INICIAR SESIÓNThiago.
— ¿Cuántos dedos ves? — escucho la voz de Layla y algún pitido insistente de fondo.
Abro los ojos y la veo inclinada sobre mí, no sé si preocupada o divertida.
— Por ahora sólo veo el puño de Grillo… — respondo porque literalmente me lo está enseñando por encima de la cabeza de Layla.
— ¡Y lo vas a seguir viendo a menos que me expliques qué fueron todas esas babosadas que dijiste, cabrón! — sentencia.
Layla se gira para verlo, empuja su puño de un manotazo y lo regaña.
— ¡Qué bruto eres, Grillo! ¿No eras tú el que decía que el peor defecto de Thiago era atacar primero y preguntar después? — quiero creer que está enojada pero me doy cuenta de que está cagada de risa — ¡Idiota!
— Sí, soy un idiota así que es fácil reconocer a otro.
Baja el puño y me ayuda a levantarme. Me sienta en el sofá y me mira feo mientras Layla va por una bolsa con hielo y me la pone en la mandíbula. Acabo de probar en carne propia el efecto del Grillo Andaluz, ahora entiendo el miedo que le tienen todos, y no me molesta decir que no me agradaría repetir la experiencia.
— ¿Por eso no quería decirle, licenciada? — le pregunta a Layla y veo que ella baja los ojos.
Ruedo los míos y ladeo la cabeza contra la bolsa de hielo. Ahora sí estoy arreglado, tengo un psicólogo matrimonial y no lo sabía.
— Ya que estás tan a la defensiva, Grillo, creo que es mejor que sepas cómo están las cosas. — le suelto con una mueca. Lo conozco desde hace suficientes años como para saber que si me hubiera pegado en serio no me habría despertado en tres días.
Layla le hace un resumen de la situación, incluyendo el trato con su padre, la situación con el mío, la muerte de James, la preocupación por Theo y sobre todo la incertidumbre que nos provoca ese último incidente de la nota.
A veces frunce el ceño, otras se pasa la mano por la cabeza en la que han empezado a crecer algunos milímetros de pelo, y otras sencillamente niega como si quisiera estrangularnos a los dos.
— ¡Y yo que estuve hablándole tan bien de ti a la licenciada! — rezonga.
— Oye Grillo… ¿Y se puede saber tú desde cuándo empezaste a tutearme? — pregunto con sorna.
— Desde que empecé a quererte, cabrón. — me replica — Me avisas si quieres otro poquito de amor. — vuelve a enseñarme el puño.
— ¿Entonces a Layla la tratas de “usted” porque no la quieres?
— A la licenciada la trato de “usted” porque además la respeto.
Layla ríe, sé que se está divirtiendo porque es obvio que nos portamos como dos pubertos inmaduros.
Intento esconder la sonrisa mientras le lanzo a Grillo la bolsa de hielo.
— ¿Sí te acuerdas de que soy yo el que te paga, imbécil?
— Sí, pero no me pagas lo suficiente como para que te haga ojitos… bueno, deja ver si me salen. — junta las manos al frente como si fuera una señorita y pestañea muchas veces.
Layla suspira con dramatismo y se va diciendo algo sobre el desayuno, panes dulces y algo sobre una cafetería española que hace que Grillo se ofusque de inmediato. La verdad no sé en qué momento rompimos esa barrera de jefe y empleado, pero es cierto que desde hace tiempo lo veo como un amigo aunque no sepa mucho de su vida. Supongo que la amistad no se basa en saber todo sobre la otra persona, sino de estar cuando te necesite.
— Por un momento me preocupé porque es obvio que Layla comparte contigo cosas que no comparte conmigo. — digo poniéndome todo lo serio que la conversación amerita.
— Sí, bueno, supongo que es más fácil hablar con alguien con quien no te acuestas. — conviene — A la licenciada le importa mucho lo que tú pienses, y no quiere que salgas herido de todo esto. Así que ponte aguzado, porque si la que sale lastimada es ella por defenderte, puedes estar seguro de que nadie te va a poder defender de mí. — esta vez no levanta el puño y sé que me está amenazando en serio.
— Le has tomado mucho aprecio. — lo observo fijamente porque sus ojos sólo reflejan una pérdida irrecuperable. Sé que no le gusta Layla, al menos no como mujer. Lo he visto mirarla y es como si mirara a una hermana o una hija.
