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Capítulo 6: E* beso

Author: Hana Roberts
last update publish date: 2020-10-30 14:07:07

El beso de Dylan fue diferente a cualquier otro; sus labios rozaron los míos en una invitación a abrirlos y cuando lo hice me invadió con su lengua profundizando el beso. Me abracé a él y le correspondí como si una fuerza me llevara él, no podía detenerlo, tampoco pensar, sólo besarlo. Él me apretó con sus fuertes brazos para acercarme más a él, como si eso fuera posible. El beso se volvió más intenso y me sentí desfallecer, por Dios, que bien besaba este hombre; sentía como si hubiera fuegos artificiales y miles de mariposas aparecieron en mi estómago, era increíble todo lo que un beso como ese ocasionaba. Deseaba estar en sus brazos y besarlo para siempre, pero de pronto algo de cordura vino a mi mente y con toda la fuerza que obtuve lo empuje terminando así con el beso. 

—¿Por...por qué me besaste?—pregunté agitada por el apasionado momento.

—Esto es lo que debería haber pasado en la cocina antes de que tu madre nos interrumpiera—respondió también algo agitado.

—No te pregunté cuándo debió ocurrir, sino por qué.

—Sabes la respuesta perfectamente.—dijo acercándose nuevamente a mí—Cuando estamos cerca saltan chispas entre nosotros, no me digas que no notas la atracción que existe entre ambos cuando estamos juntos—agregó muy cerca de mí y se disponía a besarme nuevamente, pero puse una mano en sus labios para impedirlo.

—No voy a ser una de tus aventuras de una noche, ¿entendido?—aclaré y después de que asintiera retiré la mano de los labios.

—Deborah no quiero que seas una aventura de una noche, quiero que seas mi novia—dijo firmemente.

—¿Qué clase de broma es esta?—pregunté confundida por lo que decía, apenas nos conocíamos.

—No es ninguna broma.—respondió muy serio—Sé que es muy temprano para jurarnos amor eterno, pero me gustas y quisiera que fueras mi novia, poder conocerte mejor—agregó, y sus ojos parecían sinceros.

—Tengo que pensarlo; no puedo darte una respuesta ahora mismo—dije, no estaba muy segura de aceptar. Tenía miedo de que si nos conocíamos mejor me pudiera enamorar y terminar con el corazón roto o que su familia fuera un inconveniente entre ambos, muchas preguntas como estas me impedían decir sí. Debía analizar cada una de mis preocupaciones y resolverlas, solo así podría darle una respuesta sincera.

—Está bien, respetaré tu decisión—respondió Dylan muy cerca de mí, otra vez.

—Te pediré que hasta que no tome una decisión no vuelvas a besarme—respondí bajando la cabeza.

—También lo aceptaré, no más beso hasta que me des tu respuesta; pero no demores mucho—dijo y me dió un beso en la mejilla.

—¿Qué acabo de decir de los besos?—pregunté a modo de reprimenda.

—Fue uno minúsculo, en la mejilla, ¿tampoco está permitido?—dijo haciendo un mohín.

—Está bien, el beso en la mejilla está permitido—respondí con una sonrisa boba en el rostro.—Ahora vámonos, que ya es muy tarde—agregué.

—Vámonos ya—dijo poniendo una mano en mi espalda.

Fuimos hasta el estacionamiento y montamos en el auto al mismo tiempo. Tomé el cinturón de seguridad pero no quería salir.

—¿Está atorado?—preguntó Dylan.

—No—dije mientras todavía peleaba con el maldito cinturón, hasta que, de pronto, me quedé quieta como una roca al sentir el músculoso brazo de Dylan por encima del mío hasta llegar al cinturón. Giré la cabeza y al hacerlo me arrepentí terriblemente, el rostro de Dylan estaba a unos centrimetros del mío, ¡Ay Dios mío! ¿Por qué siempre me pasaba lo mismo? Volví a girar la cabeza hacia donde estaba el cinturón de seguridad, aunque sentía su aliento en mi nuca.

