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27. E* infierno

Autor: max morgan
last update Fecha de publicación: 2020-11-13 12:22:38

Thiago

Decir que se me quiere salir el estómago por la boca es poco. Layla está llorando en silencio en una esquina del jardín, rodeada de los hombres de Easton que no están vigilándola, sino por el contrario, la asisten como si fuera una persona importante para Ruben.

El tiempo parece detenerse mientras mi mano se posa sobre las heridas de Grillo, pero maldita sea, sólo tengo dos manos. Easton se saca el traje y le pone el saco envuelto bajo la cabeza. Luego presiona la herida de la que más sangre está brotando. Sé que está dando órdenes por todos lados, pero yo no puedo escucharlo.

Mi atención está en el rostro mortalmente pálido de Grillo, y mi cabeza está muy lejos, diez horas antes, cuando mi hombre me dijo que Ruben Easton, la cabeza del Clan Santamarina, había accedido a tener un contacto conmigo. En ese mismo momento me escabullí de la casa sin que nadie lo notara y estuve una hora y media manejando hasta donde se encontraba.

Si extraño es que alguien te reciba a las tres de la madrugada, más extraño todavía fue verlo avanzar hacia mí tan impecable, vestido, peinado y aderezado para comer a las tres de la mañana, cuando yo con dificultad parecía palo de escoba después de huracán.

Me saludó con todo el protocolo y me hizo pasar a su despacho mientras un sirviente nos traía una botella de vino y algunos bocadillos, como si fuera lo más normal del mundo hacer visitas a esa hora.

— Gracias por recibirme. — dije sentándome en una de las sillas del despacho.

— Faltaba más. — me contestó, abriendo él mismo la botella de vino — Cuando me anunciaron que el hijo del Conde de Worcester solicitando verme, no pude…

— No soy el hijo del Conde de Worcester. — lo interrumpí para que no perdiera el tiempo en protocolos, Ruben me miró con los ojos entrecerrados y parecía a punto de sacar el arma que tenía escondida dios sabe dónde. — Mi nombre es Thiago D´cruz y soy el bastardo de Taddeo Clifford, pero mi camino y el de la aristocracia no volverán a cruzarse. No soy conde, no tengo sangre azul, y mis modales no requieren champaña a las tres de la mañana.

Easton soltó la botella y se frotó la nuca con un gesto de alivio.

— Amén. — se quitó el saco y la pajarita, que lanzó sobre la mesa con descuido — No estoy yo ahora como para soportar a aristócratas engreídos.

Sirvió dos vasos con alguna bebida que pronto identifiqué como whisky y me extendió uno, sentándose en un amplio butacón frente a mí.

— ¿Qué se te ofrece, D´cruz! — preguntó bebiendo un trago — Mi asistente de dijo que casi lo habías amenazado con mis cargamentos que pasan por el Estrecho de Gibraltar. Y créeme no soy hombre al que quieras amenazar.

— Digamos que un hombre en mi posición está dispuesto a todo. — respondí.

Me miró durante un largo segundo. Posiblemente se estuviera preguntando cómo demonios sé tanto de él, o si soy de verdad tan importante como me creo.

— Te escucho. ¿Qué sabes de mis negocios? — estaba demasiado calmado para hacer una pregunta como esa.

— De tus negocios nada. No me interesan. Pero quiero hacer un intercambio. — declaré con firmeza.

— Tú dirás. — me animó con una sonrisa indescifrable.

Saqué de mi chaqueta el mapa de Europa que llevaba y lo extendí como pude sobre el escritorio. Ruben quitó un par de cosas para hacerme espacio y luego se inclinó sobre el mapa.

— Sé que comercias con Europa del Este, con los turcos y con los rusos, y para tener sus bolsillos contentos, tus cargamentos tienen que pasar por el Estrecho de Gibraltar…— murmuré delineando la ruta en el mapa — donde posiblemente tengas que pagar un buen “impuesto” de paso. ¿No es cierto?

