helena, ¿tú quieres que se acabe? — insistió él sacándola de sus pensamientos.
— No. — contestó sin pensarlo.
No necesitaba hacerlo. Los días de calcular todo y planificarlo metódicamente habían quedado atrás en el mismo momento en que había aceptado la incertidumbre que representaba meterse en la cama de aquel hombre.
— No quiero que termine… Ni siquiera sé si empezó, o qué empezamos… Pero no sé cómo podríamos…
— ¡Ven conmigo! — soltó Marco de golpe.
— ¿Contigo?
— Sí. Me dijiste que tienes un año sabático, tu padre no está en casa esperándote, tus amigos se conforman con alguna llamada telefónica que les asegure que estás bien. ¡No tienes a nadie esperando en casa! ¡Ven conmigo! — insistió.
Helena lo dudó un instante. Una cosa era tener una aventura de dos semanas con un hombre del que podía o no enamorarse, pero otra muy distinta era continuar aquel viaje con un hombre al que, definitivamente, podía llegar a amar con todo su corazón.
— Pero… ¿contigo a dónde?
— A donde quieras, bonita. Tengo en Cadiz la inauguración de uno de mis astilleros, pero después de eso podemos ir a donde tú elijas. — la miraba con unos ojos que podrían haber derretido la Antártida, y Helena sólo pudo escuchar la desesperación en su voz, pero jamás llegó a sospechar la verdadera causa de aquella ansiedad — ¿Quieres ver el mundo? ¡Yo puedo llevarte, bonita! ¡A dónde quieras pero… quédate conmigo!
— Marco… pero ¿y tu trabajo? ¿Tu vida…?
— Mi teléfono es mi oficina, bonita, no hay nada que no pueda solucionar con una llamada telefónica; además tengo gerentes en extremo competentes que apenas me necesitan. — aclaró el italiano — Y en cuanto a mi vida…estoy tratando de que pertenezcas a ella. ¿No te das cuenta?
Helena sintió que se le encogía el corazón. Estaba a punto de llorar pero detuvo las lágrimas. Le temblaban las manos, y Marco las retuvo entre las suyas con una suave presión.
No estaba dispuesto a ceder, no iba a perderla, costara lo que costara; pero si en aquel mismo instante Helena le decía que no, también estaba listo para secuestrarla de una maldita vez.
— Di que sí. — murmuró acercándola a sus labios, mientras la rodeaba con brazos posesivos y la besaba desesperadamente — Helena, dime que sí.
Exploró su boca con la lengua, degustó cada espacio conocido y por conocer mientras las manos de la muchacha se enredaban en sus cabellos para atraerlo. No podía sacarse de la piel esa extraña necesidad de tenerla cerca, de poseerla.
— Le hiciste una promesa a tu madre, Helena. — dijo su nombre y fue como si algo mágico se desatara dentro de ella— Déjame ayudarte a cumplirla. Ven conmigo a ver el mundo, déjame ser tu gran aventura, déjame ser… Helena déjame ser tu gran amor.
La sintió estremecerse mientras un gemido de insipiente excitación se le escapaba.
— ¡Sí! ¡Sí, sí, sí!
Helena no tenía idea de cómo terminaría aquella aventura, pero estaba dispuesta a saltar al vacío con los ojos cerrados. Si en el fondo la esperaban los brazos de Marco Santini, entonces estaba dispuesta a saltar.
_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote. El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso._ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depo
Helena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini,
— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió. — ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.
Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano. En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuer
— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca. Arqueó la espalda en un intento de acom
Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.