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Capítulo 3: Mansión Constan

Penulis: Hana Roberts
last update Tanggal publikasi: 2020-10-30 14:05:39

Escuché la alarma de mi despertador, pero no recordaba para que tenía que levantarme. Busqué el despertador a ciegas para luego apagarlo. Abrí los ojos y me quedé mirando al techo y de pronto recordé que hoy era mi primer día en la Mansión Constan. Me levanté lo más rápido de la cama, porque tenía que preparar mi desayuno. Pero al llegar a la cocina me quedé helada, mi madre estaba haciendo el desayuno.

—¿Qué estrella cayó del cielo para que te levantarás tan temprano para hacerme el desayuno?—bromeé.

—Ninguna, solo quería despedirme de ti—respondió pendiente a los fogones.

—Vamos, ni que me fuera al polo norte—dije sentándome.

—Las madres siempre nos sentimos tristes, aunque nuestros hijos se muden a la otra esquina—respondió mamá poniendo el desayuno en la mesa.

—Supongo que no entiendo ese sentimiento de madre, pero puedo decir que yo también te extrañaré—respondí y probé un crepé que mi mamá había preparado—Como siempre está delicioso.

—Bien, disfruta de tu desayuno y yo llamaré a un taxí.

—¿Taxí?¿Para qué?—pregunté confundida.

—No me digas que piensas ir a la mansión Constan en autobús—dijo mi mamá con cara de que estaba loca.

—Pues sí.—dije encogiendome de hombros.

—Ni se te ocurra, no te vas a ir en autobús con una maleta, es muy posible que te roben, definitivamente llamaré a un taxí.—me regañó mamá señalándome con un dedo.

—Pero...

—No hay pero que valga—dijo contándome, y dirigiéndose a la sala.

Seguí desayunando, era lo mejor que podía hacer porque cuando a la señora Ada se le metía algo en la cabeza no había quien se lo sacara, era muy terca. Terminé de desayunar y me di una ducha, cuando terminé decidí ponerme unos vaqueros y una camisa con unas zapatillas negras.

Tomé la maleta y salí del cuarto, en la sala me esperaba mi madre que al verme me dijo:

—El taxi te está esperando abajo.

—Muy bien, creo que llegó la hora de irme—dije acercándome a ella para darle un abrazo.

—Cuidate mucho y llámame por algún teléfono de la mansión para saber que llegaste bien—respondió mamá abrazándome. La voz le sonaba temblorosa.

—Nos vemos pronto—respondí, abrí la puerta para bajar las escaleras, el taxista al verme me ayudó con la maleta. Después de guardarla, subimos al taxí y le indiqué que se dirigiera a la Mansión Constan. Por el camino vi a muchas personas vagabundas, no solo borrachos, sino ancianos, niños, familias enteras durmiendo en parques, bajo puentes, en lugares abandonados, en pequeña y elaboradas casas de campañas, propensos a coger enfermedades graves;  era horrible ¿cómo era posible que un país fuera lindo en algunos lugares y en otros tan pobres?. Por esta razón y más, odiaba a la nobleza.

Llegamos a la mansión y le di el dinero al taxista, al bajarme me recibió el mismo guardia de ayer.

—Buenos días señor Jack. ¿Cómo estás?—saludé con una sonrisa.

—Estoy muy bien señorita Deborah.—dijo abriendo la reja de la entrada—Madame Müller la está esperando en el mismo sitio de ayer.

—Muchas gracias—respondí entrando.

Llegué a la misma puerta de ayer y ahí se encontraba Madame Müller.

—Bienvenida Deborah, llegaste temprano—dijo, mirándome.

—Usted me dijo que llegara temprano y aquí estoy.

— Entonces vamos a tu habitación para que te acomodes.

—Espere,—dije deteniendo la marcha—me gustaría llamar a mi madre para informarle que llegué.

—Claro querida, acompáñame.

Entramos en la cocina y ella señalándome un teléfono que estaba en la pared dijo:

—Llama, ahí está el teléfono.