Vi como sacaba fácilmente el cinturón y lo pasaba hasta el otro extremo del asiento, me quedé mirando el lugar donde terminaba el cinturón esperando que Dylan volviese a su lugar y después de unos minutos lo hizo, dándose cuenta de mi incomodidad.

No hablamos en todo el camino hasta llegar a la mansión.

—Toma, aquí está mi número de teléfono—dijo entregándome un papel doblado—Cuando te decidas, me llamas. 

—¿Solo puedo llamarte cuando tenga una decisión?—pregunté, necesitaba llamarlo cuando tuviera alguna interrogante que hacerle.

—No, claro que puedes llamarme cuando quieras, yo haré lo mismo contigo—respondió, y al decir que él me llamaría me quedé asombrada, yo no le había dado el número de teléfono de la mansión.

—¿Cómo vas a llamarme si no tienes el teléfono de la mansión?

—Olvidas como conseguí el de tu casa—dijo con tono de autosuficiencia; a veces se comportaba como un idiota.

—No, no lo he olvidado—respondí en un suspiro.

—Bueno, creo que llegó la hora de despedirnos. Buenas noches—dijo Dylan basándome en la mejilla.

—¿Me estás echando de tu coche?—pregunté con fingida indignación.

—No, no te estoy hechando, ¿como podría hacerlo?—dijo algo nervioso y al ver su cara de "yo no quería hacer eso" me reí.

—Tonto, no estoy molesta, solo quería ver que hacías—dije riendo—.Buenas noches—me despedí y abrí la puerta del auto, pero antes de poner un pie en el asfalto me vi jalada hacia el interior del vehículo. Cuando me di cuenta Dylan ya tenía sus labios sobre los míos, pero en vez de separarme o molestarme, le correspondí.

Después de unos minutos Dylan se separó de mí y al ver mi fingida cara de sorpresa dijo:

—Lo siento, Deborah,—se excusó rascándose la cabeza con nerviosismo —,quería darte un beso en la mejilla, pero mi fuerza te llevó hasta mis labios.

—No te preocupes, sé que fue un accidente. Tú me diste tu palabra de que no me besarías en la boca y yo creo en ella—dije seria, aunque por dentro tenía ganas de reír. Dylan creía que me había tragado el cuento del beso sin querer. Si hubiera sido sin querer se habría separado al instante, pero no lo hizo, al contrario, había aprovechado más la situación.—Nos vemos—dije dándole un beso en la mejilla. Me bajé del auto y me despedí por última vez de Dylan antes de entrar en la mansión. Este día había sido maravilloso.

       ♡♡♡♡♡♡♡♡♡

   Al día siguiente me levanté como siempre y me dirigí a la cocina, empecé mi día como otro cualquiera. Cuando recordaba los sucesos del día anterior una sonrisa boba se instalaba en mi rostro y luego no podía pensar en nada más. Estaba absorta en mis pensamientos y de pronto me sobresalté cuando tocaron la puerta de la cocina, al girarme me encontré con un mensajero y llevaba un gran ramo de rosas rojas.

—Buenos días, ¿quién es Deborah Beltrán?—dijo el mensajero.

—Yo, yo soy Deborah Beltrán—respondí  levantando la mano.

El mensajero se acercó a mí y me entregó el ramo.

—¿Para mí?¿De quién es?—le pregunté al mensajero.

—No lo sé, yo solo los entrego—respondió encogiéndose de hombros—, pero ahí está la tarjeta—agregó señalando a un sobresito que había entre las rosas. El me entregó un vale para que lo firmara y después se fue.

      Al levantar la mirada vi dos rostros que me miraban con curiosidad.

—¿No tienes algo que contarnos?—preguntó Judith cruzándose de brazos.

—¿Algo como qué?—me hice la que no entendía.

