LOGINThiago
Todo lo que puedo recordar es que corremos. Corremos como locos y no es por escapar, es que sencillamente ya no queremos estar aquí. El vestido de Layla pasa por aeropuerto, se tropieza con todo en el avión, nos asfixia en el auto de regreso a casa y antes de que pueda poner de nuevo los pies en la realidad ya estamos en Montecarlo.
Theo ha estado todo este tiempo en mis brazos. Me sonríe y juega con sus figuras de acción. Todos reímos tanto que creo que se siente contagiado. Jamás he visto a Layla tan feliz como cuando me dijo que no en la iglesia. Esa es la mujer que amo. Esa es la alegría que siempre quiero ver en ella, y creo que Theo puede percibirlo también porque no ha dejado de abrazarla y hacerle caritas.
Los veo jugar y tengo el corazón en paz. Esta es mi familia, la que he buscado tanto, por la que de verdad vale la pena luchar.
— ¡Papi quiero helado! — el corazón se me enciende como un bombillito de neón cada vez que me dice “papi”. Theo está tan exaltado como nosotros y ¡al demonio, hoy se puede comer lo que quiera!
— ¡Yo también quiero helado! — aseguro acuclillándome frente a él — ¿Por qué no le dices a tu tío Grillo que te lleve a comprar de todos los sabores que quieras?
Grillo me abre mucho los ojos y levanta las cejas, riéndose de la finalidad de mi propuesta, que aunque no es obvia para Theo, es muy clara para él.
— ¡Quién me iba a decir que después de esculpir este cuerpazo con tanto esfuerzo iba yo a terminar de “baby sister”! — dice con dratismo.
— Tarado, se dice babysitter. — lo corrijo.
— ¿Y a mí qué me importa? ¡Yo soy lo suficiente lindo para ser “sister”! — hace un gesto fresa, como si estuviera echando atrás una cabellera invisible y veo que Layla lo abraza con fuerza. Grillo me hace ese gesto característico señalándose los ojos y luego a mí, que significa que me tendrá vigilado, y luego se dirige a mi hijo — ¡Vamos Frodo! ¡Hay que entretenernos en lo que tus padres te hacen hermanitos!
Layla se pone colorada y yo me río.
Theo lo mira con una risa traviesa y sólo pregunta:
— ¿Batman?
Grillo asiente y lo carga en sus brazos.
— ¡Batman será! ¿Crees que tu tío Grillo se parece a Batman? — se van mientras Theo niega con insistencia — ¿No? ¿Quién crees que es mejor?
Me giro hacia Layla cuando la puerta se cierra tras ellos y veo que está acariciándose las manos con nerviosismo. Me quito la pajarita del traje mientras me acerco a ella. Todavía estamos vestidos de novios y tengo toda la intención de celebrar la luna de miel que nos merecemos.
— ¿Estás bien? — pregunto rozando su mejilla con suavidad y niega.
— No. — sé que tiene mucho dentro todavía — Estoy… no puedo creer todo esto. He pasado tanto tiempo teniéndole miedo a Russo que todavía siento que nos puede lastimar.
— Nena, Russo no puede hacerles nada ya. Déjalo atrás. — intento tranquilizarla, pero entiendo su preocupación. Yo también estoy preocupado, tanto que he sacado a Romo y Andro del club y están vigilando la casa, pero Layla no tiene que saberlo.
Cierra los ojos mientras pongo las manos en sus caderas, por encima de todos los vuelos del vestido, y la estrecho como si hubieran pasado meses desde la última vez que lo hice. Así se ha sentido. Me devuelve el abrazo apretado y su mejilla roza con la mía, es ese roce suave que se corre poco a poco hasta que mis labios encuentran los suyos y mi lengua explora su boca con suavidad.
Esta vez tengo tiempo. Esta vez entiendo y reconozco que estoy enamorado de esta mujer y un día… un día voy a lograr que se case conmigo con una sonrisa.
Acaricio su cuello, la pequeña curva se su garganta y llego al nacimiento de sus senos. Se estremece bajo el contacto y yo bajo la cabeza, buscando esa piel perfecta que se pierde en el borde superior del vestido. Dejo correr mi lengua sobre ese palmo de piel que anuncia unos pezones rozados y turgentes, y la escucho gemir con necesidad.
Me pongo duro en un solo segundo.
— Creo que tenemos un problema, nena. — advierto con voz entrecortada.
— ¿Cuál? — pregunta y se muerde los labios mientras su piel se eriza bajo la humedad de mi lengua.