Me acerqué a el teléfono y marqué el número de mi casa. Esperé unos minutos hasta que mamá me contestó:

—¿Diga?

—Mamá, soy yo.

—Hola hija ¿ya llegaste?—me preguntó.

—Pues claro que llegué si no, no te estuviera llamando.—le dije bromeando un poco.

—No te hagas la graciosa que voy para allá y te doy unos cuantos coscorrones.

—Está bien, no te enfades.

—¿Yo enfadada?, para nada.—me dijo haciéndose la desentendida.

—Mamá me tengo que ir ya.

—Muy bien, un beso mi amor y cuídate.

—Un beso.—me despedí de ella 

Colgué y nos fuimos a la misma habitación del día anterior.

—Desempaca tus cosas y en el armario está el uniforme, te espero a las siete en el gran salón ¿Sabes como llegar?—dijo Madame Müller abriendo la puerta del cuarto.

—Sí, creo que no me perderé.

Madame Müller me dejó sola en la que era ahora sería mi nueva habitación. Decidí no perder el tiempo, saqué la ropa que había traído y la organicé en el armario. Cuando terminé de hacerlo, me puse el uniforme, el cual agradecí que no fuera extravagante, era una camisa blanca de mangas larga, con una falda negra y unas zapatillas del mismo color, me vestí y me hice un moño. Cuando miré el reloj eran las seis y cincuenta y cinco así que salí del cuarto para llegar a tiempo. Lamentablemente me perdí y llegué a un corredor desconocido para mí.

—Dios, ahora donde me metí—dije mirando a mi alrededor.

—¿Estás perdida?—preguntó alguien detrás de mí, al girarme me encontré con el Duque de Constan.

—Milord,—dije haciendo una reverencia—yo soy nueva aquí, me dirigía al gran salón pero me perdí.

—No te preocupes—respondió dándome una palmada en el hombro. Ese hombre tenía unos cuarenta años, era más alto que yo y su aura era cálida, me recordaba a mi padre.

—¿Usted me podría indicar el camino al gran salón?—pregunté.

—¿Y dejar que se pierda otra vez? claro que no, yo la acompañaré.—dijo señalando para que fuera primero.

—Muchas gracias, Milord—respondí empezando a caminar.

El duque me acompañó hasta el salón, pero no memorisé el camino. Por suerte casi siempre estaría en la cocina. Cuando llegamos al gran salón, Madame Müller y todo el personal me esperaba.

—Milord—dijo haciendo una reverencia y todos los demás también lo hicieron.

—Encontré a la nueva empleada extraviada cerca del sauna—explicó el duque.

—Cuanto siento las molestias que ella le ocasionó—se disculpó Madame Müller.

—Lo siento mucho por los problemas que ocacioné—dije haciendo una reverencia y después me giré hacia Madame Müller—Lamento haber llegado tarde.

—No debes disculparte, era lógico que te perderías siendo nueva—dijo el duque quitándole importancia. Se veía que era una persona amable.

—No sé preocupe por nada milord,—respondió Madame Müller—yo me encargaré de ella.

—Bien ya cumplí mi labor—dijo el duque—. Nos vemos en el desayuno Madame Müller.

El duque se retiró y cuando vi que Madame Müller iba a decir algo me adelanté.

—Lo siento mucho, Madame Müller,—dije—creí que sabía el camino, pero me perdí.

—Tranquila, no te regañaré, pero ten cuidado, porque la próxima vez la que te encuentre podría ser la duquesa y créeme que no te gustaría que eso pase, porque si hubiera sido ella ya estarías en la calle sin que yo pudiera hacer nada. ¿Entendido?—me explicó.

—Sí, señora.

—Bien, ahora que todo está aclarado te presentaré a tus compañeros—respondió girándose hacia el personal—muchachos ella es Deborah y como todos deben saber a partir de hoy estará trabajando con ustedes.

—Es un placer conocerlos a todos, espero que nos llevemos muy bien—saludé.

—Mucho gusto—dijeron todos a coro, eran veinte o más, jamás había visto tantas personas para una sola casa.