No me respondió, sólo me miró con suspicacia.

— El transporte por mar es más pesado. Cuenta las tormentas, las mareas, la exposición, y sobre todo la velocidad. Un carguero será extremadamente lento comparado con la vía que yo vengo a proponerte.

— ¿Y cuál sería esa vía?

Toqué el primer punto de entrada y mi dedo sigue esa raya roja que serpentea por el mapa.

— Antes que nada tienes que saber que yo soy el dueño de Ankora. ¿Te suena? — pregunté.

— Por supuesto — respondió levantando una ceja, parecía incluso divertido — Tengo dos constructoras aunque no son ni la décima parte de lo que es la tuya. Ankora ha sido un buen marco de referencia para moverme por Europa, donde tú inviertes yo suelo invertir detrás, porque has demostrado tener un olfato excelente para las ganancias. Aunque no sabía eras… bueno, tú. — dijo señalándome de arriba abajo.

— Sí, me gusta mantener mi vida privada muy privada. — le expliqué — Volviendo al negocio. Ankora tiene presencia en toda Europa del Este, y por supuesto llegamos a Rusia sin problemas. Pero muchos de los materiales con los que trabajamos son personalizados, especiales, algunos incluso se traen de América y necesitamos transportarlos hasta los sitios de construcción… así que la compañía construyó una línea a través de toda Europa del Este, que me permite transportar cualquier cosa que necesite hasta mis sitios de construcción.

Ruben dejó a un lado su vaso de whisky y se inclinó aún más hacia adelante.

— ¿Me está diciendo una línea…?

— De trenes, sí. — terminé por él.

Mi dedo apuntó a Koszalin, en Polonia, donde comienza la línea y continuó por el mapa siguiendo una delgada línea azul que estaba previamente trazada.

— Esta es la Línea de Varsovia. Es mía. Opera con todos los permisos legales correspondientes dentro de cada uno de los países de Europa del Este. — comenté con una sonrisa porque vi el impacto en su rostro — ¡Eso si! Los permisos de operación de la Línea están bajo condicionante de que los trenes que circulan, trabajan para una constructora; pero eso para ti no debe ser un problema, después de todo… tú tienes dos de esas.

Ruben Easton revisó el mapa varias veces, vio cada ciudad y pueblo por que el cruzaba, asintiendo unas veces y otras se quedaba pensativo, como si pensara en las vías alternativas para mover su producto desde un lugar determinado de la línea.

— Esto es muy interesante. — admitió por fin, y tomando su vaso fue a sentarse de nuevo en el butacón — ¿Piensas dejar de construir en esa zona?

— No. — contesté sinceramente — Europa del Este es mi campo de juegos, jamás dejaría de trabajar con ellos.

— ¿Entonces por qué te desharías de una línea que es vital para ese proceso? — preguntó y la sospecha era evidente en su tono.

— Siempre puedo construir otra línea, pero hay algo que quiero a cambio de esa, — señalé al mapa — y no veo otra forma de conseguirlo.

— Tú dirás. — parecía ser su frase favorita — ¿Qué puede darte este humilde servidor a cambio de la Línea de Varsovia?

Saqué de mi cartera una foto de Theo y se la pasé.

— Quiero que me devuelvas a mi hijo.

Su vista, que hasta ese punto estaba fija con curiosidad en la foto que tenía en las manos, subió hasta mí con incredulidad y creo, también con un poco de rabia.

— Creo que se está confundiendo de persona, señor D´cruz. — murmuró con acento concentrado de asco — Yo tengo un negocio… de hecho tengo varios negocios perfectamente exitosos que me permiten ganar suficiente dinero como para estar satisfecho. Yo no me dedico a secuestrar niños.

Se levantó y yo lo hice tras él.

— Yo no he dicho que fueras tú. — lo detuve — Pero uno de tus hombres se llevó a mi hijo. ¿O acaso Percy Clifford no trabaja para ti?

Su mandíbula se tensó y apretó los labios, al parecer Percy no era un dolor en el trasero sólo para mí.