—No te hagas la boba, Deborah. ¿Sabes qué te estoy preguntando de quiénes son las flores?—respondió Judith.

—No sé de quienes son—respondí, y no era una mentira. Sospechaba que eran de Dylan pero no estaba completamente segura.

—Si no estás escondiendo nada, entonces no te molestará que sea yo la que lea la tarjeta—contraatacó Judith.

—No, para nada—dije entregándole la tarjeta.

    Judith tomó la tarjeta, la leyó y sus ojos se abrieron tan grandes como los de un chihuahua. Al ver su reacción arrebaté la tarjeta de sus manos y leí lo que ponía:

  Gracias por el día de ayer, espero que se repita. Un beso.

PD: Di que sí a mi propuesta

                                                       Dylan.

   Ahora sí entendía porque Judith había abierto los ojos de esa manera, que yo hubiera salido a una cita y ella no se hubiera enterado era un gran golpe para la chica de los chismes.

—¿Cómo que saliste con un chico y no me enteré?—me interrogó Judith—, y la pregunta más importante ¿ qué propuesta te hizo?¿Matrimonio?—preguntó llevándose las manos a la boca con emoción.

—No, claro que no—me apuré en desmentir.

—Entonces fue una propuesta indecente—dijo tapándose con las manos como si estuviera desnuda.

—Niña deja de decir tonterías y diga que Deborah nos cuente—le reprendió la señora Sofía.

—Muchas gracias, señora Sofía—dije pudiendo hablar al fin —. Con respecto a tu pregunta no fue ni una propuesta de matrimonio y mucho menos indecente.

—¿Entonces cuál fue la propuesta?—preguntó Judith desesperada por saber.

—Si me dejarás hablar—la regañé—. Me propuso ser su novia.

—¡¿Qué?!¿Quién?—exclamó una voz detrás de mí. Al girarme me encontré con la cara de sorpresa de Antonia.

—Antonia, llegas justo a tiempo para oír las noticias—dijo Judith jalándola hasta su lado. La que faltaba para completar el cuadro perfecto.

—Oí algo de su conversación, pero quiero todos los detalles—dijo Antonia.

—Yo te haré un resumen—respondió Judith—Deborah recibió unas flores—agregó señalando el ramo de rosas que aún llevaba en brazos—, se las envió su nuevo novio, bueno aún no es su novio aún pero estoy segura de que lo serán.

—¿Dylan?¿Es el chico que vino hace unos días?—preguntó Antonia boquiabierta.

—Sí, es ese mismo—respondió Judith antes de  que yo pudiera decir algo, tal parecía que Dylan le había pedido ser su novia a ella y no a mí.

—¿Qué pasa aquí?—dijo Madame Müller entrando en la cocina—¿Acaso se les paga para holgazanear?

—Lo siento, Madame Müller—dijo Antonia—, yo las entretuve—agregó mintiendo.

—Lady Antonia, que hace en la cocina—preguntó Madame Müller.

—Madame Müller, ya le he dicho que mi nombre es Antonia—le reprendió Antonia.

—Y yo ya le he dicho que no puedo llamarla así—respondió Madame Müller y se giró hacia nosotros—, y ahora basta de charla, a trabajar que hay mucho que hacer; Deborah, tú vienes conmigo.

    Madame Müller salió de la cocina, yo dejé las rosas sobre la mesa mirando a las chicas y luego salí corriendo detrás de ella. La encontré en el comedor junto con los demás empleados y me indicó que me formara junto a ellos. Cuando ya estuve posicionada la señora Müller dijo:

—Como saben hoy en la noche vendrá la familia Dileono a cenar, por tanto hay que tener todo perfecto para esta noche; Elsa y Ana deben cambiar todos los cubiertos de plata; Sandra, Noelia y Daniela dejarán este piso reluciente, quiero que le saquen brillo; Mina y Sylvia lavarán los manteles; Shayla, Celeste, Adrián y Nicholas puede venir así que tú trabajarás en su lugar—Sabía  que me habían llamado para nada bueno—Ahora vuelvan a sus labores y no quiero errores, ¿entendido?