— Con ese vestido yo debería estar queriendo hacerte el amor como a una princesa… — jadeo tirando del corsé hacia los lados para dejar sus pechos descubiertos. Meto la cabeza entre los dos, y luego la giro para morder un poco uno de ellos — Nena yo no soy así… Lo siento pero ser un príncipe no es lo mío… y no sé por qué pero verte vestida así sólo me pone peor. Lo único que quiero es darte duro. — confieso porque no puedo hacer nada más — Necesito hacerte gritar… — muerdo uno de sus pezones y gime — esa es mi música, nena. La quiero escuchar siempre, a toda hora.
A pesar de mis pobres joyitas lastimadas tener a Layla dispuesta me descontrola. La erección amenaza con abrirme la bragueta y veo que pasa sus manos sobre ella, apretando un poco hasta arrancarme un gruñido sordo.
— ¡Mierda! — no puedo evitar el gesto.
— ¿Todavía te duele? — muerde mis labios y mi cerebro empieza a entrar en ese trance en que no reconoce la palabra “detente”.
— Sí me duele, pero me duele porque hace quince días que no te pruebo, hace quince días que no me entierro dentro de ti y me corro como si fuera lo último que haré en la tierra. — contesto mientras mi respiración se hace más superficial.
Layla abre completamente mi camisa y siento sus dientes en mi pecho, es mordelona la condenada, pero vale cada marca que me deja. Abre mi pantalón, me rodea con sus manos y las mete bajo el bóxer tocándome las nalgas. Me reiría de su curiosidad si no tuviera su boca en mi cuello y su vientre moviéndose con malicia contra mi erección.
— No juegues conmigo. — advierto porque realmente siento que ha sido demasiado tiempo sin ella.
— ¿Entonces qué chiste tiene? — me reta y hago lo único que me pide el cuerpo: atrapo le moño que tiene sobre la nuca y tiro de su cabeza hacia mí para hundirle la lengua en la boca.
La beso con desesperación y me lo regresa de la misma manera. ¡Oh, sí! Esto va a ser sexo duro, rápido y efectivo. Me arranca la camisa de un tirón y yo quisiera hacer lo mismo con el vestido pero no puedo. Después de todo me encanta que lo traiga puesto.
Apenas podemos respirar. Mete la mano en mi bragueta y saca mi miembro, me masturba con suavidad, como si quisiera despertarlo más de lo que ya está. La tomo de la cintura y la giro, poniendo sus manos sobre la barra de la cocina. Esta posición tiene un significado muy especial para los dos y quiero probarla con este vestido. Empujo su cuerpo hacia a delante y jadea cuando sus pechos descubiertos se pegan a la superficie fría, apoya la frente sobre ella mientras yo levanto la seda y el encaje y cuanta capita me aleje de su sexo.
Meto dos dedos en su interior sin siquiera avisar y la veo apretar los párpados y cerrar los dedos sobre el borde de la mesa, sosteniéndose. ¡Eso se ve tan sexi que no puedo aguantarlo más!
Pongo mi antebrazo derecho sobre sus omóplatos, haciéndola prisionera en esa posición y empiezo a meter y sacar mis dedos suavemente de su coño. Su cara se relaja, se muerde un poco los labios.
— ¿Lo estás disfrutando, nena?
Asiente con los bien cerrados y una sonrisita que borro en un instante cuando me entierro en ella completamente—
— ¡Aaahh! — el gemido muere en su garganta cuando salgo casi completamente y sabe lo que voy a hacer.
— Palabras, Layla, palabras… — mi cuerpo se empuja hacia adelante y Layla grita. Siento el fondo de su sexo contra mi glande. Está demasiado apretada, y pasar de disfrutar dos deditos a sufrir a este monstruito hambriento…
— ¡Síiiiii, sí lo estoy disfrutando, Thiago, no pares! — gime y eso me enciende más.
Con los senos afuera, el vestido levantado sobre las nalgas, las piernas completamente abiertas que no le llegan al piso y esos jadeos que de cuando en cuando se convierten en gritos, Layla es la criatura más sexual que existe sobre la tierra.
El golpe seco de mis caderas contra ella hace eco en la casa. La penetro con fiereza, sintiendo cada centímetro de tejido húmedo y caliente que toco a mi paso. Su coño me engulle con avidez, como si tuviera vida propia. Bajo los ojos y el espectáculo es hermoso. Mi miembro sale haciéndola temblar y cuando entro de nuevo es como si de verdad pudiera romperla, como si fuera un taladro vivo que abre una brecha en su interior ¡una! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! Grita. ¡cinco! ¡seis! ¡siete! Sus dedos se vuelven blancos y siento cómo lucha con todas sus fuerzas por incorporarse. Si levantara un poquito, sólo un poquito la espalda, yo no podría llegar tan adentro, pero en esta posición está completamente dominada, completamente abierta y mi verga empuja la entrada de su útero con violencia.
— Espera… — apenas si puede hablar y yo siento el primer latigazo. Aquí viene…
Subo el ritmo, más rápido, más duro, Layla grita.
