LOGINDespués de ese día empezaron a llegar flores de Dylan que decía "Di que sí. Por favor". Hasta que llegó uno que decía:
Nos vemos este domingo. Un chófer pasará por ti a las 8:00 p.m. Besos
PD:Di que sí
Dylan.
Al leer esa nota sonreí como toda una idiota, pero de pronto la realidad se me vino encima <<Rayos, ¿qué me iba a poner?>>. Pensé en la única solución posible y fui corriendo a donde estaba Elsa.
—Elsa, necesito ayuda urgente—dije jalándola del brazo.
—¿De qué se trata?—preguntó.
—Dylan me ha invitado a salir el domingo, pero no tengo que ponerme—expliqué y junté mis manos en forma de súplica.
—Lo siento, pero yo no tengo ningún vestido aquí—dijo Elsa—, la única que tenía era Judith pero esta es su semana de descanso.
—Por favor, por favor, por favor—supliqué.
—Está bien, lo intentaré— cedió Elsa—, pero no prometo nada.
—¡Eres la mejor, muchas gracias!—exclamé abrazándola.
—¿A qué hora es la cena?—preguntó.
—A las ocho un chófer irá por mí—respondí emocionada por la cena.
—Muy bien, entonces el domingo voy temprano a tu casa y te ayudo—dijo mi amiga.
—Gracias otra vez—agradecí y volví corriendo a la cocina que tenía cosas que hacer.
♡♡♡♡♡♡♡♡
Cuando llegó el domingo ya estaba al borde del colapso total. No podía quedarme quieta en un solo lugar.
—Niña, es solo una cena, ¿por qué estás tan estresadas?—preguntó mamá.
—Ni siquiera yo lo sé—respondí sentándome de un tirón en el sillón de la sala —, simplemente cada vez que pienso en la cena de esta noche me pongo muy nerviosa.
—¡Oh, mi Dios! Ese chico te gusta más de lo que admites—exclamó mi madre.
—¿Pero qué dices?¿Cómo podría gustarme un chico relacionado con la nobleza?—pregunté, aunque sabía que no era verdad, porque sí me gustaba, no sabía de que manera, ni cuando, solo sabía que me sentía atraída por él.
De pronto sonó la puerta y fui rápidamente a abrirla. Frente a mí se encontraban Elsa y Antonia.
—¿Antonia?¿Qué haces aquí?—pregunté sorprendida por su presencia.
—Elsa habló conmigo sobre tú problema y me ofrecí a ayudarte—me explicó—Además, deberías habermelo dicho, ¿ qué no somos amigas?
—Sí, pero...
—Pero nada—me interrumpió Elsa—,ve a cambiarte y aquí te esperamos para salir.
—Deborah, tus amigas tienen razón—dijo mamá apoyándolas.
—Está bien—cedí—ahora regreso—agregué. Salí corriendo de la sala y en mi cuarto me puse una blusa fresca, un short y unas zapatillas. Salí del cuarto y fui hasta la puerta casi corriendo.
—Ya estoy aquí—dije cogiendo mi bolso colgado al lado de la puerta—. ¿Nos vamos?—agregué saliendo.
—Nos vemos, señora Ada—se despidió Antonia.
—Adiós, señora—también se despidió Elsa.
—Hasta luego, mamá—dije dándole un beso en la mejilla.
Nos fuimos al centro comercial en el auto de Antonia. Cuando llegamos allí entramos a varias tiendas, pero en ninguna encontramos algo que nos gustara a las tres. En la última tienda encontramos un vestido que amamos. Era un vestido negro y tenía un encaje blanco hasta el inicio de la falda, esta llegaba hasta las rodillas, en fin una belleza. Mientras comprabamos el vestido, vi cuanto costaba y le dije a Antonia:
—Esto es muy caro, no puedo pagarlo.
—Tranquila, yo lo pagaré—se ofreció Antonia.
—No, no puedo aceptar que me pagues el vestido—dije.
—Deborah, yo pagaré el vestido y después tú me vas pagando poco a poco —propuso.