— ¿Entonces tu hermano se llevó a tu hijo? ¡Qué familia más disfuncional! — se rasca la frente — Eso parece algo muy personal.

— Es completamente personal, no he dicho que no. Percy quiere mi dinero, pero para obtenerlo está usando tu nombre y tus recursos — le doy la nota con las instrucciones de Percy — ¿De casualidad conoces esta dirección?

Easton ni siquiera se detuvo a leerla bien. Se dirigió al escritorio y sacando una tablet, tecleó sobre ella con dedos ágiles.

— Es una de mis casas seguras. — confirmó y su rostro cambió por completo. No me equivoqué al pensar que Percy estaba haciendo todo esto a sus espaldas.

Sacó una computadora de su escritorio y comenzó a ingresar lo que parecía un código tras otro. Sin importar qué hubiera estudiado Ruben, se le notaba que era un hombre muy capaz. Después de unos minutos giró el monitor hacia mí y me mostró la pantalla dividida en cuatro. Las imágenes de cuatro cámaras aparecían, y en una de ellas estaba Theo, dormido en una pequeña cama al fondo de una habitación. En las otras aparecían al menos seis hombres y Percy, viendo la televisión o bebiendo cerveza.

— Mierda… — fue el único insulto que le escuché proferir en toda la noche.

— Entiendo que no estás involucrado en nada de esto, pero los hombres de tu clan se llevaron a mi hijo, y lo quiero de vuelta.

Ruben dio varias vueltas por la habitación, y sus ojos se movían de un lado a otro, como evaluando las posibilidades.

— ¿Cuánto te pidió Percy de rescate? — quiso saber.

— Sesenta millones de libras. — contesté y de inmediato lo vi fruncir el ceño.

— ¿Me estás diciendo que prefieres cederme una línea que cuesta casi un billón de libras a mí, que pagarle sesenta millones a tu hermano? — sonaba así de increíble pero no lo era.

— Prefiero comprometer un billón de libras con alguien que tenga palabra, a comprometer sesenta millones con alguien que no la tiene. — aseguré con convicción — Percy es, después de todo, un drogadicto, y por ende es una persona muy inestable. Si creyera que pagarle va a garantizar la seguridad de mi hijo, ya le hubiera pagado, pero ahora mismo el único que puede garantizar su seguridad, eres tú. Y lo que sea que me pidas, te lo voy a dar.

Ruben se metió los dedos en el cabello, no supe si peinándose o despeinándose, pero se veía alterado a pesar de que intentaba ocultarlo.

— Hay algo en lo que tienes mucha razón — terminó diciendo — Percy es un drogadicto. Podría hacer una llamada ahora mismo o mandar a mis hombres a traerlo pero no sé cómo pueda reaccionar si se entera de que estoy al tanto de sus idioteces… primero tenemos que asegurarnos de que tu hijo esté bien. Luego vemos todo lo demás.

Asentí porque entiendo que probablemente sepa manejar a Percy mejor que yo. Después de todo, lleva más años lidiando con él.

— No necesito que me des la Línea para devolverte a tu hijo. — cerró el mapa e hizo el amago de devolvérmelo — Soy un hombre de negocios. Cuando quiero algo lo compro. Lo que quiero saber es si estás dispuesto a vendérmela.

Lo pensé por unos instantes. Ya le había sacado todo el jugo a esa línea y con los contactos que había ganado en los últimos años, podía construir una línea mucho más eficiente para mí.

— Sí, si la quieres, te la vendo. — dije sin dudarlo.

— Bien, vamos a negociar.

Nos tomó alrededor de una hora ponernos de acuerdo sobre la venta de la Línea de Varsovia. En todo ese tiempo no dejé de ver a mi hijo, y para cuando terminamos me extendió una pequeña tablet con la señal de las mismas cámaras.

— Hasta que podamos sacarlo de ahí, puedes asegurarte de que sigue bien.

