LOGINThiago
El silencio, que tantas veces me ha traído la paz en lugares como este, ahora de repente me resulta abrumador. He estado más de una hora apoyado en la puerta del baño, pensando, esperando que Layla salga porque las cosas no pueden quedar así.
Ya me he dado todas las bofetadas mentales que podía, ahora sólo faltan la reales y esas me las merezco todas.
Lo bueno del silencio es que puedo pensar.
Yo no soy este hombre y no estoy dispuesto a convertirme en él ni siquiera para darle el gusto a mi padre. Sé que soy egoísta queriendo que me quiera, que me acepte como soy… ¿pero por qué tiene que hacerlo si ni siquiera yo me acepto como soy? ¿No estoy haciendo esto, dispuesto a pagar sesenta millones sólo para ser aceptado por gente a la que ni siquiera le importo?
No, lo hago por mi padre, esto es lo que él quiere, pero la excusa es pobre.
Ahora, lo malo del silencio es que ya se ha extendido por demasiado tiempo. Me atrevo a girar la manija de la puerta y veo que no tiene seguro. Toco dos veces, tres, nadie contesta.
Después de lo que acaba de pasar, este tigre no tiene ganas de ganarse otra raya, pero me preocupa que pueda haberle pasado algo. Asomo la cabeza y la veo en el jacuzzi, cubierta de espuma y completamente dormida.
La saco porque tengo miedo que se hunda. Ni siquiera se despierta mientras la llevo a la cama, la seco y le pongo una bata. Sé que no está ebria porque apenas se ha tomado dos copas de champaña, pero debe estar muy cansada. Sé que en parte es mi culpa y es la primera vez que no estoy orgulloso de dejar rendida a una mujer.
Me disculpo con ella, le explico, le digo todo lo que debí decirle y no sé si lo hago ahora porque me está comiendo la culpa o porque espero que no pueda recordarlo mañana. Intento acostarla para que descanse y me empuja con uno de sus pequeños pies. Lo único que logra es enseñarme más de lo que ahora quisiera ver.
Sobre su cadera derecha se extiende una fina línea morada y sé que la provoqué yo con el tirón que le di a su braga. Deslizo mis dedos sobre la marca y sé que es algo que no me voy a perdonar. Ella puede no ser una buena persona, pero yo no tengo por qué ser igual.
— Aprovéchame ahora, D´cruz. — me gruñe y trato de saber qué tan dormida está — ¡porque mañana te voy a enseñar lo que es una puta aristócrata inglesa! — no puedo evitar el asombro, jamás esperé escuchar palabras indecentes de su boca — Espera… espera… no quise decir una aristócrata inglesa pu…
— Sé lo que quisiste decir, Layla. — no puedo evitar reírme. Sí, tiene que estar dormida, de lo contrario estuviera midiendo sus palabras.
La veo cerrar los ojos y vuelve a ser la chica a la que le hice el amor detrás de una barra, con la que dormí en un sofá mugroso. Al menos eso es lo que quiero ver, tengo el corazón más traicionero de la historia.
Me inclino y le doy un pequeño beso. Suficiente para que me haga un gesto obsceno.
La cubro con uno de los edredones y me voy. No puedo dormir con ella y no quiero dormir en otro lugar.
Me dan las seis de la mañana en el desayunador de la cocina, y sólo reacciono cuando la siento andar de puntillas detrás de mí. Parece que tampoco ha logrado dormir mucho.
Trae puesto un jean azul oscuro y una camiseta ancha que le descubre un hombro. Supongo que encontró su closet preparado, pero me sorprende verla vestida tan informal.
Se frota los ojos, se sirve café y se sienta en una banqueta alta frente a mí.
Nos quedamos mirándonos por algunos minutos y ninguno habla. Supongo que no sabemos qué decirnos, pero sus ojos son dos pozos sin fondo así que supongo que debo empezar yo.
— Buenos días…— ¡soy tan elocuente!
— Buenos días. — me responde y su expresión es tan indescifrable que no tengo idea de cómo voy a seguir.
— No dormiste mucho. — ¡Bravo Thiago! ¿Puedes ser un poquito más obvio?
— Ajá.
Bueno, en un concurso por el más elocuente no ganamos ninguno de los dos.
— Veo que encontraste el closet.
Layla mueve un poco al lado la cabeza y me mira como si de repente dudara de mi inteligencia. Se limita a no contestarme que es exactamente lo que me merezco.
— Voy a salir dentro de un rato. ¿Quieres ir conmigo? — ni siquiera le digo a dónde voy. ¿Por qué estoy tan torpe?
— ¿Puedo elegir? — su tono es suave pero no muestra ninguna emoción.