—Está bien, si es de eso modo lo acepto—accedí.
Después de comprar el vestido fuimos a una tienda de calzado y compramos unos tacones negros, no estaba acostumbrada a ese tipo de zapatos y supe que mis pobres pies iban a sufrir mucho. Luego de las compras estuvimos en el restaurante hablando un rato; posteriormente fuimos a casa y Antonia llamó a una estilista, esta decidió hacerme bucles en las puntas del pelo, pero decidió que se vería más bonito que lo llevara suelto. Me maquillaron de manera sencilla y eso me gustó, no quería parecer un payaso con tanto maquillaje. Cuando salí de mi habitación mi madre se me quedó mirando muy sorprendida.
—Deborah, luces hermosa—dijo mamá acercándose.
—Gracias mamá—dije dándole un beso en la mejilla y ella me estrechó en sus brazos
—Diviértete mucho amiga—dijo Elsa.
—Muchas gracias, Elsa—respondí abrazándola y luego a Antonia—. Prometo pagarte hasta el último centavo que te debo.
—Tonta, no te preocupes por eso ahora,solo preocúpate por divertirte —me regañó Antonia.
En ese momento tocaron a la puerta, al abrir me encontré con un hombre algo gordito, de tez blanca e iba vestido con un traje negro.
—Señorita, el señor Dylan me envió para llevarla a su cena—dijo el señor—¿Está lista?—agregó.
—Sí, estoy lista—respondí, abracé por última vez a mi madre y salí con él chófer.
Ya abajo el chófer me abrió la puerta trasera del auto y subí, él se subió al asiento del conductor y me preguntó mirándome por el espejo:
—¿Le molesta que ponga música, señorita?
—No, no molesta y por favor no me llame señorita, llámame simplemente Deborah—respondí.
—Lo siento, pero no puedo llamarla así, el señor Dylan no me dió permiso—se excusó.
—Acaso el señor Dylan tiene como segundo nombre Deborah para darte permiso de llamarme por mi nombre o no—respondí algo enojada. La dueña del nombre era yo y nadie tenía derecho a mandar sobre el más que yo.
—No, señorita—contestó sonriendo.
—Entonces llámame Deborah y punto final—resolví.
—Está bien, señorita—dijo pero al ver mi cara de enojo agregó —. Digo, Deborah.
El chófer puso una música instrumental y comenzamos el viaje. En el camino pensé que le diría a Dylan, pero por más que lo pensé no encontré una respuesta, las dudas seguían instaladas en mi cabeza.
Al llegar al Atlanta el chófer se bajó del auto, lo rodeó y abrió la puerta. Me bajé y entré al restaurante pero todo estaba oscuro, eso me extraño y asustó a la vez.
—Hola, ¿hay alguien aquí?—dije. De pronto todas las luces se encendieron y me vi rodeada de globos rojos y pétalos de rosas que hacían un camino hasta la única mesa del salón donde estaba Dylan que al verme se puso de pie. Me llevé una mano a los labios por la emoción. No podía creer que el hubiera hecho eso por mí.
Dylan se acercó a mí muy sorprendido, ¿cómo no estarlo?, si hasta yo me sorprendí al verme en el espejo.
—Te ves asombrosa—manifestó cuando estuvo frente a mí, el era tan alto que ni con tacones llegaba a su altura
—Tú tampoco te ves mal—respondí, Dylan iba vestido de traje pero se veía algo informal ya que no llevaba corbata, me encanta su estilo despreocupado —¿Qué es todo esto?—añadió después de unos segundos.
—Deborah, ya te confesé mis intenciones y ¿me preguntas qué es esto?—preguntó señalando con una mano los globos y los petales—, esto es una confesión—respondió después de unos segundos.
—Dylan, yo...
—Deborah—dijo tomando mis manos—, te conocí por casualidad y creímos odiarnos por nuestra cabezonería—al decir eso sonreí recordando nuestro primer encuentro—, pero gracias a que perdiste una apuesta nos pudimos conocer mejor y hasta comí papas fritas —añadió él sonriendo—y luego de un mes te encuentro de nuevo.