— Pensé que te gustaba que te doliera, nena. — río sin dejar de bombear con fuerza. Siento su líquido mojando entre los dos, mis manos resbalan sobre su trasero y le doy un cariño en forma de nalgada. Siento el sudor, el deseo, el hambre. Llego hasta el fondo, empujo fuerte, sin miedo, sin piedad, ¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡duro! De mi boca solo salen gruñidos desesperados.
Grita, Layla grita sin que se lo pida, mientras su cuerpo se contrae con las sacudidas de un orgasmo, su coño de cierra sobre mi miembro con tanta fuerza que me hace correrme de inmediato, soltando dentro de ella todas las ganas que le traigo.
Está sonriendo como una niña cuando le doy la vuelta, laxa y cansada, pero aún así me mira con una cara que dice: Esto no ha terminado.
— Ven, — me besa con suavidad y tira de mí hacia el jardín; y si el corazón se me pone a mil, no quieren imaginar cómo está de nuevo mi amigo sólo de ver lo que Layla está a punto de hacer.
Nuestra casa está alejada y la barda de concreto se eleva hasta los cinco metros de alto, pero eso no quita que esto tenga su toque de exhibicionismo y no puedo evitar el morbo que me provoca. Tener a Layla aquí… con el aire rozando su piel desnuda…
Empieza a quitarse capa tras capa del vestido, desojándose como una margarita. Hasta que sólo queda un camisón ligero por el que se transparenta completamente su desnudez. Sus ojos me llaman y saco lo que me queda de ropa para acercarme a ella.
— ¿Todavía no está satisfecha mi mujer? — levanto una ceja y la veo intentar el gesto más inocente del mundo.
— Fueron quince días. — se queja, pestañeando coqueta.
— Estás justo como para hacerte un doscientos trece. — me río sobre su oreja y empiezo a desnudarla de lo poco que lleva puesto todavía.
— ¿Y eso qué se supone que sea? — se burla — ¿La versión extendida del sesenta y nueve?
— No, es cuando nos metemos dos, en una cama, para que salgan tres.
— Bueno, si cambiamos la cama por una de estas tumbonas puedes hacerme tantos como quieras…
Su piel se eriza y siento el escalofrío que la recorre cuando la atraigo y nuestros cuerpos se unen. Hay demasiado calor todavía, demasiadas ganas, demasiada lujuria entre los dos, pero aunque no lo crea, aunque todavía no lo sienta, lo que acabo de hacerle no fue gentil y si lo repite va a estar con inflamación pélvica tres días y ¿adivinen quién pierde? ¡Así es, pierdo yo!
La beso con suavidad mientras nuestros cuerpos recuperan la energía y el calor de hace algunos minutos.
— Nena, hay algo que tengo muchas ganas de hacer. ¿Podrías complacerme?
Me mira con recelo porque sabe que no me falta imaginación precisamente, pero termina asintiendo. La empujo hacia la cama de exterior que tenemos en el jardín, con grandes doseles y blancas cortinas.
— Siéntate. — le pido.
Lo hace y yo pongo dos cojines tras su espalda para que quede un poco levantada, separo sus piernas y me quedo de rodillas frente a ella. es tan hermosa que tengo que reprimir un quejido. Me duele el cuerpo de la tensión tan profunda que me provoca.
— Tócate. — no sé si es una súplica o una orden pero sé que es convincente cuando ella me mira a los ojos y lleva despacio la mano sobre su clítoris. Sus dedos se mueven en círculos mientras la excitación crece y veo cómo las contracciones de placer expulsan mi semen de su interior poco a poco.
Layla es tan malvada que lo usa como lubricante y se mete los dedos mientras su frente se arruga en un gesto de placer.
Me encanta verla, tan libre, tan sucia, tan mía. Es MI mujer y no hay desnudez ni sexo que pueda competir con lo que eso me provoca. Levanto una de sus piernas y apoyo su pequeño pie contra mi hombro, mordiendo suavemente su tobillo. Empuño mi miembro y no es para penetrarla, sencillamente quiero verla mejor, más abierta mientras me masturbo.
Layla no deja de mirarme a los ojos. Gruñe a veces mientras hace movimientos más rápidos. Mira mis manos y boca, sé que las necesita pero ahora mismo estoy embebido en sus movimientos y sólo quiero verla terminar. Jadea, gime, se penetra, mueve las caderas, se muerde los labios y en un punto empieza a gritar de nuevo. ¡Oh, sí, qué bien educada mi nena! Mis movimientos arrecian hasta que siento el orgasmo bajarme por toda la columna vertebral hasta las pelotas, a mi vientre, y de ahí salir disparado en chorros que manchan el coño de Layla, su abdomen y senos.