— La licenciada me recuerda a alguien que fue… que es — se corrige — que es muy importante para mí. Pensé que era algo que estaba muerto y enterrado, pero parece que no es así. El pasado está mordiéndome el trasero y no de la mejor manera.
— ¿Puedo hacer algo para ayudarte? — no sé cómo se siente pero si está en mis manos resolverlo…
— No, sólo tengo que encontrarla. Necesito una investigación completa sobre su vida y eso puedo hacerlo solo.
— Sé que puedes hacerlo solo, — lo tiento enseñándole mi celular y levantando una ceja — pero yo puedo hacerlo más rápido.
Le paso el celular y escribe un único y hermoso nombre: Luciana Santamarina.
— A propósito, antes de que todo esto siga, y teniendo en cuenta que somos amigos… creo que hay algo que deberías saber. — se rasca la nuca y hace un mueca con la nariz — Mi nombre es Alonso Fisterra. Alonso “el Grillo” Fisterra.
Sé que abro mucho los ojos porque reconozco perfectamente el nombre. El Grillo Fisterra no es una, es “la” leyenda de las peleas clandestinas en el este de Europa. Se dice que sólo tiene una pelea perdida en toda su carrera y no se sabe muy bien lo que pasó esa noche.
— Naaaaaah — niego sin poder creerlo — El Grillo Fisterra peleó una vez en uno de mis clubes… Te hubiera reconocido…
— Bueno, raparse cuarenta centímetros de cabello ayuda a cambiar mucho el look. — asegura — Pero los que me han visto pelear me reconocen por la tinta.
Con una mano se levanta la playera y ahí está: el tatuaje de una calavera que parece una maldita boca hacia el infierno. De una vez escupo el agua que me estaba tomando.
— ¡La puta madre! — Alonso “el Grillo” Fisterra es el guardaespaldas de mi mujer — ¿Y tú cómo coño terminaste en mis clubes?
— ¡Qué grosero! — se burla de mí remedando a una damisela — Esa es historia para otra ocasión, una donde me vas a invitar a un whisky antes de pedir que te desnude mi alma… ¡que es lo único desnudito que vas a ver de mí!
Se palmea el trasero y todo el show se le derrumba cuando entra Layla levantando su ceja.
— ¿En serio Grillo? ¿En mi sala de estar? — ¡Su voz de mami es tan sexy!
— ¡Licenciada…! Yo… ya me iba. — Grillo se envara todo nervioso y me alegro de tener a alguien como él en nuestras vidas — Thiago, no me disculpo por el puñetazo, mejor lo tomo a cuenta del próximo que sí te ganes y quedamos a mano. ¡Hasta luego!
Sale como un bólido por la puerta y Layla viene a sentarse en mi regazo. Por suerte nadie se ha despertado todavía, ni siquiera con el escándalo de Russo, así que aprovecho para girarla y sentirla un poquito. No puedo moverla demasiado, pero la beso como si se me acabara la vida.
Y eso es todo lo que puedo hacer por el momento, besarla.
La beso a toda hora, en cualquier lugar, frente a todo el mundo.
Lucrecia nos amenaza con echarnos agua y Theo se tapa los ojos con las manitas cada vez que nos ven. La buena de Marcia sólo ríe.
No hay mucho que se pueda hacer hasta que a Layla le quiten los puntos de la sutura y el doctor fue claro: ¡Nada de sexo! Al menos por un mes. ¿Por qué habrá sido tan específico? Ni siquiera le preguntamos nosotros… ¿Acaso se nos nota en la cara lo calenturientos o qué?
Una semana…
Layla como mamá es la imagen más enternecedora que alguien puede apreciar. Theo es el niño más dulce del mundo y eso de que me llame “papi Thiago” me derrite. Layla deja que me lo lleve al trabajo y siempre anda pintando con sus crayones en todos lados. Es un chico de pocas palabras, creo que lleva mucho tiempo sintiendo la inquietud de su madre y eso me mata, quisiera verlo más feliz.
En cuanto a Layla y a mí…¡Dios nos ayude porque a besitos solamente no nos va muy bien, y se supone que yo debo ser fuerte!
— Thiago… — Layla intenta arrinconarme contra la pared del baño.
— Nop. — y salgo disparado para no hacer una locura.