—Y al día siguiente volvimos a discutir—añadí al recordar nuestra discusión el día de nuestra cita.
—Deborah, me has cautivado con tu manera de ser, de pensar, todo de ti es maravilloso y es por eso que te pedí que fueras mi novia, pero sigo esperando tu respuesta—dijo, y me puse más nerviosa de lo que estaba—Ahora, si ya la tienes quisiera oírla—añadió mirándome a los ojos.
En ese momento con dudas aún en mi mente y aunque parecíera una locura di mi respuesta con todo el corazón:
—Sí, acepto ser tu novia—respondí sonriendo.
Él se acercó a mí y cuando estaba tan cerca que nuestros alientos se mezclaron, él me preguntó:
—¿En serio?
—Sí—susurré, y ya no hubo más palabras Dylan me tomó por el cuello y me besó en los labios. Me agarré a su cuello y le correspondí. El beso fue corto, pero apasionado y deseé que el este durara para siempre.
Nos separamos cuando a nuestro alrededor todos empezaron a aplaudir, los miré algo sonrojada porque yo no estaba acostumbrada a tener novio y menos a dar besos en público.
Dylan puso una mano en mi espalda y me llevó hasta la mesa. Nos sentamos y un camarero se acercó.
—Bienvenida, señorita—dijo el camarero y girandose hacia Dylan agregó—. Señor, usted tiene mucha suerte, su novia es hermosa.
—Muchas gracias—respondí por el halago.
—De nada, señorita—añadió el camarero, nos entregó el menú y se marchó.
—Dylan, yo no conozco nada de estas comidas gourmet así que elige tú—le dije. ¿Para que iba a leer el menú si no sabía nada de ese tipo de comida?
—Está bien—accedió Dylan, y siguió leyendo el menú en silencio.
Después de unos minutos alzó la cabeza y le hizo una señal al camarero, cuando este llegó a nuestro lado, Dylan le pidió varios platos de los cuales no entendí ni una palabra.
Al terminar de hablar con el camarero se giró hacia mí y preguntó:
—¿Quieres bailar?
—Pero no hay música—rebatí.
—Eso podemos solucionarlo—respondió con su sonrisa de autosuficiencia y chasqueó los dedos.
De pronto comenzó a sonar una canción que reconocí al instante, era "All of me" de John Legend. Dylan se levantó y me tendió una mano, yo acepté y me puse de pie. Pasé mis manos alrededor de su cuello, el me abrazó por la cintura y comenzamos a bailar lentamente. Dylan comenzó a cantar con voz seductora en mi oído.
Cause all of me
Loves all of you
Love your curves and all your edges
All your perfect imperfections
Give your all to me
I'll give my all to you
You're my end and beginning
Even when I lose I'm winning
How many times do I have to tell you
Cerré los ojos disfrutando de la canción, el cuerpo de Dylan transmitía tanto calor y sentí que en ese momento no quería estar en otro lugar, quería que el tiempo se detuviera, pero en el último acorde de la canción tuve que volver a la realidad.
Nos separamos sin decir nada y volvimos a la mesa, unos minutos después trajeron la comida a la mesa. Esta vez no pregunté cuál cubierto debía usar, sino que me fijé en los que él tomaba. Entre bromas y risas terminamos de cenar, Dylan pidió la cuenta y nos fuimos hacia el estacionamiento. Ya en el auto le dije:
—Aún es temprano, vamos a otro lugar.
—Y ¿a dónde iremos?—preguntó Dylan—¿a comer papas fritas?—añadió sonriendo.
—No, iremos a mi segundo lugar favorito—informé.
—Está bien, pero ¿cuál es tu lugar favorito?—preguntó.
—Mi lugar favorito en el mundo es el parque de Veldania, el lugar donde nos conocimos—declaré.
—¿Por qué?
—No seas tan curioso—respondí sonriendo, él había hecho lo mismo el día de nuestra cena—. Te lo diré cuando lleguemos a nuestro destino.