—Sí, Madame Müller—respondimos todos a coro y rompimos filas. Este sería un día muy largo.

  Me pasé todo el día en la cocina, casi no tuve tiempo ni para tomarme un vaso de agua; todos estaban muy nerviosos porque la familia Dileono era de la más alta alcurnia. Cuando llegaron las 7:00 p.m Madame Müller bajó a la cocina y dijo:

—Vamos Deborah, quítate ese delantal y sube al comedor junto con los otros camareros.

   Me quité el delantal y subí al comedor. Allí todo estaba deslumbrante,  la larga mesa estaba perfectamente vestida con un mantel blanco, los platos, cubiertos y copas estaban cabalmente acomodados para cada comensal y los camareros estaban impecables,  ni un pelo fuera de su lugar.

  Me coloqué junto a ellos y Madame Müller también entró y se colocó a mi lado. En vez de empleados parecíamos soldados de un pelotón, lo único que nos faltaba era marchar.

    A la estancia entraron los señores de la casa y el duque saludó:

—Buenas noches a todos.

—Buenas noches, señor—dijimos todos a coro haciendo una pequeña reverencia.

  Al comedor también pasaron la familia Dileono la cual estaba compuesta solo por tres miembros, el patriarca tendría un poco más que el Lord Miguel, era un hombre alto, de tez blanca y ojos oscuros; la mujer era una rubia muy hermosa, más o menos de su  misma edad y el último era un niño de unos 7 años que debía ser el Márquez de Veltón.

  Después de que todos se sentaran a la mesa, los camareros y yo bajamos a la cocina a buscar el entrante. Subimos y le entregué el plato al márquez.

—Aquí tiene Lord Dereck—dije poniendo el plato en frente de él. El niño me miró confundido y yo no entendía a que se debía su mirada hasta que alguien detrás de mí dijo:

—Creo que te confundes, yo soy Lord Dereck—al girarme me encontré con un chico de unos diecinueve años,  era más alto que yo, tenía los ojos oscuros, un cabello castaño oscuro; iba vestido con un esmoquin y tenía una sonrisa burlona en el rostro.

—Lo siento, señor—me disculpé bajando la cabeza—, yo pensé que él era Lord Dereck.

—No te preocupes, somos humanos, los errores se cometen—dijo y se giró hacia los demás invitados que nos miraban atentamente—. Lamento haber llegado tarde.

—No importa—respondió Lord Miguel—, por favor siéntate.

  El márquez se giró hacia mí y dijo:—Podría traerme un plato.

—Sí, enseguida se lo traeré—respondí y salí de él salón, pero no antes de escuchar a la insoportable de Susan decir:

—Esa empleada es una torpe.

   Al llegar a la cocina la señora Sofía y Judith me miraron extrañadas.

—¿Qué sucede muchacha?¿Por qué estás aquí?—preguntó la señora Sofía.

—Mejor no pregunte, mejor no pregunte—dije tan avergonzada por lo que había sucedido, quería que la tierra me tragara—¿Podría darme otro entrante?

—Claro querida, hubo uno que nadie se llevó y pensé que había contado mal—dijo la señora Sofía dándome el plato.

—Pues no se equivocó—dije tomando el plato. Subí a toda prisa las escaleras hasta el comedor y le puse el plato a Lord Dereck—.Aquí está su plato, Lord Dereck, lamento la confusión.

—No te preocupes—le quitó importancia al asunto con una sonrisa.

   Después de eso no hubo ningún otro suceso desastroso hasta la hora de las despedidas. Lord Dereck se acercó a mí y dijo:

—Espero volver a verla, bella Deborah—luego se giró y se fue, espera un momento ¿dijo bella Deborah?¿ Cómo sabía mi nombre?

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