— ¡Por supuesto que puedes elegir! ¡No es que hayas venido en calidad de prisionera ni…! — levanta una ceja y me callo porque mis acciones me contradicen rotundamente — ¡Ya sé, ya sé! — ruedo los ojos — Sí, puedes quedarte si es lo que quieres.
Mira hacia afuera, la terraza, la alberca, el día de sol que nos espera y entiendo que prefiere pasarlo en una agradable soledad que con el hombre que está forzándola a una vida que no quiere.
— ¿Quieres que te traiga algo?
Empujo hacia ella un pequeño block de notas y una pluma. Lo toma y escribe sólo una cosa. Me sorprendo de que sea tan poco pero cuando lo leo me atraganto con el café.
— ¿Tres cajas de… de…? — no puedo decirlo. ¿Desde cuándo soy tan mojigato?
— D-e p-í-l-do-r-a-s d-e-l d-í-a d-e-s-p-u-é-s. — me habla como si fuera tonto.
— ¿Para qué quieres tres cajas? — arrugo el entrecejo y al instante me doy cuenta de que no debí preguntar.
— No sé cuándo se te ocurra de nuevo querer probar la mercancía. — no hay un solo toque de sarcasmo en su voz, sólo un amago de resignación que no me creo.
Respiro hondo porque no quiero empezar una pelea. Ya no.
— No te voy a volver a tocar. — aseguro.
La verdad no tengo idea de cómo voy a hacerlo, sólo que me encierre en un cuarto blindado o ella use una tanga con púas…
— ¿De veras? — su tono es incrédulo pero siento como si de verdad quisiera confiar en mí.
— De veras. No he podido dormir pensando en que mi madre me arrastraría a su tumba si supiera lo que estoy haciendo. — me paso la mano por el cabello y me despeino — Sé que no se vale que lo diga pero yo no soy así. Anoche me disculpé contigo. — aseguro.
Sólo recibo silencio.
— Supongo que no lo recuerdas porque estabas medio dormida. — insisto.
Ni una palabra. Layla solo bebe su café y me mira como si fuera un rompecabezas difícil de descifrar.
— Mira Layla no quiero pelear. — levanto las manos en señal de rendición — Yo soy un idiota, y tú eres como eres. Vamos a dejarlo ahí. Sé que no quieres casarte conmigo porque estás enamorada de otro.
Su nariz se arruga un segundo pero no me desmiente. No sé por qué me molesta tanto. Es obvio que él estaba en su vida mucho antes de que yo llegara. ¡Ah, sí! Es porque le gusta acostarse conmigo aunque esté enamorada de otro y esa no es la imagen que quiero tener de ella.
— La cuestión es, — continúo porque esto tiene que resolverse — que necesito este matrimonio. No ha sido fácil para mi padre encontrar esposa para un bastardo. Por eso estamos aquí. Tu padre quiere dinero y el mío asegurar su legado.
— Entiendo. — es todo lo que sale de su boca.
— No estoy dispuesto a estar dos años peleándome contigo. Sé que no me caso por amor pero tampoco quiero ir a la guerra. Ya no. — levanto los hombros con un gesto de cansancio — Si podemos hacer algo para negociar la paz por dos años, sólo dime cómo. Y si quieres irte dímelo también para ponerte en el primer vuelo de regreso a Londres.
Layla me mira por un largo segundo. Sé que está evaluándome, sopesando sus opciones y sé que se quedará con la que mejor le convenga. Tengo sentimientos tan encontrados que me decepcionaría que yo no fuera su decisión. ¡Maldición! ¿Cuándo me puse tan blandito?
— Quiero ganar dinero. — es tan directa que me sorprende. No hay un ápice de vacilación en su voz.
Bueno, a esto teníamos que llegar, era evidente. Estoy seguro de que Russo no la dejará ver ni una libra de los sesenta millones y al final es ella la que se está “sacrificando”.
Empujo de nuevo el bloc y la pluma en su dirección.
— Muy bien, escribe una cifra.
Frunce el ceño y hace un ademán de incomprensión.
— ¿Cómo puedo escribir una cifra? No sé cuánto les pagas a tus arquitectos.
Mi cara debe ser un poema porque abro mis ojos y mis labios se separan pero no llego a hablar. Estoy preparado para pagarle por que sea mi esposa, por que me enseñe, como dice, a ser parte de la aristocracia inglesa, pero no esperaba que me pidiera…
— ¿Me estás pidiendo trabajo? — pregunto porque necesito que me lo confirme.
— Sí. ¿De qué otra forma creíste iba a ganar dinero? — me increpa con rabia contenida — ¿Acostándome contigo?
Encajo el golpe pero entiendo por qué puede pensar eso. He sido bastante cínico las últimas horas.
