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13. ¿Tan pronto me olvidaste?

Author: max morgan
last update publish date: 2020-11-13 11:56:02

Layla

 Me giro de costado en la cama y veo a Thiago dormir. Tiene la expresión serena y abraza la almohada, pero con una de sus manos sostiene la mía como si fuera a escaparme de un momento a otro. No lo he hecho porque no quiero y porque no puedo, porque sé que no resolvería nada huyendo a menos que tenga todo muy bien planeado.

Han pasado tres semanas desde que escuché salir de su boca las palabras más peligrosas:

— Layla ¿quién es Theo?

Todavía se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en eso. No pude responderle y todavía no estoy segura de poder hacerlo. La cuestión no es quién es, eso puedo decírselo sin problemas… ¡El problema es que tendría que explicarle tantas, tantas cosas sobre quién es!

Y tengo miedo. Tengo miedo de que no entienda o no acepte la realidad de la que soy parte.

Pareciera que hemos hecho un acuerdo silencioso: Thiago no ha vuelto a preguntar y yo me comporto como si nada sucediera.

El trabajo ha seguido adelante. Me gusta. Lo disfruto. Amo la oficina, mi estudio, los planos, las maquetas, incluso las videoconferencias con Claire y con Elízabeth. Sin embargo tengo esa espinita, esa sensación de que un día, más temprano que tarde, tendré que abandonar todo esto que me hace feliz.

Thiago se ha mudado de regreso a la recámara principal, o mejor dicho, llegó un día de la oficina y se dio cuenta de que yo había pasado todas sus cosas a la recámara principal. No preguntó, sólo me hizo el amor en medio del armario y luego se durmió a mi lado.

Repaso su rostro con las yemas de los dedos y se me revuelve el estómago. No quiero lastimarlo, me importa demasiado, pero lastimarlo es la única forma de salvarlo. Mi plan de tres meses para escapar se ha convertido en un plan de dos meses para ayudar a Thiago sin romperle del todo el corazón. Sé cuán importante es para él su padre, y cuánto está dispuesto a sacrificar por él aunque no lo merezca. Pero soy débil, tengo miedo de ser uno de esos sacrificios que está dispuesto a hacer.

Me levanto despacio tratando de no despertarlo y lo dejo dormir. Sé que está cansado. Mi vuelo llegó de Londres a las dos de la mañana y cuando llegué a la casa todavía estaba despierto. Creo que de cierta forma cada vez que voy a Londres espera que no regrese. Y cada vez que me ve volver el resto de la noche se convierte en una sesión de sexo desenfrenada.

Me visto con ropa cómoda y voy a la cocina por un café. Necesito pensar. Necesito armarme de valor para decirle la verdad a Thiago.

En el sofá veo a Grillo durmiendo. Llegamos de madrugada y lo vi tan cansado que no le permití seguir manejando. Le ofrecimos una de las habitaciones de huéspedes, pero al parecer detesta las camas así que aquí está, con medio cuerpo fuera del sofá y a punto de caerse porque el mueble le queda chiquito. Es un niño grande y en este mes nos hemos hecho muy buenos amigos. Lo miro y me recuerda a Theo, ambos me despiertan el mismo sentimiento de ternura.

Se despereza cuando me escucha trasteando en la cocina y se para detrás de la barra rascándose la nuca.

— Licenciada, si se quiere tomar un café decente, mejor póngase zapatos que la llevo.

No lo pienso dos veces. Cuando Grillo dice algo así es porque va a ir de todas formas, y debo reconocer que tiene arte para encontrar lugares donde se come y se bebe bien. En estas semanas nos hemos hecho buenos amigos, es un hombre diferente y aunque trabaja para mí, no me trata como si fuera una incapaz que no puede defenderse sola.

Avanzamos unas veinte calles en el coche y se detiene frente a una pequeña panadería española. Del lugar sale un olor exquisito y se me hace agua la boca, quiero comerme todos estos dulces y llevarme más para la casa.