—Deborah ellos son: Luis, Jorge, Elsa, Rodrigo y Ana; ellos son los encargados de preparar la mesa para cada comida—presentó Madame Müller. Luis y Jorge eran gemelos y aunque eran muy parecidos era bastante fácil distinguirlos ya que Luis era más achinado que su hermano, Elsa parecía una chica muy maja, no pasaba de los diecisiete años, era pelirroja con una gran melena recogida en una coleta, Rodrigo al verme me guiñó un ojo así que supuse que era el típico conquistador atlético que no dejaba pasar a ninguna chica sin antes tenerla, a su lado se encontraba Ana que con respecto a su compañero parecía un poco más pequeña, pero su mirada estaba puesta solo en Rodrigo, supuse que ella era otra de sus conquistas o algo así; salí de mi reconocimiento rápido y Madame Müller continuó las presentaciones—Ellos son Sandra, Noelia, Daniela, Mina, Jonathan, Sylvia y Luna, ellos son los encargados de que piso brille—era increíble que se necesitara de todos ellos para mantener una casa limpia, debía ser un trabajo agotador y más que todos parecían de unos cuarenta y tantos años, los únicos aparentemente jóvenes eran Mina y Sylvia que aún así debían tener unos treinta o más, todos parecían muy amables y sonrientes, esperaba llevarme muy bien con ellos ya que el rencor de una persona mayor es más fuerte que el de cualquier otra persona, además quería adquirir toda su sabiduría—Shayla, Celeste, Kaithleen, Adrián y Nicholás se encargan de limpiar las ventanas—estos a diferencia del grupo anterior eran menos pero que solo se dedicaran a limpiar ventanas significaba que era una tarea muy pesada. Shayla Celeste y Nicholás parecían tener como menos de dieciocho años, estaban aún en la flor de la juventud y me preguntaba que razones los traería a tener que trabajar en vez de estar disfrutando, Adrián y Kaithleen debían ser mayores que yo pero no más de veinticinco—ahora te presentaré a las doncellas de las señoras y el mayordomo del señor, ella es Cecilia y es la doncella de la duquesa—era una mujer muy erguida creo que incluso más que Madame Müller, supongo que eso sería la consecuencia de haber trabajado mucho tiempo con la duquesa—ella es Megan,—prosiguió Madame Müller con las presentaciones—doncella de la Marquesa—era una chica de unos veinticinco años, esta a diferencia de la otra doncella no era tan erguida, sino que parecía muy relajada y risueña—ella es la doncella de la condesa—al ver de quien se trataba quise morir.

—¿Janet?—pregunté perpleja por tenerla delante. Janet ha sido mi peor pesadilla desde siempre, ella fue la primera que me llamó Cenicienta. Ahora que me había acostumbrado a ignorarla resultaba que trabajaba en la misma casa que yo y para colmo era la doncella de la condesa, no se porqué pero esas dos iban a ser de esta casa un infierno.

—¿Cómo estas Deborah?—preguntó Janet con una gran sonrisa, pero que cínica era esta mujer.

—¿Ustedes se conocen?—preguntó Madame Müller.

—Así es—respondimos Janet y yo al mismo tiempo. 

—Que bueno Deborah, así tendrá apoyo en este nuevo trabajo—dijo Madame Müller, pero lo que no sabía era que nosotras dos éramos archienemigas—ahora continuemos con las presentaciones, él es Calixto el mayordomo del duque y mi esposo—era un hombre algo mayor que Madame Müller, pero tenía la misma sonrisa cálida que el duque—ahora te presento a tus compañeras en la cocina: tu jefa y cocinera principal Sofía y sus dos ayudantes Esther y Judith—todas parecían muy buenas personas, Sofía era más o menos de unos cuarenta años al igual que Esther, pero Judith parecía de mi misma edad—bien ahora que han terminado todas las presentaciones todos a trabajar.

Todos nos dispersamos y dirigimos hacia nuestro trabajo. Yo me fui a la cocina con mis compañeras, pero por el camino me di cuenta de que faltaba una de mis compañeras, que si no recuerdo mal se llamaba Esther. Me acerqué a la muchacha más joven que me parecía que se llamaba Judith.