—Está bien—respondió y puso el auto en marcha.
Como hice el día de la cena le indiqué a donde debía ir y llegamos al malecón, me gustaba ese lugar, ya que el sonido de las olas del mar eran una música que aliviaba el bullicio de la ciudad.
—¿El malecón?—preguntó Dylan
—Sí, el sonido de las olas es como un relajante—expliqué.
Salimos del auto y la brisa del mar llenó mis sentidos por completo, cerré los ojos para sentir el olor a mar, su sonido, el viento y sonreí.
—Tienes mucha razón, el mar quita el ajetreo de la ciudad—respondió y yo abrí los ojos. Tomé la mano de Dylan y la entrelacé con la mía.
Nos acercamos al muro y nos sentamos.
—Ahora voy a contestar a la pregunta que me hiciste—respondí bajando la cabeza—. Me gusta ese lugar porque me trae los mejores momentos de mi vida, cuando iba con mi padre allí y hacíamos picnics y jugábamos a las escondidas.
—¿Tú padre?¿Dónde está?—me interrogó Dylan.
—Está muerto—susurré—, murió en un accidente aéreo y sus restos nunca fueron encontrados, por tanto el parque es como su tumba para mí.
—Lo siento mucho—respondió Dylan, rodeó mis hombros con un brazo y me estrechó contra tu pecho.
—Fue cuando tenía diez años, pero aún duele, aunque me he acostumbrado al dolor.
—No me imagino cuanto debes haber sufrido—dijo y noté algo de tristeza en su voz.
Me separé de él y lo miré a los ojos:—La frase que resume mi vida desde entonces es "No soy Cenicienta"
—¿No soy Cenicienta?¿Por qué?—me interrogó Dylan.
—Mi padre era el único que trabajaba, tenía un buen trabajo así que no nos faltaba nada—expliqué—, pero al morir mi padre nuestra economía comenzó a descender. Mi madre decidió que debíamos mudarnos a un lugar más pequeño para poder vivir. Sylvia una antigua amiga de mi madre la ayudó mucho en esos momentos difíciles, consiguió el apartamento donde vivo ahora y algunos trabajos como sirvienta.
—¿Tú madre aceptó?—preguntó cada vez más curioso por mi historia.
—Por supuesto que acepto, el dinero que mi padre había dejado podía pagar parte de mis estudios, pero para mantener la casa necesitaba un trabajo—seguí con mi explicación—. Mi madre no quería que yo me viera afectada más de lo que ya estaba, así que le pidió a la dirección de la escuela que el asunto se tratara con la mayor discreción, pero de alguna manera todos se enteraron y comenzaron a burlarse, primero me decían la hija de la sirvienta, luego Janet, una compañera de aula me comenzó a llamar Cenicienta y como era natural todos comenzaron a llamarme así. Por más que yo les dijera que no era Cenicienta a ellos nunca le importó, aún hoy me llaman así.
—¿Alguna vez sentiste vergüenza de tu madre?
—Claro que no—respondí enojada,—ella fue la mujer que me crió, la que me enseñó todo, se tuvo que convertir en madre y padre. Nunca podría sentir vergüenza de ella.
—Tienes razón, perdón mi pregunta fue tonta—se disculpó Dylan.
—Sí, lo fue.
—Cambiando de tema, ¿por qué no eres Cenicienta?
—Bueno, por lo que he visto en los cuentos de Cenicienta ella es una persona sumisa, que no se enfrentó a su familia hasta que conoció al príncipe. Yo en cambió no soy nada sumisa—expliqué, y él al oír las últimas palabras sonrió seguro que recordando nuestro primer encuentro—, además nunca he dejado que nadie controle mi vida, solo mi madre me controla y con mucho trabajo debo añadir.
—Pobre de la señora Beltrán, tener que convivir contigo debe ser una tortura—bromeó.
—Sí es así para que me dijiste que fuera tu novia—dije dándole un golpe en el hombro.