— No, pensaba que podía pagarte por enseñarme sobre la aristocracia inglesa. — aseguro y veo que su rostro se relaja.
— Torturarte es un trabajo que puedo hacer gratis. — dice sirviéndose más café — Si quieres aprender sobre los viejos estirados puedo enseñarte por otro módico precio.
— ¿Y cuánto me costaría? — sé que voy a arrepentirme de preguntar.
Layla se revuelve en su silla y presiento que le resulta incómodo pedir lo que va a pedir. Rodea la barra, se para frente a mí y creo que está tomando aire para darse valor.
— Quiero que me envíes a Londres un día cada semana.
Cierro los ojos y mis dientes chocan. Layla quiere un día para su amante, no se puede aguantar ni un maldito mes para verlo. ¿Qué tiene que hacer esta mujer para que yo entienda que no le intereso? ¿Tan masoquista soy?
— Bueno, te dije que estaba dispuesto a negociar, así que acepto. — mi voz es grave y sé que algo de resentimiento se destila en ella — Te enviaré a Londres cada sábado. Te irás y regresarás en mi avión el mismo día. Espero que seas lo suficientemente discreta como para no darme dolores de cabeza.
Sus ojos se iluminan y pareciera que está a punto de lanzarse y abrazarme. ¡Mierda, debe estar loca por ese tipo! No, no lo está o no se hubiera acostado conmigo… ¡Ya no sé qué pensar!
— Ni siquiera te darás cuenta de que me he ido. — asegura con una sonrisa que no puede disimular — Gracias.
— Ni lo menciones. — me levanto y me llevo el café a la terraza, ella camina detrás de mí cono si quisiera decir algo — No, en serio, ni lo menciones.
— Quería preguntarte por el trabajo. — dice cambiando de tema.
Me acerco a una de las tumbonas que está frente a la alberca y ¡qué diablos! me tiro sobre una como si acabara de correr la maratón de los cuarenta y dos kilómetros.
—¿Sabes? Si necesitas dinero puedo sólo pagarse por ser “mi esposa” — hago comillas con los dedos para que entienda que no lo seremos en realidad — Al final de cuentas soportarme va a ser más pesado que cualquier trabajo.
—Te agradezco el ofrecimiento, pero esa no es la forma en que quiero obtener dinero de ti. —asegura y puedo jurar que ha cambiado un poquito ante mis ojos. ¿Quién eres de verdad, Layla Stafford?
— ¿Eres arquitecta, entonces? — pregunto con curiosidad, porque de todas las cosas que imaginé sobre ella, esta no la tenía contemplada.
— Así es. — se sienta en otra tumbona pero sus rodillas apuntan en mi dirección así que está atenta a lo que conversamos.
Parece extrañamente relajada, como si lo que ocurrió anoche jamás hubiera sucedido.
— ¿Y te gusta?
— Por supuesto. Amé cada segundo de mi carrera y me encanta la arquitectura. — se nota, su voz se exalta y por momentos hasta parece feliz — Odio ver cómo se destruyen los antiguos palacios y las villas porque sus dueños no hacen nada por mantenerlos… o no pueden. ¿Recuerdas la villa de los Cumberland?
Entrecierro los ojos. Nunca recuerdo los títulos, menos los apellidos, menos que menos los que me dan risa.
— Donde nos conocimos… — aclara y de repente nos miramos a los ojos y siento que nos estamos sonrojando los dos y que no tiene nada que ver con el sol en el cielo.
La villa de los Cumberland no fue sólo donde nos conocimos, fue donde se nos olvidó que éramos dos seres racionales para terminar haciendo el amor como si fuéramos dos gatos en celo… bueno no, yo como un león…
— Sí, recuerdo. — digo para sacarme la idea de la cabeza.
— Esa villa se está cayendo a pedazos. La gente que vive en ella e incluso los que la visitan no entienden la maravilla que es. — se queja y me sorprende que le importe tanto — Están tan acostumbrados a verla que no la valoran. Si yo tuviera dinero para invertir la compraría para restaurarla.
Asiento despacio.
— ¿Tanto te gusta?
— Es mi sitio favorito en todo el mundo. — pero ya no dijo por qué.
— Se nota que la arquitectura te apasiona. ¿Por qué no la ejerces?
Layla deja la taza de café vacía a un lado de la tumbona y se gira para quedar de frente a la alberca igual que yo.
— Lección número cuatro D´cruz: una dama inglesa jamás trabaja. — asegura con algo que se parece a la tristeza.
— ¿Lección cuatro?
— Uno: tienes que aprender a ser hipócrita. — va contando con los dedos — Dos, una dama inglesa jamás pregunta. Tres: una dama inglesa jamás protesta. Cuatro: una dama inglesa jamás trabaja. Ve anotando, que no voy a estar repitiéndolo a cada rato. — me advierte.