Me echo a reír. Soy un hombre feliz, feliz y satisfecho, no puedo negarlo.
Me encantaría quedarme toda la tarde haciendo ese doscientos trece para Layla pero no quiero que mi hijo llegue de repente y nos encuentre en este deplorable estado. Sí, deplorable, porque después de dormir tan poco y albergar tantas preocupaciones, no podemos decir que nuestro aspecto sea algo mejor que deplorable.
Esta vez sí tomo a Layla en mis brazos y me la llevo a nuestra habitación. Nos damos el baño que necesitamos y le doy la vuelta en la cama para acurrucar su espalda contra mi pecho. Me gusta así, me siento protector.
De repente recuerdo algo importante. Busco el dichoso papelito donde lo dejé al llegar y se lo muestro a Layla. Lo lee de prisa y abre mucho los ojos, como si no supiera qué creer.
— “Por este medio yo, Thiago D´cruz, declaro públicamente que decidido renunciar de forma inmed…” — lee en voz baja y se calla — Esto es…
— Una declaración jurada. — explico — Significa que renuncio al título de mi padre, y también a heredarlo si él y mi hermano falleciesen.
— Thiago… — su voz todavía es suave e insegura — Si acuñas esto jamás tendrás acceso a ese título. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
Busco su boca con lentitud porque necesito que me entienda y que me crea.
— Nena, míralo bien… está acuñado desde hace quince días.
ThiagoTres meses después.Estoy nervioso… debo ser el novio más nervioso en la historia de los novios nerviosos, pero saberlo no hace que se me quite. Estoy dando vueltas de un lado al otro del altar mayor de esta iglesia. Vestido de pingüino, de pajarita y flor y zapatos de charol y… Vamos que soy el paquete completo de galán de telenovela que se muere por la damita…¡Y es que de verdad me muero por ella!Amo a Layla. Más de lo que llegué jamás a soñar con amar a ninguna mujer.Ha
LaylaSeis meses después.Salgo de la oficina con paso rápido. Tengo tantas cosas que hacer que apenas he tenido tiempo hoy de tomarme un café con Thiago y darle a Theo el mar de besos matutinos al que está acostumbrado.— Nita, te dejo los bocetos del casino. — digo poniendo el tubo lleno de planos sobre su mesa y me acero para darle un beso apurado — A partir de este momento estoy “¡out!”Nita se hecha a reír porque sabe lo que significa: durante toda la semana trabajo como una posesa pero apenas llega el viernes mi cerebro pone la marcha atrás y sólo si
ThiagoDecir que se me quiere salir el estómago por la boca es poco. Layla está llorando en silencio en una esquina del jardín, rodeada de los hombres de Easton que no están vigilándola, sino por el contrario, la asisten como si fuera una persona importante para Ruben.El tiempo parece detenerse mientras mi mano se posa sobre las heridas de Grillo, pero maldita sea, sólo tengo dos manos. Easton se saca el traje y le pone el saco envuelto bajo la cabeza. Luego presiona la herida de la que más sangre está brotando. Sé que está dando órdenes por todos lados, pero yo no puedo escucharlo.Mi atención está en el ro
LaylaBusco la mano de Thiago y siento a mi derecha la presencia de Grillo. No ha venido nadie más.El equipo de asalto atrapó a los hombres que entraron en nuestra casa, estaban todos en el galpón abandonado, supongo que le hicimos un favor a Percy al deshacernos de sus secuaces, no quería pagarles de cualquier forma. Todos fueron entregados debidamente a las autoridades, pero no antes de que Grillo se divirtiera rompiéndoles los huesos. Quisiera decir que fue un ojo por ojo por lo que sucedió con Andro y con Romo, pero lo cierto es que ni se acerca._ Tengo miedo. _ confieso.E
Thiago— ¿Cómo no se te ocurrió decírmelo? — quiero matarlo, quiero ahogarlo con mis propias manos pero el muy hijo de puta es tan grande que sería inútil — ¡¿Cómo no me lo dijiste, cabrón?!Grillo mira al suelo mientras Layla se apoya en el escritorio del despacho de la mansión. Russo se ha quedado gritando en la biblioteca y honestamente no sé si alguien lo ayudó, no me interesa.— No era relevante. — me responde Grillo con la mirada en el suelo pero sé que no es por mí, es por Layla. Le importa diez veces más lo que ella piense que lo que pueda pensar yo.
LaylaAbro los ojos.Me duele tanto la cabeza que apenas puedo mover el resto del cuerpo.La luz me hiere lo párpados pero no puedo dejar de intentarlo…Muevo las manos y me encuentro con una superficie suave y rara. No puedo distinguirla, las puntas de los dedos me cosquillean y me anulan el tacto.Intento recordar algo antes de este maldito dolor de cabeza:Hoy es martes… creo.