Dos semanas…
Esto sigue pareciendo un campamento hippie y a mí me gusta. Theo empieza a ser más abierto con todos en la casa y le estoy enseñando a contar hasta cien. Por último he terminado comprándole un perro, uno grande, de los que babean todo y se comen los zapatos… ya sé… ese niño me tiene dominado.
¡Dios no me ayuda, y el verano tampoco, porque ahora a la condenada de Layla le ha dado por dormir desnuda y no le importa que yo el ponga el aire acondicionado en lo más bajo! Sé que lo hace para provocarme y no me da pena admitir que lo logra perfectamente.
— Thiago…— intenta desnudarme de madrugada.
— Nop. — y me cubro hasta la cabeza dándome la vuelta en la cama.
Tres semanas…
Tengo los ojos cerrados, deben ser alrededor de las cinco de la tarde y lo único que siento es la mano de Layla tocando donde no debería. ¡Eso no se le puede hacer a un hombre que lleva casi un mes sin sexo! O mejor dicho, no se le puede hacer a un hombre que se muere por tener sexo con ella y no puede.
— Noooooooo. — advierto.
— Siiiiiiiiiiiiiii. — me desafía llenando mi abdomen de besos y mordiendo por encima del bóxer — ¡Por favor!
Abro los ojos y la veo hacer un mohín. ¡Mierda, es tan linda que quiero romper todas las reglas por ella y sobre todo, con ella!
— Layla, el doctor dijo…
— Veintiséis días, — murmura y siento su aliento caliente sobre la tela. Mi miembro palpita y en contados segundos está tirando del bóxer como si fuera un condenado perro de pelea — ya van veintiséis días… nada malo va a pasar por cuatro diítas. ¡Anda…!
Busco en mi mente todas las razones posibles para detenerla, porque si no lo hago esto se va a convertir en una masacre.
— Theo…
— Está de paseo con Lucrecia y Marcia. — me interrumpe — No van a volver en un buen rato… hasta iban a cenar afuera.
Un escalofrío me recorre cuando me saca el bóxer, y mi miembro salta, todo emocionado el maldito, porque sin importar qué diga mi mente, mi cuerpo la desea con una fuerza devastadora.
— ¡Dios! — me llevo las dos manos a la cara cuando se lo mete en la boca, rodeándome de calor y de humedad.
Mi abdomen se tensa como una cuerda, no lo puedo evitar. Desliza la lengua desde la base hasta la punta y chupa allí. No sé cómo ni en qué momento pero veo que está desnuda. Echa su cabello hacia la derecha y me masturba despacio. Lo disfruto intensamente porque necesito este tiempo, el tiempo de sentirla y poseerla.
Me besa, lame, muerde a veces provocándome y succiona como si fuera una paleta que se le deshace en la boca. Pero paleta o no estoy más duro que el cemento y todo lo que quiero es terminar. Terminar en su boca, correrme sobre su cuerpo, ver esa cara de satisfacción cuando haga que se venga también conmigo y sobre todo escucharla gritar. ¡Escandalosa, así me gusta!
— Más rápido. — pido y levanta el trasero como si le hubiera pedido que me excitara más.
Siento su lengua recoger una gota de líquido preseminal y saborearla. Su boca es maravillosa pero su cara es el verdadero peligro.
— No puedes poner esa cara de puta y esperar que me porte bien. — le advierto con la voz enronquecida por el deseo.
— Nadie está pidiendo que lo hagas.
Llevo mi mano derecha hacia su cabello y lo enredo de forma que no pueda soltarse. Necesito tener el control de esto. No importa lo maravilloso que lo haga ella solita…
— Nena te voy a enseñar lo que me gusta. — aseguro empujando su cabeza con suavidad para que se lo trague completo. Cierra dos manos feroces sobre mis muslos y sé que no puede respirar — Todavía… todavía…
La suelto un poco y la veo buscar aire con los ojos llorosos, pero antes de que empiece a gritarme muevo las caderas y vuelvo a penetrar su boca con movimientos bruscos. Pasan pocos minutos hasta que acomoda su cuerpo en una posición que la ayuda y entonces empieza el verdadero juego. Aprieta los labios a mi alrededor y estoy viento las putas estrellas. La guío a veces y otras tengo que dejar que haga lo que quiera porque me está matando.