Hacemos la fila, que por cierto es bastante larga porque se ve que el sitio es concurrido, mientras Grillo le presta atención por primera vez a la maraña de cabello que al parecer no me peiné bien.

— ¿Otra vez estaba el señor tratando de competir con un fantasma? — se burla señalándome a la cabeza y me atuso el pelo antes de pegarle en el hombro.

— Hablar de la vida sexual de tus empleadores no es muy profesional. — intento regañarlo pero sé a qué se refiere y no puedo evitar reír.

Cada viernes y cada domingo son una batalla donde Thiago quiere demostrar que es el hombre con el que debo estar. ¡Ja! ¡Cómo si hiciera falta más demostración! Pero lo cierto es que se me nota a la legua el trabajo que me hace, sobre todo por la sonrisa y el estilo desgreñado, supongo.

— ¿Y cuándo le va a decir quién es el fantasma? — pregunta con una seriedad condescendiente.

— No lo sé. — admito — Quiero decirle pero tengo miedo. ¡Ojalá fuera tan sencillo hablar con él como hablar contigo!

— Nunca lo será. — sentencia — Usted no está enamorada de mí.

Giro la cabeza y lo miro con estupefacción. No sé si estoy enamorada de Thiago, o mejor dicho, no sé si puedo darme el lujo de estarlo. Theo es el primero en mi vida, todo lo demás no es tan importante.

— ¿Crees que deba contarle ya? — mis cejas se elevan en un gesto de muda súplica, necesito ayuda.

— Creo…

— ¿Alonso?— alguien a nuestra espalda corta completamente la respuesta de Grillo y lo veo ponerse lívido en un segundo.

Es una mujer pequeña y menuda en comparación con… bueno, hasta conmigo, pero tiene una belleza dulce, de esas que embelezan y hacen sonreír a cualquiera. No parece tener más de “treinta y poquitos” años, y luce tan sorprendida como atormentada de verlo.

Si alguien me hubiera dicho que un hombre como él podía asustarse al escuchar la voz de una mujer, me habría reído en su cara; pero ella se acerca más y veo que el rostro normalmente relajado de mi guardaespaldas se tensa en una mueca de terror.

— Alonso Fisterra. — llama la mujer y Grillo está tan rígido que me siento en la obligación de salir en su ayuda.

— Creo que se ha equivocado de persona. — le sonrío — El señor se llama Alonso Grillo.

La mujer da la vuelta y se detiene a la distancia justa para mirar bien cada trazo de sus facciones.

— ¿Así te llamas ahora? — le dice con la voz quebrada y luego se vuelve hacia mí — Grillo no es su apellido, su apellido es Fisterra. Grillo es el apodo que le pusimos hace quince años, cuando comenzó a pelear, porque en aquel entonces era peso pluma.

Me doy cuenta de que soy completamente ajena a esta historia y doy dos pasos atrás, dejándole el espacio a la mujer, que no se molesta en limpiarse la profusión de lágrimas que le corren por las mejillas.

— Alonso “el grillo” Fisterra. — su voz no tiembla a pesar del llanto — Estás vivo.

Grillo cierra los ojos y veo que su mandíbula se tensa. Hay tanta tristeza en él que casi puede tocarse, como si tuviera cuerpo propio.

— Así es, Luciana. — es su única respuesta.

La mujer se lleva una mano a los labios y se le escapa un sollozo.

— Mi padre me dijo que te había matado, y yo le creí… — dice con acento doloroso — Le creí porque muerto era la única forma en que Alonso Fisterra no regresaría por nosotros.

“¿Nosotros?” Mis alertas se activan aunque Grillo no parece haberse dado cuenta del plural.

— Luciana…

— ¡Y resulta que estás vivo! — exclama y es como si no pudiera creerlo, o que el sólo hecho de creerlo la lastimara, y eso lo comprendo en el siguiente segundo — He pasado quince años… quince años llorando tu muerte… cuando resulta que tú sólo no querías estar conmigo.