Dylan me acercó a él y me dijo con voz ronca:
—Te elegí porque lo que más me gusta de ti es que no seas sumisa—Dylan se acercó más y me besó, no fue un beso suave, sino apasionado. Dylan probó mi labio inferior, luego lo mordió y cuando abrí mis labios el me invadió con su lengua y yo le correspondí, él me apretó más contra él y jadeé en sus labios. Luego de unos minutos nos separamos muy agitados—. Provocas algo desconocido en mí y quiero descubrir que es—al oír eso me mordí el labio, era inexperta pero solo sus palabras me hacían desear que me tomara en sus brazos y me hiciera suya pero aparté la idea rápidamente.
Dylan y yo nos quedamos un largo rato hablando sobre nuestra vida, niñez, etc, y me enteré que estuvo prometido pero lo había abandonado porque no amaba a la chica; también supe que hasta hace poco había permanecido estudiando en el extranjero; que sus padres estaban de viaje por el momento pero que me los presentaría cuando volvieran. A las diez decidimos que era hora de volver a casa, pero al levantarme mis pies se resintieron de dolor y tuve que volverme a sentar.
—¿Qué pasa?—preguntó Dylan preocupado.
—Es que no estoy acostumbrada a usar tacones, así que mis pies están sufriendo—expliqué.
De pronto Dylan pasó una mano por debajo de mis rodillas, la otra por mi espalda y me cargó en brazos. Me agarré a él porque de la sorpresa casi me caigo.
—Problema resuelto—resolvió con una sonrisa triunfal.
—Dylan, ¿ qué haces?, la gente nos mira—dije mirando a las otras personas que se encontraban allí.
—Eso no importa, te duelen los pies y quería ayudarte
Llegamos al auto y me depositó en el asiento del copiloto.
—Estas loco, ¿lo sabías?—añadí acomodándome mejor en el asiento.
—Aún no has visto una verdadera locura—respondió cerrando la puerta.
—Ni quiero verla—murmuré.
Fuimos hasta mi edificio en silencio. El día había sido agotador, así que me quedé dormida por el camino y no supe nada más.
Después de ese día empezaron a llegar flores de Dylan que decía "Di que sí. Por favor". Hasta que llegó uno que decía:Nos vemos este domingo. Un chófer pasará por ti a las 8:00 p.m. BesosPD:Di que sí Dylan.Al leer esa nota sonreí como toda una idiota, pero de pronto la realidad se me vino encima <<Rayos, ¿qué me iba a poner?>>. Pensé en la única solución posible y fui corriendo a donde estaba Elsa.—Elsa, necesito ayuda urgente—dije jalándola del brazo.—¿De qué se trata?—preguntó.—Dylan me ha invitado a salir el domingo, pero no tengo que ponerme—expliqué y junté mis manos en forma de súplica.—Lo siento, pero yo no tengo ningún vestido aquí—dijo Elsa—, la única que tenía era Judith pero esta es su semana de descanso
El beso de Dylan fue diferente a cualquier otro; sus labios rozaron los míos en una invitación a abrirlos y cuando lo hice me invadió con su lengua profundizando el beso. Me abracé a él y le correspondí como si una fuerza me llevara él, no podía detenerlo, tampoco pensar, sólo besarlo. Él me apretó con sus fuertes brazos para acercarme más a él, como si eso fuera posible. El beso se volvió más intenso y me sentí desfallecer, por Dios, que bien besaba este hombre; sentía como si hubiera fuegos artificiales y miles de mariposas aparecieron en mi estómago, era increíble todo lo que un beso como ese ocasionaba. Deseaba estar en sus brazos y besarlo para siempre, pero de pronto algo de cordura vino a mi mente y con toda la fuerza que obtuve lo empuje terminando así con el beso.—¿Por...por qué me besaste?—pregunté agitada por el apasionado momento.—Esto es lo que debería haber pasado en la cocina antes de que tu madre nos interrumpiera—respondió también algo agitad