Empuña mi miembro por la base con una mano y detiene su boca en mi glande. Veo que lo rodea con la lengua, una, dos, tres veces… ¡mierda, qué rico! Y entonces baja y se lo traga de golpe, apretando tanto los labios que siento que de un momento a otro voy a correrme. Marco entonces el ritmo, lo necesito, la boca de Layla sube y baja a lo largo de mi miembro, con rapidez, con furia, con lágrimas que se resbalan de sus ojos porque llego hasta su garganta y a la mierda, sé que le gusta.
— Sí, nena, sigue… — puedo sentir ya esa tensión que se me acumula en los huevos y me dice que voy a correrme de manera monumental — Quiero venirme en tu boca, mami…
— Nop.
Veo que se suelta de mi agarre, se levanta y se echa hacia atrás dejándome con los ojos muy abiertos y un dolor de cojones de mil demonios. Bueno si no quiere en la boca no hay problema, ya veremos…pero algo en su expresión me dice que esto no tiene nada que ver con tragarse mi semen.
— Layla…
— ¡Eso es para que veas lo que se siente cuando te dicen que no! — me desafía y eso es lo peor que puedes hacerle a un hombre al que has dejado a punto de terminar.
— ¿Me estás jodiendo, verdad? — pregunto y no sé si lo digo en broma o en serio.
— Claro que no, ¡así como tú no me has jodido en todo un mes!
Ay ay ay nena. Gran error.
Me echo hacia adelante alcanzando su cuerpo por la cintura y la hago caer en la cama, boca abajo, prisionera debajo de mí. Muerdo su cuello, acaricio su desnudez con manos urgentes y restriego mi violenta erección sobre sus nalgas, como si sólo eso me provocara algún alivio. Pero me las va a pagar, con creces…
— El médico dijo que no puedes. _ me advierte.
— Me vale una mierda lo que diga el médico ahora. — separo sus piernas y trata de resistirse pero le suelto la primera nalgada.
Lo hice con saña. A mí me ha picado la mano, así que no imagino a ella el trasero.
— ¡Hijo dep….!
— No metas a mi santa madre en esto. — la increpo — ¡Tú lo provocaste, ahora hazte responsable!
Le dejo caer otras dos nalgadas y gime. Me muero por penetrarla pero sé que no podría controlarme y puedo lastimarla. A Layla y a mí nos gusta el sexo violento, está comprobado, y cuando las cosas se desatan no distinguimos mucho entre el dolor que puede causar placer o lastimarnos. No es hasta que pasa la adrenalina que sabemos que tanto nos hicimos, y eso no tiene nada de malo si no fuera porque Layla tiene menos de un mes de operada.
— Te quiero dar duro. ¿Me entiendes? Te quiero dar hasta que me grites que no puedes más. Te quiero dar hasta que llores… pero no puedo mami… si te veo de nuevo en el hospital yo me muero.
— ¿Y suavecito? — ruega y beso sus senos porque algo tengo que hacer para saciarme.
— Contigo no hay suavecito… no te vienes hasta que te duele y para eso de verdad te tengo que montar como si fuera un animal en celo…
— ¿Por favor?! — suplica chillando porque muerdo uno de sus pezones — No me importa qué me hagas, pero hazme algo por el amor de dios. Quiero venirme, quiero un maldito orgasmo y lo quiero de ti.
Una de mis manos va a su coño y está completamente empapado. Pienso, ¿qué mierda le hago a esta mujer? Y entonces viene la idea, es arriesgada pero Layla no es una mojigata, es una mujer hambrienta que ahora mismo hace círculos con los dedos sobre su clítoris porque necesita una liberación urgente.
Me siento en la cama, pongo una almohada sobre mis piernas y la atraigo hasta dejarle el abdomen sobre ella, eso me asegura que no se lastime y le mantiene el culo en pompa, listo para mí. Sus senos están apoyados en las sábanas y su cabeza gira en mi dirección. Atrapo sus manos detrás de la espalda y le hago un nudo con mi bóxer.
— ¿Qué mierda estás haciendo? — se pone grosera cuando se excita y eso me encanta.
— Necesito asegurarme de que no te muevas. — no puedo arriesgarme a que se lastime el hombro.
— ¿Y por qué me movería…? — de repente parece caer en cuenta, pero sé que está esperando a que yo se lo diga.