Me río, no puedo evitarlo. Odio y amo a un tiempo la forma en que me siento cuando estoy junto a Layla, aunque es evidente que hablamos de los temas más triviales para evadir los más escabrosos.
— Bueno, si quieres trabajar para mí ve a cambiarte. — le digo — Tengo junta a las doce del día y mis arquitectos tienen que estar en ella.
Se levanta y parece que quiere comerme… a preguntas.
Entramos a la casa tratando de no mirarnos demasiado y lo primero que encontramos es a la chica del servicio que Lucrecia contrató para nosotros.
— Señor D´cruz, señora D´cruz, buenos días. — dice acercándose con una sonrisa — Mi nombre es Anna y me encargaré del servicio.
— Encantada. Anna. — saluda Layla con cortesía.
Yo me conformo con inclinar la cabeza. Estoy a punto de seguir mi camino cuando su vocecita chillona me detiene.
— Disculpe, señor, pero ha recibido un mensaje. La señora Lucrecia me advirtió que no lo fuera a molestar mientras tomaba su café, así que he esperado hasta ahora.
Me extiende una tarjeta y se me cae el alma a los pies porque está escritas en letras grandes y Layla consigue leerla.
De parte del señor Stafford:
¿Qué le ha parecido la mercancía?
ThiagoTres meses después.Estoy nervioso… debo ser el novio más nervioso en la historia de los novios nerviosos, pero saberlo no hace que se me quite. Estoy dando vueltas de un lado al otro del altar mayor de esta iglesia. Vestido de pingüino, de pajarita y flor y zapatos de charol y… Vamos que soy el paquete completo de galán de telenovela que se muere por la damita…¡Y es que de verdad me muero por ella!Amo a Layla. Más de lo que llegué jamás a soñar con amar a ninguna mujer.Ha
LaylaSeis meses después.Salgo de la oficina con paso rápido. Tengo tantas cosas que hacer que apenas he tenido tiempo hoy de tomarme un café con Thiago y darle a Theo el mar de besos matutinos al que está acostumbrado.— Nita, te dejo los bocetos del casino. — digo poniendo el tubo lleno de planos sobre su mesa y me acero para darle un beso apurado — A partir de este momento estoy “¡out!”Nita se hecha a reír porque sabe lo que significa: durante toda la semana trabajo como una posesa pero apenas llega el viernes mi cerebro pone la marcha atrás y sólo si
ThiagoDecir que se me quiere salir el estómago por la boca es poco. Layla está llorando en silencio en una esquina del jardín, rodeada de los hombres de Easton que no están vigilándola, sino por el contrario, la asisten como si fuera una persona importante para Ruben.El tiempo parece detenerse mientras mi mano se posa sobre las heridas de Grillo, pero maldita sea, sólo tengo dos manos. Easton se saca el traje y le pone el saco envuelto bajo la cabeza. Luego presiona la herida de la que más sangre está brotando. Sé que está dando órdenes por todos lados, pero yo no puedo escucharlo.Mi atención está en el ro
LaylaBusco la mano de Thiago y siento a mi derecha la presencia de Grillo. No ha venido nadie más.El equipo de asalto atrapó a los hombres que entraron en nuestra casa, estaban todos en el galpón abandonado, supongo que le hicimos un favor a Percy al deshacernos de sus secuaces, no quería pagarles de cualquier forma. Todos fueron entregados debidamente a las autoridades, pero no antes de que Grillo se divirtiera rompiéndoles los huesos. Quisiera decir que fue un ojo por ojo por lo que sucedió con Andro y con Romo, pero lo cierto es que ni se acerca._ Tengo miedo. _ confieso.E
Thiago— ¿Cómo no se te ocurrió decírmelo? — quiero matarlo, quiero ahogarlo con mis propias manos pero el muy hijo de puta es tan grande que sería inútil — ¡¿Cómo no me lo dijiste, cabrón?!Grillo mira al suelo mientras Layla se apoya en el escritorio del despacho de la mansión. Russo se ha quedado gritando en la biblioteca y honestamente no sé si alguien lo ayudó, no me interesa.— No era relevante. — me responde Grillo con la mirada en el suelo pero sé que no es por mí, es por Layla. Le importa diez veces más lo que ella piense que lo que pueda pensar yo.
LaylaAbro los ojos.Me duele tanto la cabeza que apenas puedo mover el resto del cuerpo.La luz me hiere lo párpados pero no puedo dejar de intentarlo…Muevo las manos y me encuentro con una superficie suave y rara. No puedo distinguirla, las puntas de los dedos me cosquillean y me anulan el tacto.Intento recordar algo antes de este maldito dolor de cabeza:Hoy es martes… creo.