—Oye disculpa que te moleste, pero que sucedió con la otra mujer...Esther es su nombre si mal no recuerdo—dije a Judith

—¿No te explicaron como funciona el servicio?—preguntó ella.

—Madame Müller solo me explicó que trabajaría en la cocina y que dormiría aquí—respondí.

—Bueno yo te explico, nosotros tenemos el domingo libre pero alguien tiene que atender la casa y a los señores por tanto nos turnamos para trabajar los domingos y descansamos todos los demás días y esta semana le toca a Esther, la próxima a mí y así sucesivamente—cuando Judith terminó de explicarme ya estábamos en la cocina. Nada más llegar a la cocina la señora Sofía comenzó a dar órdenes.

—Judith empieza a picar la cebolla y tú chica nueva pon diez huevos a hervir y después ponte a picar frutas.

—Mi nombre es Deborah, señora—respondí.

—Sí, muy bien Deborah, ahora has lo que te digo—contestó.

Puse todos los huevos y me puse a cortar la fruta junto a Judith que estaba cortando cebolla.

—Oye, ¿eres amiga de Janet?—preguntó Judith.

—Claro que...

—La condesa va a desayunar con todos en la mesa—dijo Janet entrando en la cocina—Escuchaste bien, Cenicienta.

—Si te refieres a mí ya te he dicho que no soy Cenicienta, pero como nunca me hiciste caso simplemente te diré que, aunque seas una doncella eres tan Cenicienta como yo y te agradecería que fingieras que no nos conocemos, ni aquí, ni en la universidad—hablé sin respirar.

—El favor no te lo hago a ti sino a mí ya que yo no me mezclo con personas como tú.

—Lo mismo digo y ahora seamos profesionales, si ya dijiste todo lo que tenías que decir, entonces ya puedes retirarte para que podamos terminar de trabajar—respondí. Ya estaba cansada de quedarme callada, ya no sería Cenicienta, no me quedaría callada nunca más. A partir de hoy jamás dejaría de decir lo que pensaba.

Janet se fue sin decir una sola palabra haciéndose la que no había escuchado nada, pero en realidad se fue porque no podía decir nada más o quedaría mal.

—Wow, Deborah, pusiste a Janet en su lugar y eso nunca nadie lo había hecho, ahora seguro que irá a contárselo a su querida condesa—dijo Judith.

—No me interesa a quien se lo diga, pero no me iba a callar, lo he hecho desde que tengo uso de razón—contesté.

—Lo que hiciste estuvo muy bien muchacha—dijo la señora Sofía—esa chica se merecía un: "No eres la reina de esta casa" pero ahora vuelvan a trabajar después seguiremos hablando de esto.

Terminamos de hacer los numerosos platillos, no podían entender que estas personas tuvieran tanta comida y otros no tenían ni un pedazo de pan así de injusta era la vida mientras unos desperdician otros necesitan. Llamamos a los camareros entre ellos estaba Rodrigo al que catalogué como el mujeriego y de nuevo me guiño un ojo, pero no le sonreí, quería dejarle bien claro que no estaba dispuesta a nada con él desde el principio no vaya a hacer que se le llene la cabeza con cosas que no son. Cuando todos los camareros se llevaron los platos la señora Sofía anunció que podíamos tomar un pequeño descanso y las tres nos sentamos en una mesa que había en la cocina.

—Muchahcha debo admitir que al principio cuando supe que conocías a Janet pensé que serías igualita a esa arpía, pero te juzgue mal y por eso te pido disculpas—dijo la señora Sofía.

—Yo también debo pedirte disculpas—dijo Judith.

—No tienen porque disculparse, estoy segura de que la mayoría pensó lo mismo que ustedes, pero en realidad ella es todo lo contrario, las dos somos enemigas de toda la vida—expliqué.

—Deborah, discúlpame si soy algo metiche pero ¿por qué Janet te dice Cenicienta?—preguntó Judith.