Se ríe de sí misma, pero es una risa agónica que no engaña a nadie.

— No llores. — dirijo la vista a aquella nueva voz que se levanta junto a nosotros y me quedo de piedra.

A pocos pasos está un muchacho alto y desgarbado con una bolsa de dulces en la mano. Es un adolescente, no le calculo más que catorce o quince años, pero lo que asusta es el enorme parecido que tiene con el Grillo Andaluz. Es como ver a su versión joven, quizás a esa versión por la que se ganó el apodo.

— Mamá, no llores. — repite llegando junto a ella y poniendo un brazo sobre su hombro.

— ¿Ma… mamá? — Grillo parece tan sorprendido como yo, supongo que se recuerda lo suficiente como para saber lo que significa ese parecido.

— ¡Santiago…! — la mujer mira a su hijo con cara de espanto mientras del pecho de Grillo sale un jadeo ahogado, es obvio que el nombre tiene algún significado para él — ¿Hijo, escuchaste…?

— Sí, mamá, lo escuché todo. — intenta tranquilizarla y luego mira a Alonso de arriba abajo con la misma expresión con que miraría a una estatua — Durante quince años has tenido un lindo recuerdo suyo, quédate con ese y no te preocupes. Alonso “el grillo” Fisterra… sigue muerto.

La empuja con suavidad y se la lleva, dejándonos sin palabras. El estupor sólo se quiebra cuando una de las dependientas de la panadería se acerca para avisarnos que nuestro pedido está ya listo.

Nunca he visto en un rostro una expresión de angustia semejante. Quiero abrazar a Grillo, quiero consolarlo por lo que está pasando, pero sólo atino a tomarlo de la camisa, arrastrarlo hasta el auto y empezar a conducir por la ciudad.

— Creo que debes contarle. — son las únicas palabras que pronuncia en más de una hora y lo hace sólo cuando llegamos a la casa — Creo que soy una muestra de lo que pasa cuando se calla la verdad.

Vuelve a subirse al auto y se va. Yo entro a la casa, donde está Thiago caminando de un lado a otro como un león enjaulado.

— ¡Te he llamado más de diez veces! — me recrimina apenas me ve — ¿Tienes idea del susto que me has da…?

Me lanzo a abrazarlo y deja de hablar al instante.

— ¡Quiero decírtelo! — intenta separarse para mirarme pero estoy prendida a su cuello y no se lo permito porque si lo veo a la cara no tendré valor — Quiero decirte quién es Theo, quiero contarte todo lo que está pasando, pero no quiero que sea aquí.  No será una conversación bonita y no quisiera sentarme en algún lugar de esta casa y que me recuerde todo lo que voy a contarte.

Thiago me devuelve el abrazo y asiente.

— Entonces vamos a vestirnos. Vamos a salir y vamos a hablar de una buena vez. ¿De acuerdo?

Mi respuesta es correr escaleras arriba y arreglarme tan casual y tan rápido como puedo. No creo que Grillo sea una mala persona, pero acabo de conocer a una mujer que ha estado viviendo una mentira por quince años, y aprendí que prefiero llorar ahora si debo hacerlo en lugar de alargar esta agonía.

Ni siquiera veo a dónde vamos o cuánto tiempo nos lleva llegar. Sólo miro a Thiago de cuando en cuando y veo que está tan nervioso como yo. Cuando me doy cuenta estamos en un hermoso restaurante al aire libre, rodeado de jardines y rosales, y nos conducen a un espacio apartado donde hay una sola mesa. Sí, es mejor hablar aquí.