— Porque esto va a dolerte nena. Va a gustarte — sé que sí — pero también te va a doler hasta que te acostumbres…
Le palmeo el trasero un par de veces y la oigo suspirar. Cierra los ojos y se muerde los labios. Tengo la vista y la posición perfectas. Acaricio su espalda, la curva de su trasero perfectamente levantado. Abro sus piernas. Busco su centro y meto un dedo, uno solo porque para este juego no puedo acostrumbrarla a más.
Intenta revolverse, es el instinto, su cuerpo siente que no es bastante para hacerla sentir. Mojo mi mano en su propio líquido y lo esparzo, hasta abajo, en dirección a su clítoris, y hacia arriba, entre sus nalgas. Jadea. Sabe lo que viene, lo que no sabe es que lo que voy a hacerle no es una simple penetración, dura y caprichosa.
Mi mano izquierda se detiene abierta sobre su cabeza y un poco sobre su oído, mi brazo se tensa para obligarla a permanecer ahí, con la mejilla derecha pegada al colchón.
Mis dedos están jugando en su sexo, suben un poco, encuentran ese agujero perfecto y oscuro entre sus nalgas y lo acaricio con el pulgar sintiendo cómo se contrae.
— Espera… — es una súplica que no escucho, mi pulgar entra de lleno en su trasero y grita. Amo ese sonido. Intenta moverse pero está atrapada — Duele…
Protesta, pero al final esa es la intención.
— Shshshshshsh… ya sé.
Mi dedo índice se desliza inmediatamente dentro de su coño y tengo una pinza perfecta. La posición es magnífica y Layla jadea con fuerza cuando intento unir mis dos dedos en su interior.
— ¿Qué coño hac…? ¡Aaahhh! — se le escapa el grito más delicioso de la historia.
Intento hacer círculos con mi dedo índice contra mi pulgar. La barrera de tejido que hay en medio no me lo permite, por supuesto, pero es extremadamente sensible y dispara todas las terminaciones nerviosas haciéndola jadear. No es sólo sacar y meter dedos, eso no lleva a una mujer al orgasmo, hay que saber qué hacer con ellos.
Empiezo un ritmo suave de penetración mientras Layla se queja, le duele, le gusta, esto es nuevo para ella pero se porta como una mujercita. Cada vez que mis dedos salen intento unirlos y literalmente los arrastro uno contra otro en su interior, y cada vez que entran mi pulgar se abre paso en su trasero completamente, haciéndola lagrimear un poco. Se ve que jamás ha tenido sexo por aquí y eso me envara aún más.
Quiero que tenga un orgasmo pero no sé qué mierda voy a hacer para tener el mío.
Mis tres dedos libres van a posarse sobre su clítoris y todo se vuelve un poco más violento. Mantenerla inmóvil se convierte en una misión imposible mientras mis dedos taladran a la vez sus dos agujeros apretando esa pinza que la hace cerrar los ojos y pedir más. Gime, suplica, maldice, y su cuerpo se mueve al compás que le marco.
— ¿Te gusta, nena?
Por toda respuesta veo que sube el trasero y entiendo que no sólo está empezando a adaptarse, lo está disfrutando con los ojitos cerrados. Asiente
_ Palabras, mami. Palabras. _ insisto.
_ Siii _ jadea bajito _ Me gusta, no pares... ¡Por Dios no pares!
No podría, me convierto en un autómata cuando la veo disfrutar, me muevo más duro y grita, sí, así, así nena, quiero oírte. Sus nalgas duras impactan contra el dorso de mi muñeca y sólo pienso en que quiero metérsela, toda, hasta el fondo... Su cuerpo se estremece y sé que estoy a menos de diez segundos. Mis dedos entran fuerte y se unen, apretando y cuento cada vez que la penetro porque sé qué está a punto de terminar. Uno, aprieto. Dos, grita. Tres, se pone rígida y es hora...
— Thiago… Thiago bebé me voy a correr…
Nop, así no.
Un segundo. Le doy la vuelta. La siento de frente a mí. La penetro y la rodeo con los brazos porque necesito un ancla. Maldita sea me quiero venir dentro de ella. ¡Ya!
— Ahora sí, nena. Ya es hora de gritar...
Cierro mis manos sobre las suyas, todavía amarradas detrás de su espalda y empujo con fuerza. A Dios gracias falta poco, tan poco… siento sus paredes estrechas devorándome completamente, apretando. La beso, siento su aliento en mi rostro, me muevo más rápido cerrando los ojos sobre sus pechos. Layla grita por fin, echa atrás la cabeza y muerdo su cuello, empujo una, dos, tres, cuatro veces y me dejo ir detrás de sus gritos.