—Bueno no es solo ella, todos en la escuela me llaman así y yo no pude controlarlo, tenía miedo ya que la familia de Janet es algo influyente y yo era una simple sirvienta. Mi padre siempre se ocupaba de mantener la casa pero él...—mi garganta se cerró y mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo siento mucho—dijo Judith abrazándome, me alegraba mucho que hubiera comprendido la situación.

—Han pasado nueve años desde su muerte, pero aún duele mucho,—sollocé—ni siquiera tengo una tumba para llorar por él porque murió en un accidente de avión.

—Se cuanto duele muchacha, mis padres también están muertos—dijo la señora Sofía.

—Mi padre murió cuando tenía diez años, como era el único sustento que teníamos cuando murió mi madre y yo tuvimos que empezar a trabajar y esa maldita víbora no le importó mi sufrimiento y comenzó a llamarme Cenicienta y por supuesto todos los demás hicieron lo mismo como copias baratas sin identidad menos Paty, mi mejor amiga, ella fue mi pañuelo de lágrimas y mi escudo—expliqué.

—Esa muchacha es un monstruo, pero ten por seguro que Dios la va castigar—indicó la señora Sofía.

—Estoy segura de que así será—concluí.

Nos quedamos un rato más hablando sobre las cosas de la vida. Judith era una parlanchina, pero parecía una muy buena persona, en un momento me preguntó si conocía a chicos guapos y eso me hizo recordar a Dylan el chico que había conocido, me puse a recordar cada momento que había pasado con él pero de pronto alguien interrumpió mis pensamientos.

—¡Vamos a trabajar que hay que preparar el almuerzo!—gritó la señora Sofía.

Empezamos a hacer el almuerzo y al terminar fui a mi habitación a descansar un poco pero antes puse una alarma para saber cuándo había que ir a preparar la cena.

Cuando me levanté fui directamente hacia la cocina pero al llegar no estaba Judith, ni tampoco la señora Sofía, pero en la mesa había una mujer comiendo helado.

—Disculpe, ¿qué hace aquí?—pregunté algo confusa.

La mujer dejó de comer helado y me miró, en ese momento me di cuenta que esa mujer era la marquesa de Cumberland: Lady Antonia Cayet. Era una mujer de unos veintiséis años, era de pelo castaño y de ojos marrones y labios carnosos, era una chica muy hermosa.

—¿Tú trabajas aquí?—preguntó ella.

—Sí, hoy empecé a trabajar como ayudante de cocina, Lady Antonia.

—No me llames Lady Antonia, dime solo Antonia.

—No podría Lady Antonia—respondí bajando la cabeza.

—Antonia—dijo alguien detrás de mi. Al girarme me encontré con la señora Sofía.

—Sofía dile a tú tozuda criada que mi nombre es Antonia y no Lady Antonia.

—Deborah en las cocinas puedes llamar a la marquesa por su nombre de pila—aclaró la señora Sofía.

—Así que tú nombre es Deborah, mucho gusto,—dijo Antonia—lamento que nos hallamos conocido así.

—El gusto es mío Lady Antonia,—cuando dije eso y vi la cara de enojo de ella respondí—disculpa, Antonia.

—Muy bien, lo has comprendido—respondió.

—Disculpeme por llegar tarde señora Sofía—dijo Judith llegando de pronto. Se veía agitada y con los pelos desarbolados que parecía que los pájaros habían hecho un nido en su cabeza.

—Niña pero que te ha pasado—dijo la señora Sofía mientras yo intentaba contener la risa por la apariencia de Judith, pero al final salió una carcajada y no fui la única, Antonia también soltó una carcajada.

—¿De que se ríen ustedes dos?—preguntó Judith.

—Judith ¿dónde estabas para tener ese aspecto?—dijo Antonia aún muerta de risa.

—¿Por qué preguntáis eso?—dijo Judith.

—Pero muchacha tú no te has mirado en un espejo antes de venir—dijo la señora Sofía.

—Sí me he mirado en el espejo—contestó Judith.

—Entonces te gustan los peinados que son parecidos a un nido de pájaros—dijo la señora Sofía y yo que había parado de reír comencé a carcajearme de nuevo.