Nos traen un par de bebidas y algunas cosas de comer que pruebo para hacer tiempo. Las manos me sudan y termino levantándome y caminando de un lado a otro. Thiago espera con paciencia hasta que suelto de golpe:

— Tienes que saber que te quiero. — me sonríe y sé que es para darme confianza — Te quiero como hombre, me gustas. Me gusta estar contigo… pero Theo es la persona más importante de mi vida. Yo sé que cuando te explique quién es lo vas a entender, lo que quizás no entiendas es por qué nadie lo conoce…

Mis palabras se atropellan y Thiago se levanta para acercarse a mí. Me besa la frente y sus manos recorren mis brazos en un gesto consolador.

— Layla, nada de lo que me digas va a hacer que yo cambie mi opinión respecto a ti. — asegura — ¿Por qué no intentas calmarte, quizás así puedas hablar mejor.

Me doy cuenta de que mis manos tiemblan. Hacía muchos años que no estaba tan nerviosa frente a un hombre y quizás grillo tenga razón. Quizás es tan difícil porque estoy enamorada de él, porque quiero que no me juzgue y sé lo difícil que le resultará no hacerlo.

Me levanto sobre los talones y lo beso. Mis labios se mueven sobre los suyos reclamando esa atención que sólo de él quiero recibir, aventuro mi lengua dentro de su boca y me encuentro con su lengua juguetona, que me sigue el juego. Es la primera vez que lo beso en público deliberadamente. Es la primera vez que no tengo reservas en mostrar que estoy saliendo con alguien.

— No estoy nerviosa por mí. — digo por fin son salir de sus brazos — Estoy nerviosa porque algunas de las cosas que tengo que decirte no te gustarán, y otras puede incluso que te lastimen, pero no puedo quedarme callada por m…

— Disculpe. — una camarera se acerca y yo me froto las manos porque no puede ser más inoportuna. Hoy parece el condenado día de las interrupciones — Un caballero me ha pedido que le entregue esta nota.

Mi ceño se arruga. No conozco a ningún caballero en Montecarlo como para que me estén enviando notas, y Thiago que lo sabe también me mira interrogante.

 La recibo y la abro, y juro que mi corazón se detiene.

El mismo segundo que me toma leerla es el que le toma a mi estómago revolverse por completo y tengo que girarme sobre uno de los rosales a devolver lo poco que me he comido. Thiago corre a sostenerme y la camarera se echa atrás con asco, pero los espasmos pasan tan rápido como llegaron y trato de recuperarme.

— ¡¿Quién te dio esto?! — asalto a la camarera con los ojos desorbitados y las lágrimas saliéndome sin control. Sé quién la escribió pero no puedo creerlo.

— Un señor… — titubea.

— ¡¿Qué señor?! ¡¿Cómo era?! — se turba un poco, asustada — ¡Contesta!

— No-no sé. Era un hombre común… es-estaba en la puerta…

No la dejo terminar de hablar, mis pies corren solos, desesperados, hasta la puerta. La atravieso y salgo a la calle, mirando a todos lados, buscando, rogando a dios que no sea cierto…

Conozco esa letra, ese girón gracioso en el signo de interrogación… yo se lo enseñé…

Pero no puede ser, Dios mío, no puede ser…

— ¡Jaaaaaames! — grito sin poder contenerme. Tengo un ataque de pánico, de terror, de angustia, de ansiedad — ¡Jaaaaaaames! — lloro, suplico, grito de nuevo — ¡Jaaaaaaames!

Todo se oscurece a mi alrededor y me cuesta respirar.

Me mundo se hace pedazo en este instante.

Maldigo, busco, me vuelvo sobre mí misma, corro.

Siento la voz lejana de Thiago, me grita algo, algo que no puedo escuchar.

La calle y la gente son solo formas borrosas que giran y entonces siento el golpe seco.

Primero en las piernas y luego en el resto del cuerpo.

Vuelvo a abrir los ojos y el mundo está de costado.

Thiago sigue gritando, lo sé por su boca, pero no ya no puedo escucharlo.

El único poder que conservo sobre mi cuerpo es en mis dedos, los mismos que siguen apretando esa nota con esa letra que tan bien conozco:

“¿Tan pronto me olvidaste?”

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