Tomé el pequeño aparato pero Easton lo retuvo un momento sin soltarlo.

— Hay otra cosa que quiero. — dijo y el escalofrío que me recorrió la espalda se convirtió en una terrible anunciación — Quiero al Grillo Fisterra.

Sentí que se me helaba la sangre en las venas.

— Ese hombre tiene un significado muy especial para mí, así que me encargo de tenerlo perfectamente vigilado, y sé que está contigo. — aseguró.

— ¿Para qué quieres al Grillo?

— Bueno, no sé si estarás al tanto, pero Alonso Fisterra fue el héroe que metió a Antonio Santamarina tras las rejas. El primero en derrocar a un clan completo… gracias a él pude hacerme con el control de la organización…

— ¿Y no se supone que deberías estar agradecido por eso? — le reclamé.

— Y agradecido estoy, no lo dudes. — aceptó — Pero hay algo que probablemente no sepas: la vida del Grillo Fisterra está directamente vinculada con la cantidad de años que pasará Antonio Satamarina en la cárcel, ese fue el trato con el fiscal. Su vida por la reducción de la mitad de la sentencia. Si Fisterra desaparece, esos treinta años que Antonio está cumpliendo se convierten en sesenta… y comprenderás que eso me conviene mucho.

Di dos pasos atrás para contestarle lo único que podía.

— No voy a matar a mi amigo por ti.

— Quiero la vida de Alonso Fisterra. No te estoy pidiendo que jales el gatillo. — respondió…

Y ahora estamos aquí…

No hizo falta que ninguno de los dos lo hiciera. El infeliz de Percy se encargó sólo.

Grillo está apenas consciente mientras los dos hacemos un esfuerzo por restañar la sangre que le sale a borbotones del cuerpo.

— Sabes que yo no hice esto, D´cruz. — me dice y veo sinceridad en su mirada. Sé que no lo hizo, lo que no sé es hasta dónde lo hubiera impedido de haber estado en sus manos.

Siento el helicóptero por encima de nuestras cabezas.

No tardan en llegar, no sé ni siquiera de dónde vienen a qué hospital pertenecen pero me alegro de que hayan llegado tan rápido.

Nos mueven a Ruben y a mí sin contemplaciones; y se ponen tres paramédicos a trabajar sobre el cuerpo de Grillo dándose gritos aún por encima del ruido de las aspas.

Lo montan en una camilla, pero de repente veo que se mueven como un avispero revuelto. Mis ojos van directo a los pies de Alonso metido en esas botazas de campaña y por los espasmos se ve que está convulsionando.

El pitido del pequeño monitor que tiene puesto empieza a sonar rápido y fuerte. Veo que preparan la máquina de descargas. Intento ir hacia él pero Ruben me sostiene y me empuja hacia Layla y Theo, que están acurrucados contra una esquina del muro de piedra del jardín.

Los abrazo. Los abrazo como si no los hubiera abrazado en años aunque estoy lleno de sangre.

Layla se agarra de mi chaqueta y solloza con fuerza contra mi pecho.

Yo no sé qué hacer. Jamás me he sentido así. Ni siquiera la muerte de mi madre me hizo sentir este grado de desesperación.

El tiempo se detiene, se alarga, se hace insoportable aunque sólo sean minutos, larguísimos minutos…

A nuestro lado Easton se acerca al muero de piedra y se apoya en él mientras intenta limpiarse las manos.

Esto es un infierno.

El ruido.

La gente corriendo.

La diabólica máquina sonando hasta que todo queda en silencio.

Uno de los paramédicos se acerca a Easton y nos dice algo, pero no logro escucharlo.

No lo escucho porque cuando miro hacia Grillo veo que uno de los doctores lo cubre completamente antes de que la camilla sea subida al helicóptero que se va…

— …ago… iago… ¡Thiago! — Ruben me zarandea y se acuclilla frente a nosotros — Lo siento. Fisterra murió.

Bajo la cabeza contra el hombro de Layla y lloro como si otra vez tuviera cinco años.

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