—¡¿Cómo dice?!—exclamó Judith.

—Creí que te habías mirado en un espejo—respondió Antonia sarcásticamente, creo que me gusta mucho su humor.

—Muchacha ve a arreglarte ese pelo y después puedes volver ya que no quiero ver ni un pelo en la comida—ordenó la señora Sofía—Antonia retírate por favor que tenemos que preparar la cena.

—Muy bien, me retiro, mi general—respondió Antonia.

Judith y Antonia se retiraron de la cocina y la señora Sofía y yo comenzamos a preparar la cena.

Luego de unos minutos apareció Judith, pero esta vez tenía el pelo recogido en una perfecta cebolla y no se le veía ni un pelo salido del lugar.

—Ahora sí estás presentable,—dijo la señora Sofía—y ahora ponte a trabajar que muy pronto hay que servir la cena.

—Señor, sí señor.

—No te hagas la graciosa conmigo muchacha—regañó la señora Sofía amenazándola con la espátula.

—Lo siento mucho señora Sofía, pero baje ya esa espátula.

—La bajaré cuando quiera muchacha insolente y ahora en vez de perder el tiempo ponte a trabajar de inmediato.

—Está bien no se enoje.

Judith y la señora Sofía me recordaban mucho a mi madre y a mí cuando discutíamos. A pesar de que solo llevaba un día en esa casa varias personas ya me habían hecho sentir parte de la familia como habían sido Judith, la señora Sofía, Antonia y el duque, de estos dos últimos me asombró porque la mayoría de los nobles trataban a las otras personas como seres inferiores y despreciables, pero era muy bueno saber que no todos eran iguales.

Después de la comida me quedé un rato más en la cocina por si se les ofrecía algo a los señores y entonces aproveché para llamar a Paty y contarle todo.

—Diga—dijo Paty al coger el teléfono.

—Paty soy yo, Deborah.

—Deborah, ¿cómo te va en tu primer día de trabajo?

—Para eso te llamaba, a que no sabes quién trabaja aquí.

—¿Quién?—preguntó ella con cierta curiosidad.

—Janet.

—¿Janet, la que estudia con nosotros?—se hizo la desentendida.

—Esa misma, ella es la doncella de la condesa, llegó llamándome Cenicienta pero le dijo unas cuantas verdades.

—¿En serio?

—Muy en serio, ya estoy cansada de que ella me humille cada vez que quiera, eso se acabó.—dije decidida a no dejar que nadie me hiciera menos.

—Muy bien dicho amiga pero, cambiando de tema, ¿has conocido a los miembros de la familia Cayet?

—Solo a dos de ellos, al duque y a la marquesa y de ellos dos te puedo decir que son muy buenas personas, el duque parece ser un hombre muy cariñoso con todos y la marquesa es una mujer muy bonita y amable, cuando hablas con ella no parece tu patrona sino tu amiga.

—Wow y tú que decías que todos los nobles eran iguales.

—Sí, me equivoque y lo admito, pero por alguna razón me parece que la duquesa y la condesa son lo contrario.—le dije admitiendo mi error de haber juzgado antes de conocer.

—Niña prepara un té para la duquesa—dijo una voz detrás de mí y al girarme me encontré con la señora Cecilia, la dama de honor de la duquesa.

—Paty tengo que colgar, el deber me llama.

—Adios y cuídate.—se despidió de mí.

Colgué para ponerme a preparar el té y al entregárselo a la señora Cecilia ella dijo:

—No deberías estar hablando por teléfono mientras estás de servicio.

—Lo siento señora Cecilia, es que no estaba haciendo nada y no pensé que estuviera molestando a nadie—me excuse.

—Pues para la próxima vez no pienses tanto y solo has lo que te manden—me regañó.

—Sí, señora—respondí, no quise responder de una manera que pudiera buscarme algún problema, pero ella no debió haberme hablado en ese tono ¿quién se creía ella?,¿ la duquesa?,era mejor que pusiera los pies en la tierra porque yo no iba a permitir que me tratase así otra vez.

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