INICIAR SESIÓNDebían pasar de las cinco de la madrugada cuando Marco dejó atrás el Abadon. Caminó por los muelles aparentemente sin rumbo fijo, mientras su mente divagaba entre el cuerpo lastimado de Helena y cada una de las lágrimas que había derramado entre sus brazos.
Era estúpido sentirse así, después de todo no la conocía… al menos no personalmente. Y había resultado ser diametralmente distinta de lo que había esperado. La muchachita mimada se había defendido como una fiera y él respetaba eso.
Andaba entre los barcos como un fantasma, y no tuvo que girar la cabeza para saber que Archer y Zolo, el primer oficial del barco, venían diez metros detrás de él. Ya se había acostumbrado a ser perseguido por aquellas sombras, y lo toleraba en primer lugar porque sabían mantenerse fuera de sus asuntos, y en segundo, porque sabía lo que eran capaces de hacer cuando necesitaban intervenir.
En el barco habían quedado Abraham y Xandro, cada uno con sus ocultos talentos, y tan efectivos que Marco podía dejar tranquilamente a Helena bajo su cuidado. Él no había elegido a la tripulación del Abadon, Loan lo había hecho, y precisamente por eso estaba seguro de que se dejarían matar antes de decepcionarlo.
Llegó a la zona de carga de las últimas bodegas, estaba tan apartado el lugar que era muy poco probable encontrar a alguien incluso durante las horas más ajetreadas del día, así que a esa hora de la madrugada estaba desierto. Una luz, sin embargo, delató al único ser que tenía un motivo para estar allí.
Marco se acercó con el mismo paso sosegado y frío, y observó con detenimiento la figura que se recostaba sobre una de las sucias paredes. El hombre parecía nervioso, no asustado, sino exaltado; y el italiano pensó que era lógico, después de todo su dependencia a las drogas era la razón principal por la que lo había elegido. Sin embargo había cometido un error, uno muy grave, al no considerarlo una amenaza suficiente.
Marco sacó un pequeño paquete que llevaba dentro de su chaqueta y lo lanzó a sus pies.
— Considérate pagado. — dijo con acento glacial.
El hombre se agachó con rapidez y sacó el contenido del paquete, pasando el pulgar sobre los billetes mientras se mojaba los labios con la lengua, como si los estuviera saboreando.
— ¿Veinte mil euros, verdad?
— Ni un euro menos. — recalcó Marco — Supuse que ibas a necesitarlos con desesperación.
— ¿Por qué sup…?
El hombre no pudo terminar de hablar, sobre su cara ya lastimada cayó un puñetazo que no había esperado, y que lo lanzó al suelo entre jadeos. Intentó ponerse de pie, pero una mano de arco cerrada sobre la solapa de su chaqueta no le permitió levantarse mientras la otra se estrellaba una y otra vez contra su nariz, su mejilla, su mandíbula.
Ni siquiera pudo hacer un esfuerzo por defenderse, porque el ataque del italiano era tan brutal como silencioso. Sintió el primer golpe en las costillas, sobre el lado derecho, luego otro en la entrepierna que lo hizo doblarse sobre sí mismo, y luego otro… Después de unos minutos solo podía gritar desesperado.
— Ni siquiera te molestes. No habrá nadie que te escuche. — le escupió Marco — Y aún si te escucharan, dudo mucho que alguien se moleste en ayudar a una escoria como tú.
— ¡Basta…!
Aquello se escuchaba como un ruego, pero el italiano ya no podía parar y volvió a golpearlo en el estómago con todas sus fuerzas.
— ¿Por qué me haces esto…? Tú… tú mismo me pagaste para eso.
Marco lo levantó en vilo por el cuello de la playera.
— Te pagué para que la asustaras, te pagué para que la trajeras hasta mí, no para que la maltrataras, no para que le pegaras y mucho menos te pagué para que manosearas a mi mujer, maldito cerdo infeliz.
Vio la sangre saliendo de los golpes en su cara, y sabía que el resto de su cuerpo estaba mucho peor, porque apenas si podía respirar. Así que lo dejó caer al suelo y se limpió la sangre de las manos en el dorso de su ropa, con un gesto de desprecio y de asco. Su tarea allí había terminado.
— Eres una… mierda. — balbuceó Samuel, encogiéndose sobre sí mismo mientras de su boca salía una baba sanguinolenta — Esa chica pasará cosas mucho peores que las que yo le habría hecho…
Marco se dio la vuelta con indiferencia.
— Tienes razón. Pasará cosas mucho peores, pero si bien está escrito que debe sufrir, solo sufrirá por mi mano.
_ ¿Voy a ir así a todos lados? _ Helena se rio, rodeando el cuello de Marco con los brazos mientras él la bajaba del bote. El puerto de Cádiz estaba deliciosamente bullicioso a aquella hora de la mañana, como si estuviera despertando, y la muchacha sonrió ante las infinitas posibilidades que comenzarían con aquel primer paso._ Bonita, si tú me dejas, pienso tener tus piernas enredadas a mi alrededor durante muuuucho tiempo. _ Marco la depo
Helena sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando vio aparecer a lo lejos las luces de Gibraltar. Había salido a ver el amanecer, más porque el insomnio era insoportable que por la espiritualidad o la belleza del acto. Que amaneciera o atardeciera la tenía sin cuidado, pero estar acostada junto a Marco, abrazada a él, sabiendo que en algunas horas todo acabaría… le destrozaba el alma.Era estúpido negar que se había enamorado de él. ¿En un par de semanas? Sí, señor, en un par de semanas. Era muy difícil no enamorarse de un hombre como Marco Santini,
— ¿Estás loco? — Helena le lanzó lo primero que tenía a la mano, que resultó ser uno de sus sombreros de playa — ¡Cúbrete!Marcó se rio con verdaderas ganas, pero no se cubrió. — ¿Por qué? No es como si jamás me hubieras visto desnudo y la verdad ya va siendo hora de que en esos bocetos tuyos aparezca yo. — reclamó Marco.
Era pequeña y curvilínea como el más exquisito de los violines. Estaba acostada sobre el lado derecho, con el brazo debajo de la almohada y medio abrazada a la mitad de la manta que le había quitado a Marco mientras dormía. El cabello oscuro se regaba sobre las sábanas blancas y una sola pierna, torneada y deliciosa se escapaba enredándose en los pies del italiano. En cualquier otra circunstancia, si se hubieran conocido por motivos diferentes, Marco no hubiera dudado un segundo en reconocer que era un hombre con mucha suerte… pero no era el caso. Helena dormía plácidamente prendida de su cuer
— ¡Eso es lo que quiero…! ¡Justo eso!Helena no podía aguantar los gemidos. Su cuerpo parecía a punto de romperse de tan tenso que estaba. Marco era un dolor penetrante y un placer insoportable que la sacudía con cada embestida y la llevaba al límite. Necesitaba terminar otra vez, saborearlo dentro y fuera de ella, disfrutar de aquella sensación de no poder respirar si no era sobre su boca. Arqueó la espalda en un intento de acom
Había algo de urgente y de delicado, había algo contradictorio en aquella manera en que Marco buscó su boca para besarla, como si le costara trabajo contenerse, y a la vez sólo quisiera dejarse llevar. Tenía sus manos en su cuerpo, pero su mente estaba en otro lado, estaba librando la más brutal de las batallas consigo mismo.La tocaba como si fuera a romperse de un momento a otro, y la tensión en cada uno de sus músculos no era precisamente por la excitación.