Sus pechos suben y bajan delante de mi boca mientras intenta recuperar el aliento. Le doy un lametón a uno de sus pezones y se inclina hacia adelante, dejando que su frente descanse sobre la mía. Veo que su naricita se arruga de repente y no puedo evitar asustarme.
— ¿Te duele algo? — la palpo por todos lados.
— Sólo el hombro, pero poquito. — asegura.
Libero sus manos y rodea mi cuello. Busca mi boca y me da un beso suave, uno de esos que derriten los polos.
— Eso… fue muy interesante. — declara con una sonrisa llena de malicia.
— ¿Significa que quieres repetirlo? — intento bromear, pero su respuesta no me da risa, sólo me pone duro otra vez.
— Repetirlo… explorarlo…profundizarlo…
¡Ayúdame diosito! ¡He despertado a un pequeño monstruo!
ThiagoTres meses después.Estoy nervioso… debo ser el novio más nervioso en la historia de los novios nerviosos, pero saberlo no hace que se me quite. Estoy dando vueltas de un lado al otro del altar mayor de esta iglesia. Vestido de pingüino, de pajarita y flor y zapatos de charol y… Vamos que soy el paquete completo de galán de telenovela que se muere por la damita…¡Y es que de verdad me muero por ella!Amo a Layla. Más de lo que llegué jamás a soñar con amar a ninguna mujer.Ha
LaylaSeis meses después.Salgo de la oficina con paso rápido. Tengo tantas cosas que hacer que apenas he tenido tiempo hoy de tomarme un café con Thiago y darle a Theo el mar de besos matutinos al que está acostumbrado.— Nita, te dejo los bocetos del casino. — digo poniendo el tubo lleno de planos sobre su mesa y me acero para darle un beso apurado — A partir de este momento estoy “¡out!”Nita se hecha a reír porque sabe lo que significa: durante toda la semana trabajo como una posesa pero apenas llega el viernes mi cerebro pone la marcha atrás y sólo si
ThiagoDecir que se me quiere salir el estómago por la boca es poco. Layla está llorando en silencio en una esquina del jardín, rodeada de los hombres de Easton que no están vigilándola, sino por el contrario, la asisten como si fuera una persona importante para Ruben.El tiempo parece detenerse mientras mi mano se posa sobre las heridas de Grillo, pero maldita sea, sólo tengo dos manos. Easton se saca el traje y le pone el saco envuelto bajo la cabeza. Luego presiona la herida de la que más sangre está brotando. Sé que está dando órdenes por todos lados, pero yo no puedo escucharlo.Mi atención está en el ro
LaylaBusco la mano de Thiago y siento a mi derecha la presencia de Grillo. No ha venido nadie más.El equipo de asalto atrapó a los hombres que entraron en nuestra casa, estaban todos en el galpón abandonado, supongo que le hicimos un favor a Percy al deshacernos de sus secuaces, no quería pagarles de cualquier forma. Todos fueron entregados debidamente a las autoridades, pero no antes de que Grillo se divirtiera rompiéndoles los huesos. Quisiera decir que fue un ojo por ojo por lo que sucedió con Andro y con Romo, pero lo cierto es que ni se acerca._ Tengo miedo. _ confieso.E
Thiago— ¿Cómo no se te ocurrió decírmelo? — quiero matarlo, quiero ahogarlo con mis propias manos pero el muy hijo de puta es tan grande que sería inútil — ¡¿Cómo no me lo dijiste, cabrón?!Grillo mira al suelo mientras Layla se apoya en el escritorio del despacho de la mansión. Russo se ha quedado gritando en la biblioteca y honestamente no sé si alguien lo ayudó, no me interesa.— No era relevante. — me responde Grillo con la mirada en el suelo pero sé que no es por mí, es por Layla. Le importa diez veces más lo que ella piense que lo que pueda pensar yo.
LaylaAbro los ojos.Me duele tanto la cabeza que apenas puedo mover el resto del cuerpo.La luz me hiere lo párpados pero no puedo dejar de intentarlo…Muevo las manos y me encuentro con una superficie suave y rara. No puedo distinguirla, las puntas de los dedos me cosquillean y me anulan el tacto.Intento recordar algo antes de este maldito dolor de cabeza:Hoy es martes… creo.