—Deborah, ¿dónde estás?—escuché que preguntó mi madre a la distancia; eso nos sacó de nuestra burbuja. Dylan cerró los ojos por un instante para después separarse de mí y sentarse en una silla con los brazos cruzados, parecía algo enojado.—Aquí estás—dijo mamá parada en la puerta de la cocina—.Dylan, ¿no estás ayudando a Deborah?—preguntó al percatarse de su presencia.—Su hija dice que no sé hacer nada—respondió Dylan señalándome como si estuviera acusándome de algo.—Hija ¿por qué no dejas que Dylan te ayude?—preguntó mamá como si fuera su abogada defensora.—Pero si no sabe ni usar una aspiradora—me defendí.—¡Venga ya! Si no sabe, enséñale; tú tampoco naciste sabiendo como hacerlo —indicó a modo de regaño.—Está bien, que me ayude—bufé cruzándome de brazos.—Muy bien, entonces los dejaré solos para que terminen—dijo mamá retirándose de la cocina.Después de que mi madre se fuera de la cocina, Dylan se levantó de la silla y se paró
Un mes después...Este mes que llevaba trabajando en la Mansión Constan había sido una tortura, me había sentido como una verdadera Cenicienta. Como era la empleada nueva, cada vez que alguien se ausentaba tenía que cubrirlo yo, ahí aprovechaban mis carceleras para mandarme a hacer los trabajos más difíciles. Janet y la Condesa: Lady Susan, habían hecho de mí su diversión personal. Está última era la prometida del príncipe y por eso era así de malvada, era una chica muy bella de ojos claros y pelo negro, pero la belleza era solo externa porque por dentro era una víbora que lo único que tenía de lady era el título.Por suerte no solo tenía enemigos, sino que también había ganado amigos como la señora Sofía, la señora Esther, Judith, Elsa y Antonia; ellas eran como un descanso para mí. Judith y Antonia, eran unas locas de la vida y me hacían reír con sus innumerables anécdotas, Elsa era algo más callada, pero aún así nos llevábamos muy bien.—Deborah, el camión que n
Escuché la alarma de mi despertador, pero no recordaba para que tenía que levantarme. Busqué el despertador a ciegas para luego apagarlo. Abrí los ojos y me quedé mirando al techo y de pronto recordé que hoy era mi primer día en la Mansión Constan. Me levanté lo más rápido de la cama, porque tenía que preparar mi desayuno. Pero al llegar a la cocina me quedé helada, mi madre estaba haciendo el desayuno.—¿Qué estrella cayó del cielo para que te levantarás tan temprano para hacerme el desayuno?—bromeé.—Ninguna, solo quería despedirme de ti—respondió pendiente a los fogones.—Vamos, ni que me fuera al polo norte—dije sentándome.—Las madres siempre nos sentimos tristes, aunque nuestros hijos se muden a la otra esquina—respondió mamá poniendo el desayuno en la mesa.—Supongo que no entiendo ese sentimiento de madre, pero puedo decir que yo también te extrañaré—respondí y probé un crepé que mi mamá había preparado—Como siempre está delicioso.—Bien,
Como le dije a mi madre me presenté en casa de la Duquesa de Constan y me quedé asombrada porque si eso era una casa¿dónde había estado viviendo yo?. Esa mansión era tan enorme que parecía un palacio, era blanca con el techo azul, los ventanales eran grandes, el césped bien cortado alrededor de un camino que terminaba en una gran fuente y todo estaba rodeado por una verja dorada de dos metros aproximadamente.Al llegar a la entrada vi que había una pequeña caseta, en ella estaba un hombre, al verme se acercó.—Buenos días señorita, ¿puedo ayudarla en algo?—Buenos días, estoy aquí para el trabajo de sirvienta, me dijeron que debía hablar con Madame Müller—dije sonriendo.—Deme un segundo—tomó un teléfono que había sobre una mesa y lo vi hablando por unos minutos, luego colgó y se giró hacia mí sonriendo—Puede pasar, Madame Müller la está esperando. Entre y siga el camino a mano derecha, siga hasta el final del pasillo y allí encontrará una puerta donde la est